Restaurador Sergio Montero en la Moreña, la Barca Jalisco. Foto: DMC. INAH. Mauricio Marat.

 

 

Es muy difícil, por razones de gran tristeza y de justicia hacia su trayectoria, resumir la larga e influyente carrera de una persona de tanta importancia en el mundo de la cultura, los patrimonios y su restauración: Sergio Arturo Montero Alarcón, nacido el 7 de agosto de 1937 y, fallecido, el día de hoy 14 de junio de 2020, en un amoroso entorno familiar formado por su esposa Dora e hijos –Irina, Yuri e Iker–. Sin duda, con su partida se va uno de los grandes de la Restauración con más de 45 años en el INAH y eso exige una profunda reflexión, amén del más alto reconocimiento.

 

Con estudios vocacionales en Ingeniería y Arquitectura (IPN), así como en Artes Plásticas en la Escuela de Pintura y Escultura, INBA, Montero adquirió una sólida formación en las dimensiones creativas y espaciales de los bienes culturales a los que luego dedicaría gran parte de vida como restaurador: pintura mural y escultura. Hacia la década de 1960, esta formación como restaurador de obras de arte y monumentos históricos se consolidó gracias a su paso por la Escuela Superior de Artes Plásticas de Bratislava, Checoslovaquia. Ello lo convertiría en el primer restaurador mexicano con estudios de especialización.

 

Al regresar a México, se sumaría como restaurador de material arqueológico en el Departamento de Prehistoria del INAH y, posteriormente, como Jefe de Restauración del Departamento de Catálogo y Restauración del INAH. En un contexto de contundentes impulsos nacionales e internacionales, sería fundador, a mano de su amigo de vida Jaime Cama Villafranca, del Centro Regional Latinoamericano de Estudios para la Conservación de Bienes Culturales UNESCO, antecedente de la hoy Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM-INAH) y de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC-INAH).

 

Su larga y profunda huella en la docencia, como profesor de la ENCRyM se extendió a más de cuatro décadas: titular de los espacios del propedéutico de admisión, de Tecnología y Técnicas de Restauración, Introducción a la Tecnología de los Bienes Culturales, Curso de Manejo de Colecciones y, en relevancia, del Seminario-Taller de Restauración de Pintura Mural.

 

Lo anterior se traduciría en la educación universitaria de decenas de generaciones de restauradores y museógrafos de la ENCRyM, quienes hoy lo reconocemos como columna decisiva en nuestra formación, gracias a sus siempre generosas cátedras colectivas, dotaciones personales, y asesorías de tesis. Debemos gratitud, y son motivo de ejemplo, sus rigurosas enseñanzas, una docencia donde el profesor desplegada directamente su observación, opinión e intervención, y a las repentinas anécdotas personales en las que, amén de la contextualización de la intervención, privaba su diálogo directo, sus posiciones definitivas y su sentido del humor.

 

Su impacto en la práctica profesional de la restauración y en la consolidación institucional de la misma es invaluable. Fue organizador de los talleres de restauración del Departamento de Catálogo y Restauración del INAH, y luego, su jefe, por encargo de Manuel del Castillo Negrete. Más tarde sería jefe de restauradores en el Centro INAH Hidalgo. En la ENCRYM fue coordinador del programa de reestructuración de los programas de estudio (1983), Coordinador Técnico Académico (1983-1985), miembro decano del Consejo Académico (1993-1997), miembro de diversas comisiones académicas y asesor de muchos directivos, antes y después de su jubilación en 2010.

 

El expertise de Montero se proyectó internacionalmente a partir de cursos, conferencias y múltiples comisiones internacionales en Guatemala, El Salvador y lugares tan lejanos como Etiopía, Washington y Japón. Su asesoría en esta competencia no sólo abarco la restauración de pinturas murales –en particular su desprendimiento–, sino también conservación preventiva y post-desastre, así como en el campo del embalaje de obras monumentales y comisaría a exposiciones internacionales. Su carrera como director, ejecutor y asesor de proyectos nos deja impávidos y es imposible resumir toda su trayectoria en unas líneas. Baste mencionar a las iniciativas que él recordaba, en los últimos años, con especial cariño.

