Por: Ismael Arturo Montero García
Ismael Arturo Montero García
Arqueólogo y antropólogo mexicano, referente en arqueología de alta montaña y arqueoastronomía. Ha dedicado su carrera a estudiar la relación simbólica entre las civilizaciones mesoamericanas, el paisaje volcánico y los ciclos celestes. Actualmente es profesor-investigador en la Universidad del Tepeyac y colaborador de INAH en múltiples actividades de divulgación.
La célebre misión de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (nasa, por su acrónimo en inglés) que orbita en estas fechas la Luna se denomina Artemis ii. En su nombre manifiesta u legitimación cultural y política de los ee. uu. que va más allá del avance tecnológico, esta misión a la Luna es como la flecha de Artemisa de los Himnos Homéricos (número 27): no falla. Es una flecha precisa en un vuelo que no aluniza, pero que recorre el firmamento. La poderosa construcción simbólica del nombre de Artemisa se basa en la mitología griega y nos remite a los valores universales de la cultura Occidental, donde la nasa se asume a sí misma como una empresa civilizatoria para la humanidad. Estamos frente a la prerrogativa del conocimiento científico y tecnológico que se contrapone a la propuesta de Oriente con el programa de China denominado Chang’e, que también en su nombre guarda una estrategia simbólica muy precisa, pues Chang’e, en la mitología asiática es la diosa de la Luna, con este nombre se declara la apropiación cultural del espacio lunar. El relato antiguo de Chang’e narra el ascenso de una mujer a la Luna que se convierte en una metáfora directa del logro tecnológico moderno. En ambos casos, la exploración lunar se legitima mediante divinidades femeninas asociadas a la Luna, lo que revela un patrón antropológico profundo: incluso en la era espacial, las grandes potencias siguen narrando el cosmos a través del mito.
El evento científico del momento es Artemis ii, su protagonista es la nasa, y el nombre de la misión remite a la diosa de la luna, hermana gemela de Apolo. Comparte advocaciones con Selene, que es la Luna como astro en el cielo y con Hécate, la Luna en su aspecto oscuro o invisible. Así que Artemisa no es originalmente la Luna misma, pero termina siendo su expresión divina de ella en la mitología. La denominación a este proyecto de Artemis ii adquiere sentido con el histórico programa Apolo del siglo pasado que marcó la primera llegada del ser humano a la Luna, una hazaña asociada al dominio y la conquista con el alunizaje de un módulo lunar tripulado en seis ocasiones, desde al Apolo 11 en 1969 hasta el Apolo 17 en 1972 (excepto Apolo 13 que no alunizó). Pero ahora, el programa Artemis propone un cambio de paradigma: regresar para permanecer, explorar de forma sostenible y ampliar la presencia estadounidense en el espacio. En la lógica mítica, este tránsito es coherente: si Apolo representa al Sol y es el primer contacto, Artemisa encarna la Luna como territorio propio, salvaje y liminal. Así, la nasa deja el discurso heroico del siglo pasado con la “conquista” de la Luna en sus misiones Apolo, y cambia su propuesta narrativa y simbólica con el proyecto Artemisa que planea establecerse permanentemente en la Luna a partir de las próximas misiones Artemisa iii, iv y v entre 2027 y 2030. Estamos entonces frente a la permanencia de una superpotencia terrestre que extiende su poder más allá de nuestro planeta. Es ahí donde cabe la reflexión y el pensamiento de cautela, de ese futuro del que parecemos excluidos tecnológica y científicamente; aunque si aliviados por la elocuencia de incorporarnos con lemas como “Exploración en beneficio de toda la humanidad” o la participación internacional mediante los Artemis Accords en el que se incluye a México, y que esperemos incluya a las deidades mesoamericanas de Coyolxauhqui, la diosa lunar en el mundo mexica, o a la diosa maya de la Luna, Ixchel.

En la narrativa mítica de las naciones que mantienen proyectos en la Luna, cobra importancia la India; la nueva potencia del orden mundial con su programa Chandrayaan. Chandra representa la formalización de la deidad lunar en el hinduismo, cuya raíz se encuentra en el simbolismo védico de Soma, dentro de un horizonte cultural brahmánico de larga duración. Chandra representa la armonía cíclica en un argumento cosmológico que regula los ritmos del Universo. Es como si la India con su programa de exploración lunar quisiera invitarnos a una integración con el orden del cosmos y no necesariamente a la conquista de territorios o su permanencia en ellos. Cabe mencionar que Chandrayaan, es un nombre compuesto, pues Chandra es el nombre del dios y yaan se traduce como vehículo o nave.
