La identidad de lo sagrado: Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en Iztapalapa
La Representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa va más allá de una espectacular escenificación religiosa: es una práctica cultural compleja que articula identidad, memoria y territorio. Su vigencia demuestra la capacidad comunitaria de adaptar sus tradiciones a la modernidad, sin perder su sentido simbólico, consolidándose como una de las expresiones rituales más importantes de nuestro patrimonio cultural vivo.
Este magno evento, realizado ininterrumpidamente desde 1843, es un ritual de reafirmación y cohesión social. La participación activa de los habitantes no solo responde a una manifestación de fe religiosa, sino también a un compromiso comunitario como forma de agradecimiento y petición de protección colectiva al Señor de la Cuevita, que refuerza la pertenencia al territorio y a los barrios.
Iztapalapa es de origen prehispánico, cuya identidad se ha construido a partir de la continuidad histórica de sus prácticas rituales y culturales. Cada año, los habitantes de los ocho barrios tradicionales transforman el espacio público en un escenario ritual simbólico.
Con el paso del tiempo, la tradición ha experimentado un proceso de adaptación y resignificación cultural que le ha permitido trascender el ámbito local y adquirir proyección nacional e internacional. Su reconocimiento como una de las escenificaciones más importantes del mundo, comparable con las realizadas en Taxco, Filipinas, España y el Vaticano, responde tanto a su dimensión espectacular como a su profundidad simbólica.
La Secretaría de Cultura del Gobierno de México, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Unidad de Culturas Vivas, Patrimonio Inmaterial e Interculturalidad (UCUVI), celebró la inscripción de la Representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en Iztapalapa en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, durante su vigésima sesión del 10 de diciembre de 2025, en la ciudad de Nueva Delhi, India. Con esto, se reconoció que, más allá de su raíz religiosa, esta celebración fomenta la paz, la cohesión social y el ejercicio de los derechos culturales, además de ser un mecanismo de transmisión intergeneracional de valores, símbolos y solidaridad comunitaria.