 

En el ámbito de la arqueología prehispánica: la restauración de las máscaras de mosaico de turquesa de Coixtahuaca y Zaachila (1966); el rescate de un adoratorio prehispánico de las excavaciones del Metro (1968); la restauración de las Pinturas de la Z.A de las Higueras (1967-1973) y Cacaxtla (1975); el montaje y la restauración de pinturas murales desprendidas de la Z. A de Teotihuacan, incluyendo la repatriación de la Colección Wagner (1966-1977, 1984-1991); el embalaje del Ocelotl Cuauhxicalli para exposición en Washington (1983), embalaje de la Cabeza Olmeca para exposición en Tokio (1985), los estudios para la restauración de las Pinturas de Bonampak (1967-1977), la restauración del monolito Venus de la Z.A. de Tamtok (2006), la asesoría en el Proyecto de la restauración del Monolito Tlaltecuhtli, Z.A. Templo Mayor (2007), embalaje y traslado de esculturas mayas en el Museo Cantón (2012) y, por supuesto, la majestuosa restauración de la Estela 1 de Bonampak (1977). También son notables sus intervenciones en obras históricas: pinturas monumentales de Villalpando y Cabrera de Tepotzotlán (1964) y de Rodríguez Juárez en la Catedral Metropolitana (1967), las pinturas murales de Santo Domingo Oaxaca (1964-1965) y, la que se convertiría en uno de sus mayores logros, la restauración, en dos momentos, de las pinturas murales de la Casa de La Moreña, Jalisco (1974-1977, 2007-2010).

 

Montero también fue innovador en la restauración de obras de arte moderno de autores como Cecil Crawford O’Gorman (1962), Fermín Revueltas (1962), Carlos Mérida (1977-1978) y Joaquín Torres García (2001). Ferviente estudioso y admirador del muralismo mexicano, fue un gran privilegio que fungiera como director del proyecto de restauración de los murales del Polyforum David Alfaro Siqueiros (1994-1995), además de asesor, en iniciativas presentadas en últimas fechas.

 

Heredero de los movimientos de activismo social de principios del siglo XX, Montero forjó su propio camino de organización colectiva en el ámbito disciplinar, como miembro asociado del Internacional Institute of Conservation, de la Asociación Mexicana de Conservadores del Patrimonio Cultural A.C. y fue fundador de la Sociedad de Conservadores del Patrimonio Cultural A.C.

 

Afortunadamente, Montero fue reconocido en vida con las Preseas al Mérito Ignacio Ramírez (SEP 1993 y Conaculta 1995); con homenajes en la Sociedad de Conservadores del Patrimonio Cultural AC, en la ECRO (2000), en la CNCPC (2004), y con motivo de su jubilación como restaurador perito del INAH en la ENCRyM-INAH (2010). También obtuvo la Presea del Mérito Titiritero (Museo de Huamantla, 2012). Este último galardón desvela la práctica, que, desde niño, desarrolló en el arte guiñol y le llevaría, como adulto, a la fundación de la Compañía Teatroral Ikerín. Esta afición transitaría a su labor como como restaurador, a través de los proyectos de la Colección Rosete Aranda y del INBA (1983, 2007-2008, 2014).

 

El legado de Montero es muy amplio y complejo: apenas podemos empezar a comprehender a una figura excelsa, diversificada, protagonista de la historia de la restauración de México y luchador e impulsor del reconocimiento de esta disciplina en Latinoamérica. Como herencia material nos quedan más de 30 publicaciones, decenas de conferencias y videos, algunos consultables en el canal del INAH, en temas de tecnología de pintura mural, intervención en bienes culturales, historia de la ENCRyM-INAH y formación en materia de restauración e, incluso, una anécdota sobre el accidente aéreo que sufrió en Bonampak en la década de 1960; texto ganador al Primer Lugar del Concurso “Aquí vengo a Contar”, con motivo del 60 aniversario del INAH. Sobre todo, tenemos sus obras de restauración y sus enseñanzas, todas representativas de amor por el patrimonio cultural, su visión sagaz, su inteligencia vivaz y su genial capacidad de discernimiento teórico, metodológico y práctico de la restauración.

 

Ante la noticia de su fallecimiento y, por diversos medios electrónicos, las respuestas fueron inmediatas, cariñosas y de admiración. A riesgo de excluir las particularidades, se subraya su legado inmaterial; su papel como pilar de la restauración, como gran maestro y compañero, su carácter tenaz en sus convicciones, riguroso, genuino, generoso y amable. En lo personal, agradezco sus pláticas que me hicieron comprender la responsabilidad de nuestro quehacer, maravillarme con las soluciones que él divisaba, así como valorar el desarrollo de la profesionalización de la restauración, proyecto mexicano único en el mundo que él forjó, juntos con otros grandes, con orgullo en el corazón del INAH. Por lo anteriormente dicho y mucho más, lo extrañaremos y nos acompañará por siempre querido Profesor.  Descanse en paz.

 

Isabel Medina González

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