Boris Berenzon Gorn

¡Nosel!
san nosel
nehuatl minoyolnonotza:
nimoyolmati.
Nihtemoa
melahuac tlahtoli;
neltalhtoli
se ihuan se tlahtoli
nihtemoa,
nitecpana, niyectlalia,
quen clalchihuitl niyectlalia.
¡Solo!
completamente solo
dialogo con mi corazón:
lo interrogo.
Busco encontrar en él
las palabras verdaderas
las palabras rectas:
una a una las voy buscando,
engarzando,
cual piedras preciosas
las voy acomodando.
Natalio Hernández
Conmemorar el centenario de Miguel León-Portilla (1926-2019) no es un acto ceremonial ni una devoción retrospectiva, es una prueba de madurez cultural. No se trata de erigir un monumento más en el panteón intelectual mexicano, sino de aceptar una interpelación: ¿Qué país somos después de haber aprendido, al menos en el plano del pensamiento, a escuchar otras voces de nuestro propio pasado? El centenario no clausura una obra, la vuelve incómodamente actual.
La relevancia del célebre nahuatlato no reside solo en la amplitud de su producción ni en la difusión excepcional de sus libros. Su importancia histórica es más profunda: reorganizó la manera en que México se narra a sí mismo.
En un país que durante décadas exaltó lo indígena como mito fundacional mientras lo excluía como sujeto histórico, su trabajo introdujo una torsión decisiva. Hizo visible una paradoja largamente naturalizada: venerábamos las ruinas, pero ignorábamos las lenguas; celebrábamos el origen, pero negábamos la continuidad; convertíamos el pasado en ornamento mientras silenciábamos a quienes lo heredaban.
Su obra operó un desplazamiento de fondo en la arquitectura simbólica mexicana. Al devolver centralidad a las fuentes indígenas, al tratarlas no como curiosidad etnográfica ni como material ilustrativo, sino como núcleos legítimos de pensamiento, memoria y experiencia histórica, modificó la gramática moral del relato nacional. La Conquista dejó de ser exclusivamente una narración de fundación y progreso para convertirse también, y de manera irreversible, en la historia de un colapso, de una pérdida de mundo, de un duelo colectivo. El pasado dejó de ser una cronología administrada por el vencedor y comenzó a revelarse como territorio plural, conflictivo y éticamente exigente.
Ese giro no fue únicamente académico. Atravesó la educación pública, la divulgación cultural, la formación universitaria y la sensibilidad histórica de generaciones enteras. León-Portilla no solo produjo conocimiento: formó lectores, y con ellos amplió el horizonte de lo pensable.
Se mostró siempre en contra del uso de la historia como instrumento de legitimación política o repertorio de certezas patrióticas. Antes bien, en su visión, dicha ciencia social es un espacio de empatía, autocrítica y restitución simbólica. No suavizó el pasado; lo volvió más complejo y verdadero.
Su centenario, insistimos, no puede reducirse a una celebración individual. Debe asumirse como un acto colectivo de reflexión sobre la relación entre memoria, identidad y justicia histórica.
Volvemos a él para no simplificar el discurso público o caer en la tentación de relatos homogéneos. Libros como su Visión de los vencidos: Relaciones indígenas de la conquista (1959) nos recuerdan una lección tan real como incómoda: las naciones no se fortalecen ocultando sus fracturas, sino aprendiendo a narrarlas con honestidad. La pluralidad no debilita el relato nacional, lo hace respirable.
Celebrar este centenario implica repensar temas que siguen abiertos: el lugar real de las lenguas originarias en la vida pública; el sentido del patrimonio más allá de su valor turístico o mercantil; los modelos educativos que aún reproducen jerarquías coloniales del saber, o bien, la forma en que la historia se comunica en escuelas, medios e instituciones culturales.