Los japoneses no están lejos de este acompañamiento mitológico para sus misiones espaciales, ellos han denominado a su orbitador lunar como Kaguya, el nombre proviene de la narrativa ancestral nipona de la princesa lunar Kaguya-hime invirtiendo su sentido: mientras en el relato ancestral la princesa desciende de la Luna a la Tierra y luego regresa a su origen celeste, la misión espacial nipona representa el movimiento opuesto, es decir, la humanidad asciende hacia la Luna para conocerla. Así, el nombre “Kaguya” articula una continuidad entre tradición cultural y exploración científica, convirtiendo un antiguo relato de separación en una moderna búsqueda de acercamiento y comprensión del espacio lunar.
A su vez, Israel llama a su programa lunar con su propio referente simbólico al denominarlo Beresheet, es la a primera palabra de la Torá en el libro del Génesis, un concepto que va más allá de su traducción literal “En el principio”, pues se alude a un acto fundacional más que a un logro técnico aislado. En este sentido, el viaje a la Luna se concibe como un inicio, un primer gesto de presencia y conocimiento en el espacio, donde incluso su desenlace fallido refuerza la idea de que todo comienzo implica riesgo y apertura, inscribiendo la exploración espacial en una narrativa de creación y proyección cultural.
Estos son algunos ejemplos —aunque no los únicos— de naciones que han iniciado su carrera espacial con destino a la Luna como objetivo; no obstante, destacan por articular modernas narrativas tecnológicas y científicas del cosmos mediante referentes míticos que refuerzan la identidad cultural de cada país.
Al final de cuentas, la Luna se ha convertido en un espacio plural de proyección civilizatoria de cada nación. Cada país que pone su mirada en la Luna no solo demuestra su capacidad tecnología y científica, sino que inscribe su historia, su cosmovisión y su relato para el futuro. La misión Artemis ii, no es solo el regreso a la Luna; es la demostración del dominio científico y tecnológico de los ee. uu. cincuenta años después de que el programa Apolo marcara el triunfo estadounidense en la carrera espacial durante la Guerra Fría de las décadas de 1960 y 1970. Hoy Artemis ii refuerza la hegemonía global de la nación norteamericana sobre China y Rusia. Esta misión, abre la puerta a la economía lunar, consolida geopolíticamente las alianzas occidentales y nos invita a reflexionar sobre los nuevos retos para el Derecho Espacial que regule las actividades humanas fuera de la Tierra.

Estas breves líneas resultan de la arqueoastronomía, lo cual puede resultar extraño al lector, porque la arqueoastronomía se ha constituido como una disciplina orientada a la reconstrucción del pasado. Pero lejos del ámbito histórico y arqueológico, hoy la arqueoastronomía puede asumir una postura antropológica que nos permita interpretar esta posmodernidad de la era “espacial” en la que persisten y se renuevan los pensamientos que ancestralmente fueron sacralizados. Ya lo vemos en los párrafos anteriores, en los más importantes programas de la exploración lunar persisten y se reformulan los imaginarios celestes de cada nación, en sus proyectos tecnológicos cada país recurre a mitos y narrativas del pasado con los que dan un sentido de identidad y partencia a su programa espacial. En este sentido, los programas espaciales —y particularmente las misiones lunares— no son ajenos a la carga simbólica heredada de antiguas cosmovisiones, sino que, por el contrario, reproducen y resignifican estructuras míticas profundamente arraigadas. La elección de nombres para dichas misiones, frecuentemente vinculados a deidades o conceptos cosmológicos, evidencia una continuidad cultural donde el cielo sigue operando como un espacio de legitimación, identidad y proyección de poder, haciendo hincapié en el aspecto nacionalista de cada narrativa. Así, la arqueoastronomía permite establecer un puente analítico entre los sistemas simbólicos del pasado materializados en alineamientos, orientaciones y paisajes rituales y las narrativas contemporáneas que, bajo el lenguaje de la ciencia y la tecnología, reactivan mitos fundacionales propios, mostrando que la relación entre humanidad y firmamento permanece estructuralmente vigente, aunque transformada en sus medios y discursos.