Boris Berenzon Gorn
Eulalia Guzmán (San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas, 12 de febrero de 1890 – Ciudad de México, 1 de enero de 1985) no fue únicamente una figura relevante del México posrevolucionario: fue una conciencia incómoda en el proceso mismo de construcción de la nación. Su vida intelectual se desplegó en un momento en que nuestro país buscaba definirse y, en ese contexto, se convirtió en una de las pocas voces capaces de articular, con audacia, rigor y, en ocasiones, temeridad, una visión crítica del pasado, el presente y el porvenir.
Hablar de ella implica adentrarse en una tensión permanente: entre la disciplina y la intuición, la evidencia y el deseo de justicia histórica, el método y la necesidad de resignificar la memoria. Su figura no es cómoda porque no se deja reducir a una narrativa de éxito lineal; por el contrario, encarna las fracturas de una época que quiso modernizarse sin renunciar a sus raíces, pero sin saber del todo cómo hacerlo.
Formación y primeras experiencias: una vocación contra el orden
Desde sus primeros años, Guzmán se enfrentó a una estructura social que limitaba el horizonte femenino al ámbito doméstico. Su decisión de formarse como maestra en 1910 no solo fue un acto de superación personal, sino una toma de posición frente a un orden social excluyente. Ese mismo año, marcado por el inicio de la Revolución mexicana, inscribe su biografía en una coyuntura histórica decisiva: la educación como campo de batalla.
Su temprana inclinación por el arte antiguo mexicano no debe leerse como una curiosidad erudita, sino como una intuición política: comprender el pasado prehispánico era una forma de disputar el relato de la nación. En este sentido, su formación en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudió Filosofía, consolidó una perspectiva poco común en su tiempo: la convicción de que el conocimiento histórico debía articularse con una reflexión crítica sobre sus propios fundamentos.
Su paso por la Secretaría de Educación Pública la situó en el centro de los proyectos culturales del Estado posrevolucionario. Sin embargo, lejos de asumir una posición institucional, Guzmán utilizó ese espacio para experimentar con formas pedagógicas que desbordaban la lógica oficial. Para ella, alfabetizar no era integrar a los sujetos al orden existente, sino dotarlos de herramientas para cuestionarlo.
Educadora y feminista: la pedagogía como acto político
Antes de ser reconocida como arqueóloga o historiadora, Guzmán fue, ante todo, una educadora radical. Su propuesta pedagógica se alejaba de la transmisión pasiva del conocimiento y apostaba por una educación activa y crítica. En su visión el estudiante no memoriza, interpreta, crea y transforma.
Educar de este modo era formar ciudadanos capaces de comprender su historia e intervenir su presente. En un país atravesado por profundas desigualdades, esta postura tenía un alcance profundamente político.
Su activismo feminista refuerza esta dimensión. Junto a Hermila Galindo, participó en la lucha por los derechos de las mujeres en una época en la que el sufragio femenino aún era una aspiración lejana.
El feminismo no era, desde su punto de vista, una noción política sino una práctica intelectual. Al ingresar a campos como la arqueología y la historia, Guzmán desestabilizó un orden académico históricamente excluyente.
Antropología, arqueología e historia: la búsqueda de un pasado vivo
La incursión de Guzmán en la arqueología no puede entenderse como una mera transición disciplinaria. Fue la expansión de su proyecto intelectual hacia el terreno de la materialidad del pasado. Participar en excavaciones dentro de sitios como Monte Albán o Chalcatzingo significaba no solo recuperar vestigios, sino interrogar los modos en que estos eran interpretados.
En el Instituto Nacional de Antropología e Historia, su labor al frente del Archivo Histórico constituye uno de los aportes más significativos —y menos visibles— de su trayectoria. La recopilación de documentos en archivos europeos y estadounidenses no fue un ejercicio técnico, sino un gesto de recuperación simbólica: traer de vuelta fragmentos de una historia dispersa por los procesos coloniales.
Su obra escrita se sitúa en esta misma línea. Al analizar las relaciones de Hernán Cortés o los manuscritos italianos sobre México, no se limitó a reproducir las fuentes; las interrogó. Introdujo una lectura crítica que cuestionaba las narrativas hegemónicas de la conquista, abriendo espacio para reconocer la complejidad de las sociedades prehispánicas.
En este punto, su trabajo anticipa debates contemporáneos sobre la colonialidad del saber y la necesidad de descentrar las miradas eurocéntricas. Guzmán entendió, quizá antes que muchos de sus contemporáneos, que la historia no es un relato neutro, sino una construcción atravesada por relaciones de poder.
Visión de México: entre la memoria y la crítica
El pensamiento de Eulalia Guzmán articula una serie de ejes que siguen siendo relevantes:
1. La centralidad del pasado prehispánico como fundamento de la identidad nacional, no como reliquia, sino como presencia activa.
2. La educación como herramienta de transformación, capaz de formar sujetos críticos y conscientes.
3. La necesidad de una historiografía crítica, que cuestione las narrativas oficiales y reconozca la pluralidad de voces.
4. La reivindicación de las mujeres como agentes del conocimiento y de la vida pública.
Su propuesta no fue una idealización del pasado, sino una invitación a pensarlo desde el presente, con todas sus tensiones y contradicciones.
Consideración final
Eulalia Guzmán fue, en el sentido más profundo, una intelectual de frontera. No porque habitara los márgenes, sino porque los desplazaba. Su vida nos recuerda que la historia no es un territorio pacificado, sino un campo de disputa donde se juega algo más que el pasado: se juega la forma en que una sociedad se piensa a sí misma.
En tiempos de certezas rápidas, su figura invita a recuperar el valor de la duda, de la crítica y de la incomodidad. Porque quizá, como sugiere su propia trayectoria, solo desde esa incomodidad es posible construir una historia más justa, más compleja y, en última instancia, más humana.