Su legado, como puede verse, adquiere una vigencia singular. En un México atravesado por desigualdades persistentes y violencias estructurales, su pensamiento ofrece una brújula ética: escuchar a quienes han sido históricamente silenciados no es un gesto simbólico, sino una condición de posibilidad para una democracia cultural efectiva. Integrar esas voces al relato nacional no es una concesión identitaria, es una exigencia epistemológica y política. Sin esa integración, la historia se vuelve decorado, pero con ella, es herramienta crítica.
El centenario interpela al presente con una pregunta incómoda: ¿la restitución simbólica de la palabra ‘indígena’ ha sido acompañada por transformaciones reales en el acceso a derechos, el reconocimiento de autonomías y la valoración efectiva de la diversidad cultural? ¿O hemos aprendido a citar la pluralidad sin practicarla? A 100 años de su nacimiento y siete desde su partida física, León-Portilla nos obliga a confrontar la distancia entre discurso patrimonial y realidad social, entre conmemoración y justicia.
Su humanismo, lejos de toda abstracción, estuvo anclado en la historia concreta. Defender la palabra antigua no fue para él un ejercicio de nostalgia arqueológica, sino una apuesta por un porvenir más plural y más digno.
Al rescatar cantos, crónicas y pensamientos del mundo nahua, no buscó congelarlos en vitrinas académicas, sino devolverlos al flujo vivo de la cultura.
Conmemorar a Miguel León-Portilla no es repetir su nombre ni multiplicar homenajes. Es aceptar la tarea que su pensamiento dejó abierta: construir una historia incluyente, rigurosa y socialmente relevante; fortalecer el vínculo entre investigación, educación y divulgación; y sostener la convicción de que el conocimiento no es un lujo, sino una forma de cuidado colectivo.
En última instancia, este centenario recuerda una verdad exigente y sencilla: una nación no se define por la homogeneidad de su relato, sino por la amplitud de su escucha. México, en su diversidad irreductible, encuentra en la obra de León-Portilla una de las expresiones más altas de ese aprendizaje. El centenario no cierra una trayectoria: abre un horizonte. Nos invita a seguir leyendo, traduciendo, discutiendo y, sobre todo, a seguir escuchando.
Hay intelectuales que amplían un campo, y hay otros, muy pocos, que lo reordenan. La obra de Miguel León-Portilla pertenece a esta segunda estirpe. No porque haya descubierto un objeto desconocido, sino porque cambió el punto de vista desde el cual ese objeto podía ser visto, discutido y transmitido. Su figura no reclama un monumento conmemorativo, sino una lectura exigente.
Esta biografía intelectual sostiene una tesis nítida: León-Portilla no fue únicamente el historiador del México antiguo, fue el arquitecto de una nueva economía moral del pasado. Allí donde la historia había sido administrada como patrimonio del vencedor, con cronologías limpias, héroes sin fisuras y silencios disciplinados, introdujo una perturbación fecunda: la necesidad de leer el acontecimiento desde la experiencia de quienes lo padecieron, lo narraron en otra lengua y lo transmitieron bajo formas que el canon no había considerado dignas de historia.
I. Nacer en una nación que habla y no escucha
León-Portilla nació en un país que había hecho de lo indígena un emblema y, a la vez, una ausencia. El México posrevolucionario exaltó el origen prehispánico como mito fundacional, pero lo confinó a la pedagogía simbólica. El indígena real —con lengua, memoria y conflicto— quedó fuera del diálogo histórico. Ese desfase definió el problema de fondo que atravesaría su obra: ¿cómo narrar una nación que se reconoce en su origen, pero no escucha a sus herederos? La respuesta no podía ser política, debía ser epistemológica. No bastaba con reivindicar, era necesario demostrar.
II. La filología como ética: aprender a leer sin dominar
El encuentro con el idioma náhuatl enseñó una lección decisiva: traducir es negociar mundos y esa negociación exige ética, paciencia ante la opacidad, respeto ante lo irreductible y rigor frente a la tentación de domesticar el sentido. De ahí uno de los rasgos constantes de su obra: el método no es neutral, es una posición moral. Leer fuentes indígenas como núcleos de sentido, no como curiosidades, implica aceptar que la historia nacional debe dialogar con racionalidades no ajustadas al molde occidental.
