Concho-José Concepción Jiménez López.

 

 

Durante las excavaciones del Proyecto Arqueológico Complejo Hidalgo, encontramos parte de uno de los patios que pertenecía al Hospital de San Juan de Dios, localizado entre la calle de Valerio Trujano esquina con Av. Hidalgo, y la zona de excavación del Complejo.  

También se ubicaron algunos cuartos y un horno de cerámica. En las áreas abiertas del patio se encontraron las celdas de cimentación de los separos de la procuraduría del D.F. demolido años antes, y bajo ellas se exploraron los osarios del hospital, con cerca de 1200 entierros.

De esta manera, a finales del año del señor del 1979, comisionaron a Concho-José Concepción Jiménez López, y Luis Alfonso González Miranda para explorar con los arqueólogos el yacimiento.

Fue un trabajo laborioso en contextos anegados, por lo que se elaboró un programa de logística para la recuperación del material óseo, ya que aparecían capa tras capa de huesos largos, cráneos, colocados con un orden que presentaba un sistema de enterramiento para depositar los cuerpos durante cierto tiempo y luego reordenarlos nuevamente, para tener espacio para los siguientes cadáveres. Se alcanzó una profundidad de 4 a 5 metros.

Durante estos trabajos, la convivencia con Concho, siempre muy serio, y Luis Alfonso con ocurrencias, fue muy cercana, a veces tenía que adivinar lo que seguía en el proceso de extracción del material óseo, pues el Concho pensaba que yo sabía lo que seguía. Conforme avanzaba la excavación y alcanzábamos más profundidad, bajar por la escalera era un acto de fe, recuerdo que, por su estatura y peso, mientras estaba parado en ella me decía como debíamos circular y mientras lo comentaba, la escalera se rompió en un escalón, y nos cayó encima.

Inevitablemente la noticia del hallazgo se filtró a la prensa y el encabezado comunicaba la notica de que se habían encontrado los muertos del 68 en los antiguos separos de la policía judicial. Al día siguiente, por la mañana, a la entrada del sitio, Concho fue interceptado por un periodista, y a pregunta expresa sobre el tema, esa información fue desmentida, pero generó un clima de sospecha y ocultamiento de pruebas. Con las semanas se olvidó, y los trabajos continuaron durante un año.

En lo personal, nunca había excavado tantos entierros, uno tras otro, pero fue toda una experiencia, aprendiendo el método de registro y recuperación del material óseo humano de los antropólogos físicos. El 2 de noviembre de 1980, todos celebramos el día de muertos con los entierros del Hospital de San Juan de Dios a manera de despedida, pues se trasladaron a la bodega del Antropología Física para su investigación y custodia.   

Siempre creí que, por su carácter, antes de estudiar en la ENAH había sido militar o seminarista, eras directo, educado y leal. Nunca oí comentarios o críticas malsanas tuyas sobre colegas. Eso sí, tenías muy claro el papel de nuestro presidente con la cultura y el futuro incierto de nuestro INAH.

Esta oportunidad de trabajo me permitió entablar una amistad larga y entrañable con Concho, que ha dejado una honda huella en algunos de nosotros.

 

Concho te envío un gran abrazo y deseo que tengas buen camino al Mictlán.

Arqlgo. José Antonio López Palacios




 

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