Salvador Rueda Smithers
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Estudios del Arte por la Universidad Iberoamericana. Cuenta con una trayectoria de más 50 años al interior del INAH y, desde 2005, es director del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec. Sus investigaciones se han centrado en el zapatismo, el arte virreinal y las líneas de la memoria; es docente y autor de numerosos libros, ensayos y artículos de divulgación.
Quisiera empezar con una invitación provocadora. Se trata, claro, de captar su atención por algunos minutos. Sirva una frase del escritor Ítalo Calvino: “Si quieres saber cuánta oscuridad tienes alrededor, debes aguzar la mirada en las débiles luces lejanas”, decía un imaginado Marco Polo al emperador Kublai Khan, en Las ciudades invisibles. La oscuridad es la del mundo; lo que hay que atender a lo lejos son los resplandores de la historia.
Aguzar la mirada. Ver a nuestro alrededor. Débiles luces son las del pasado. Nuestro trabajo ha sido, por 87 años, señalarlas para hacerlas presentes. Luces que están hechas de huellas y palabras, de objetos encontrados, salvados, estudiados, resguardados, restaurados, mostrados de ciento y una formas en museos, zonas arqueológicas y monumentos edificados, pero también en vocabularios, colores, sabores, oraciones, danzas, música, relatos y costumbres que se repiten, con formas y lenguajes singulares, en todo el horizonte mexicano desde antes de llegar a la cuna y después de la muerte por generaciones, al conjugarnos en la primera persona del plural, esto es, la cultura que nos envuelve a todos nosotros, a cada uno de nosotros.
El Castillo de Chapultepec, sitio emblemático. Es sabido que las palabras toman sentido tanto por los valores que en sí mismas cargan como por el espacio en que se pronuncian. Lo primero lo saben muy bien los lingüistas, que tanto nos han enseñado en nuestra institución. El espacio físico que da cobijo a las palabras dichas o leídas, dirige el efecto de resonancia y sus cargas en los intelectos, como bien nos lo han mostrado los arquitectos, restauradores y arqueólogos, quienes con sus trabajos imaginan el primero y el último día de utilidad originaria de los recintos, fueran domésticos o sagrados, y los sonidos de voces y cosas que dieron sentido a sus rincones, igual en su primera piedra que en su último momento de abandono o destrucción.

Palabras que llegan del pasado y se conjugan en presente. Las maneras de pronunciarlas, con sus giros y tonos que descansan escritos en documentos pero también registrados en fuentes orales o en símbolos plásticos, con sus resabios en las mentalidades y en las prácticas costumbristas, como lo descubren historiadores, restauradores y antropólogos.
Hay un tema común en esta bienvenida: que esta reunión y las palabras de bienvenida serían imposibles sin la memoria. Milenaria o centenaria, memoria antiquísima o de ayer, rescatada y traducida por paleontólogos, antropólogos físicos, etnohistoriadores, etnólogos… Memoria que no llega por herencia biológica sino que para tenerla con nosotros hubo de ser cultivada, pacientemente recopilada, expuesta por museógrafos, diseñadores, comunicólogos, bibliotecarios, archivistas, documentadores, inventaristas y cotidianamente difundida, practicada por generaciones de maestros en las escuelas que son nuestro cimiento.
Todo ello requiere de las responsabilidades de administradores, contadores, abogados, gestores culturales, gestores de recursos financieros, auditores y funcionarios que han dirigido las diferentes y complejas dependencias de este Instituto por casi nueve décadas. Y además de un silencioso pero indispensable cuerpo de personal de apoyo, en todos los sentidos, desde capturistas hasta choferes y mensajeros, secretarias, profesores en servicios educativos, redactores y editores, además de las y los responsables de limpieza y vigilancia en los lugares de trabajo que nos dan sentido institucional.
Cuerpo enorme, como el de toda institución de buen gobierno, que obedece al verdadero patrón de todos nosotros, esto es, a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y sus leyes derivadas.
Nuestro espacio, este del Castillo de Chapultepec, como el del país entero, está densamente poblado. Flotan los tiempos y los dioses; vuelan los espíritus protectores y los santos; nos dan ejemplo héroes y heroínas…, pero también es entorno de esa gente común que son nuestros ancestros.