III. Pensar antes de Europa: la densidad intelectual del mundo nahua
Al reconstruir preguntas sobre verdad, fugacidad, lo divino y el lugar del hombre, León-Portilla mostró que la filosofía es pluralidad de esfuerzos humanos por comprender la existencia. Su mérito no fue forzar equivalencias, sino preservar la diferencia como condición del diálogo.
IV. El archivo insurgente: cuando la voz se vuelve fuente
La operación historiográfica decisiva fue desplazar el centro del archivo. A la autoridad del documento oficial añadió testimonios fragmentarios, cantos, memorias transmitidas en otra lengua. No para oponer una épica alternativa, sino para complejizar el acontecimiento. La Conquista, leída desde el derrumbe, dejó de presentarse como tránsito civilizatorio y se reveló como tragedia humana. La historia dejó de ser monólogo.
V. Entre historia y antropología: la continuidad de lo vivo
Sospechó de la frontera rígida entre pasado y presente. Estudiar el México antiguo implicaba atender persistencias culturales, lenguas vivas y memorias comunitarias. Integrar ese pasado a la historia nacional exigía reconocerlo como interlocutor, no como reliquia. La memoria, sin esa interlocución, se vuelve ornamento o dogma.
VI. Pedagogía del pasado: escribir para formar lectores
Comprendió al lector como parte del método. El conocimiento sin circulación se vuelve privilegio; la divulgación sin rigor, propaganda. Su escritura buscó claridad sin simplificación y belleza sin retórica vacía. Formar públicos fue, para él, responsabilidad cívica del saber.
VII. Patrimonio y soberanía cultural: la memoria como derecho
La defensa del patrimonio fue defensa de soberanía simbólica. En juego no estaba solo la propiedad material, sino la capacidad de narrar el origen. Sin control sobre el pasado no hay autonomía cultural posible.
VIII. Polémicas: el precio de mover el canon
Las críticas —sobre fuentes, montaje, efectos narrativos— forman parte de su biografía intelectual. Algunas enriquecen; otras evidencian la incomodidad ante la pérdida del monopolio del relato. Mover el canon tiene costos; asumirlos es parte de la responsabilidad intelectual.
IX. Humanismo de la palabra: ética, belleza y verdad
En el centro de su proyecto late un humanismo de la palabra. La palabra como archivo, pensamiento y memoria compartida. No separó verdad y belleza: el conocimiento sin forma se vuelve ciego; la forma sin rigor, vacía. Su escritura aspiró a hacer visible.
Epílogo: el centenario como tarea
Conmemorar a León-Portilla es decidir qué hacemos hoy con la pluralidad que su obra volvió audible. ¿Retórica o práctica? ¿Eco del pasado o voz del presente? Su legado no es un altar; es un método: escuchar antes de narrar, traducir sin dominar, recordar sin apropiarse. Una nación se vuelve comunidad cuando aprende a escuchar a quienes fueron obligados a callar.
Para leer a Miguel León-Portilla
León-Portilla, M. (1956). La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas.
León-Portilla, M. (1959). Visión de los vencidos: Relaciones indígenas de la conquista. Universidad Nacional Autónoma de México.
(Obra con múltiples reediciones posteriores.)
León-Portilla, M. (1961). Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Fondo de Cultura Económica.
León-Portilla, M. (1980). Toltecáyotl: Aspectos de la cultura náhuatl. Fondo de Cultura Económica.
León-Portilla, M. (1994). Quince poetas del mundo náhuatl. Universidad Nacional Autónoma de México.
León-Portilla, M. (1996). El destino de la palabra: De la oralidad y los códices mesoamericanos a la escritura alfabética. Fondo de Cultura Económica.
León-Portilla, M. (2004). La palabra florida. Universidad Nacional Autónoma de México.