Cantona: coloso del juego de pelota
En Cantona, Puebla, el paisaje conserva la huella de una de las expresiones arquitectónicas más sobresalientes del México antiguo. La ciudad, asentada sobre un malpaís (campo de lava con una superficie escabrosa y árida), resguarda el mayor número de juegos de pelota documentados hasta ahora en un asentamiento prehispánico de Mesoamérica: 27 canchas identificadas arqueológicamente, construidas entre aproximadamente 450-400 a.C. y 700-750 d.C.. Su extraordinaria concentración y diversidad hacen de este sitio un referente para comprender la evolución de esta tradición mesoamericana. Levantadas con basalto, toba y tezontle, las canchas forman parte del tejido urbano de Cantona. Diecinueve se distribuyen en la Unidad Sur, cinco en la Unidad Central y tres en la Unidad Norte. Al menos 14 integran conjuntos arquitectónicos alineados, donde la cancha, las plazas y la pirámide componen una misma unidad espacial, expresión de la importancia que el juego de pelota tuvo en la configuración de esta antigua metrópoli. La riqueza de Cantona también se expresa en la variedad de sus formas. De acuerdo con la tipología establecida por el arqueólogo Eric Taladoire, aquí se identifican cuatro tipos de canchas. El tipo VII, con planta en forma de I y compuesto por banqueta, talud y cornisa, es el más frecuente; también están representados los tipos IX y VI, así como el tipo V, conocido como "palangana", del que se conservan dos ejemplos. Esta diversidad arquitectónica testimonia una prolongada secuencia constructiva y la capacidad de la ciudad para incorporar distintas soluciones espaciales a lo largo del tiempo. Las investigaciones arqueológicas muestran, además, que estos conjuntos fueron concebidos para ser contemplados. En varios de ellos, las plazas pudieron funcionar como espacios desde donde presenciar las actividades desarrolladas en torno al juego de pelota y las ceremonias asociadas. Sobresale el Juego de Pelota 7, en la Acrópolis, cuya Plaza II conserva gradas construidas específicamente para observar los encuentros. En su extremo oriental se identificó un recinto con acceso escalonado, interpretado como un espacio destinado a personajes de alto rango, un detalle que revela la complejidad arquitectónica y social de una ciudad donde cada cancha formaba parte de un paisaje cuidadosamente diseñado.