Nuestro trabajo está en sentirlos, aunque no los veamos. La tarea esencial es explicar los cómo y los por qué de un altar de catorce mil años hecho con los restos de un mamut; los centenarios signos de las tumbas zapotecas y mayas; los cementerios de los últimos quinientos años y, en sí mismo, el enorme universo de los patrimonios documentales, fotográficos, sonoros y bibliográficos de las colecciones confiadas a nuestra institución.
Son las huellas de nuestros padres que susurran sus propias voces y esperan a los ojos y a los oídos atentos, dispuestos a entender los jirones de vida, los fragmentos preciosos de lo que alguna vez tuvo proporción humana.
Esta vez la Dirección General escogió con tino simbólico hacer esta ceremonia conmemorativa del 87 aniversario del INAH en el Castillo de Chapultepec, edificio que comenzó su construcción en el último tercio del siglo XVIII y que, aún en el XXI, suma arquitecturas. Porque este edificio nació como Museo Nacional de Historia apenas un instante después de la génesis del INAH.
El artículo tercero de la Ley Orgánica que se publicó en febrero 3 de 1939 decretó el nacimiento del museo en este castillo, e indicó que las colecciones del departamento de Historia del antiguo Museo de Arqueología, Historia y Etnografía dejarían su sede en la calle de Moneda para traerse aquí.
Poco más de cincuenta mil piezas atravesaron la misma reja por la que ustedes entraron. La misma por donde salió el presidente Francisco Ignacio Madero, en febrero de 1913, para su destino final como iniciador del siglo XX mexicano; la misma que sirvió a los cadetes del Colegio Militar de 1840 a 1914; la misma que atestiguó el valor de medio centenar de adolescentes que pararon batalla contra los invasores norteamericanos, en 1847, y la misma que armonizó el buen gusto de los arquitectos mexicanos encomendados por los presidentes Carranza y Obregón.

Es la misma reja que el presidente Lázaro Cárdenas abrió al pueblo de México, en febrero 3 de 1939, y que dejó entrar a sus primeros visitantes en septiembre de 1944. Millones de personas la han cruzado. Podemos imaginar sus palabras, curiosas, asombradas, juguetonas, descubridoras de generaciones de niñas y niños de las escuelas que a diario han llegado en las últimas ocho décadas, o de adultos que se descubren como personas y como mexicanos cuando repiten visita y admiran los murales y su vecindad con los objetos que sirven de referencia al pasado histórico.
Porque el Museo Nacional de Historia, como todos los demás de nuestro país, es una máquina de pensar. Esconde, como las bibliotecas, las palabras, las voces y los cantos, los gestos de los espectros de quienes vivieron antes que nosotros y a quienes debemos agradecer lo que somos.
Esta manera festiva de pensar para nutrir la memoria ha tenido un propósito: al otorgar identidad compartida, la sociedad recupera confianza en sí misma, una cierta dignidad en torno a lo que es y quiere ser. Ello, por el simple acto de evitar el olvido.
Vemos a los hombres y mujeres en el pasado. Mujeres y hombres que no son más que sombras. “El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas”, escribió Ítalo Calvino. Sus formas indican las funciones que tuvieron para la vida: distinguimos pinturas con las formas de dioses y héroes, con narrativas devocionales, con líneas geométricas que sintetizan perfiles y pinceladas que atrapan luces en horas exactas, todo ello en los volúmenes hiperrealistas de nuestros contemporáneos y en las obras del arte rupestre.
El disfrute cabal en los museos exige un esfuerzo intelectual, y esto es ya un lugar común, pero en estos momentos vale la pena que lo recordemos: el placer de enfrentar una obra de arte o una bandera, una vasija antigua o una Venus prehistórica, no lo acerca la tecnología… Sí, en cambio, nuestra voluntad de saber y difundir, de normar y vigilar contra la destrucción, de descubrir y construir memoria. Los trabajos del INAH son útiles porque funcionan como miradores a todos los ángulos del mundo. Sirven a la vida.
¡Bienvenidos y felicidades!