La danza de los Chayacates en el pueblo de la fiesta eterna
Del náhuatl xayacatl, que significa “cara, rostro, máscara”, la danza de los Chayacates es reconocida como una de las tradiciones dancísticas fundamentales de los estados de Jalisco, Colima y Michoacán, y forma parte del Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México.
De origen comunitario y memoria histórica, se ejecuta en el marco de celebraciones como la Epifanía o el Día de los Fieles Difuntos, por ejemplo, y conmemora hechos fundacionales vinculados a la defensa del territorio, sincretizados con festividades religiosas introducidas a través de las congregaciones coloniales.
Los danzantes que contemplamos aquí, particularmente, pertenecen a la tradición de Tuxpan, Jalisco, en conmemoración a San Sebastián Mártir, santo de los enfermos, al que se encomendaron tras una epidemia de viruela que, se dice, azotó al pueblo en 1833, y al que prometieron recordarlo danzando si cesaba la enfermedad.
Los personajes portan máscara de madera con facciones pintadas de forma satírica con bigotes y cejas marcadas, a modo de burla hacia los españoles, con peluca elaborada con fibras vegetales como ixtle o acapán que simulan largos cabellos rubios, y un tocado con cornamenta de venado, que representa la naturaleza demoniaca de los conquistadores. Visten indumentaria de manta o costal y, en algunos casos, trajes cubiertos con hojas de zacate. Portan también sonajas elaboradas con bule o guaje, cuyo sonido marca el pulso de la danza, acompañadas por el violín que dirige el baile.
Su función trasciende lo festivo, pues los chayacates, o xayacates, a través de actos como robos simbólicos, bromas y picardía, actúan como mecanismo de cohesión social y de transmisión de identidad.