Miguel León Portilla, un árbol de enormes ramas, frondoso y fértil. Foto: Melitón Tapia. INAH.

 

*** Maestro de generaciones de historiadores, antropólogos, arqueólogos, filósofos y lingüistas

 

*** La herencia que palpita en el quehacer diario de los pueblos indígenas y de las comunidades afrodescendientes, representan un faro ante la crisis civilizatoria


 

 

Se cumple un año de ausencia física de don Miguel León-Portilla (1926-2019), pero sus principales causas, como la reivindicación de los pueblos indígenas, en el pasado, presente y futuro de México, siguen vigentes. Garante del patrimonio cultural del país y comprometida con sus hacedores, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México mantiene vivos los principios de justicia de “nuestro tlamatini”, los cuales representan una deuda a saldar como colectividad.

 

La secretaria de Cultura del Gobierno de México, Alejandra Frausto Guerrero, recordó al historiador y nahuatlato y lo necesario que es volver a su pensamiento, “recuperar la mirada inteligente de este humanista que supo reconocer en la diversidad, la fuerza de nuestro país”.

 

En el homenaje póstumo, rendido en el Palacio de Bellas Artes el 3 de octubre del año pasado, el director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Diego Prieto Hernández, tuvo la oportunidad de manifestar que el filósofo e historiador mexicano fue maestro de numerosas generaciones de historiadores, antropólogos, arqueólogos, filósofos y lingüistas, muchos de ellos forjadores de la propia institución.

 

La dimensión de este tlamatini, señaló entonces el titular del INAH, “seguirá vigente en la vida cultural y en el pensamiento de quienes seguimos en la tarea de recuperar la memoria, la diversidad y las múltiples identidades de México”. La herencia que palpita en el quehacer diario de los 68 pueblos indígenas del país y de las comunidades afrodescendientes, tanto tiempo invisibilizados, representan un faro ante la crisis civilizatoria que experimentamos.

 

En opinión del director del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Salvador Rueda Smithers, “Miguel León-Portilla fue un árbol con unas ramas enormes, frondoso y muy fértil. Me considero un fruto al final de esas ramas porque ―sin haber sido su discípulo―, me convertí en historiador gracias a él. Y tuve la oportunidad de agradecérselo”.

 

Rueda Smithers fue uno de tantos que definió su vocación después de haber leído en la preparatoria Los antiguos mexicanos y Visión de los vencidos, esta última una obra cuya primera edición apareció hace más de 60 años, ha sido traducida a más de 60 idiomas y de la que se han impreso más de 600 mil ejemplares.

 

“Quería ser el tipo de historiador que él era. Lo que me atraía era la historia mexicana desde el punto de vista indígena. Años después, cuando tuve oportunidad de recuperar los testimonios de los últimos zapatistas —me dije—, es justamente la fuente de la que abrevó don Miguel, pero siglos y generaciones más adelante”, detalló.

 

Por su parte, el director de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, y discípulo del gran antropólogo, Baltazar Brito Guadarrama, destacó el gusto por la vida de su maestro quien, hasta donde le fue posible, supervisó sus memorias y lo que será la publicación completa de los Códices Matritenses, de la Real Biblioteca (Madrid), obra sahaguntina que contará con una introducción autorizada por León-Portilla, e impresa a color.

 

En su opinión, don Miguel León-Portilla, como estudioso de los pueblos mesoamericanos, “reconocía que las lenguas entrañan una cosmovisión del mundo, que ordenan al universo. Él era nahuatlato, pero no sólo defendía esa lengua, todos los pueblos originarios —con su diversidad lingüística, de costumbres y saberes— contaron con su cobijo y defensa, siempre buscó su respeto y conocimiento”.

 

Como destaca El Colegio Nacional, una de las instituciones académicas a cuyas filas perteneció el célebre humanista, en su obra “revela el pensamiento profundo de los antiguos mexicanos e inaugura un estilo muy personal de acercamiento a los textos, busca en la discursividad de la lengua, la orientación del conocimiento prehispánico; analiza la poesía que, liberada de su lastre referencial, expresa con plenitud la singularidad del ser indígena, defiende la autonomía de los pueblos indígenas y recoge poemas en sus lenguas, tanto antiguos como modernos, en un afán de conservar su pureza y naturalidad”.

 

Así lo pueden constatar quienes tomen entre sus manos títulos como Rostro y corazón de Anáhuac; El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas; Hernán Cortés y la mar del sur; Trece poetas del mundo azteca o Francisco Tenamaztle. Primer guerrillero de América y defensor de los derechos humanos, entre tantos otros, donde sus ideas permanecen abiertas.

 

Entre las innumerables distinciones que recibió, como el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía (1981) y la Medalla Belisario Domínguez (1995), el INAH tuvo la oportunidad, en 2009, de reconocerle con la entrega de la presea “Caballero Águila” y, en 2016, con un homenaje en el Museo Nacional de Antropología, a propósito de sus 90 años.

 

En aquella ocasión, el investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México se dijo complacido de constatar que “aunque sea menor, soy un profeta en mi tierra”. A un año de su partida terrenal, su México, “su estrella” —como él mismo dijo—, extraña y necesita a su profeta.

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