La música y el baile como elementos centrales de la celebración, así como el uso de la máscara y el disfraz. Captura de pantalla.

 

*** La etnomusicóloga Raquel Paraíso expuso su investigación en el Seminario Antropología, Historia, Conservación y Documentación de la Música en México

 

*** En conferencia virtual, puntualizó que en esa región el carnaval ayuda a cimentar realidades, reafirmar creencias, experimentar y construir comunidad  


 

 

El carnaval es reflejo del sincretismo y la transculturación de diferentes procesos culturales que se han gestado históricamente; marca el pulso del tiempo y el espacio de la Huasteca y en él, el ritual y la espiritualidad mantienen vivo el sentido de permanencia, así como nociones de cambio y continuidad.

 

 “Cíclica, puntual y esperada, esta manifestación cultural ayuda a cimentar realidades, reafirmar creencias, experimentar y construir comunidad”, manifestó Raquel Paraíso, etnomusicóloga por la Universidad de Wisconsin-Madison, durante su participación en el Seminario Antropología, Historia, Conservación y Documentación de la Música en México 2020, desarrollado por la Fonoteca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

En la cuarta conferencia virtual, organizada en el marco de la campaña de difusión “Contigo en la Distancia”, de Secretaria de Cultura, la cual tuvo por título Sones de carnaval en la Huasteca. Espacio de conocimiento compartido y corporalidad, la investigadora, apelando al concepto del teórico ruso Mijaíl Bajtín, reiteró que esta celebración es entendida como un ritual de inversión, que instiga la ruptura temporal de la estructura social prevalente.

 

La académica e investigadora de la Universidad Veracruzana, en la charla virtual por el canal de YouTube de la Fonoteca del INAH, afirmó que el carnaval de la Huasteca entra en dicha  interpretación, a la vez que comparte con otros de Latinoamérica y otras partes del mundo, el uso de la música y el baile como elementos centrales de la celebración, así como el uso de la máscara y el disfraz.

Para su investigación, la etnomusicóloga visitó el área de la Huasteca Baja, en específico, el municipio de Zontecomatlán y las localidades aledañas de Xoxocapa y Xochiatipan, en el estado de Veracruz, donde observó que, además de cumplir su función ritual y estética en el marco de celebraciones cíclicas de la región, el carnaval refleja las relaciones sociales, económicas y políticas de la comunidad, así como una forma de entender el modo de pensar y sentir éstas, y las estéticas que las conforman.

 

“Aunque esta manifestación cultural comparte ciertos elementos, en cada microrregión, municipios e, incluso, comunidades, existen particularidades, por lo que en la Huasteca suele durar cinco días, comenzando el viernes antes del martes de carnaval. En lugares como en la comunidad de Santa María la Victoria, cambian las fechas de celebración dependiendo de la disponibilidad de los músicos para tocar en ella ya que, sin música, no hay fiesta”, expuso.

 

Paraíso detalló que en la Huasteca el carnaval articula un sincretismo particular de creencias indígenas con elementos del catolicismo y su indigenización; junto con el Xantolo (Todos Santos), es una de las fiestas más importantes del calendario ceremonial y ritual de los huastecos, la cual gira en torno a la superposición del calendario religioso mestizo (Xantolo, Navidad, Carnaval y Semana Santa) y el agrícola.

 

“El carnaval invoca a los ancestros negativos, representados por los viejos o mecos y los diferentes diablos; en cambio, el Xantolo sirve para agradecer los frutos de la milpa de lluvias y tributa a los antepasados buenos (representados por la viejada, el caporal, el vaquero)”, explicó.

 

La investigadora puntualizó que en ambas festividades se manifiesta la concepción simbólica de la música y su capacidad de establecer una comunicación con ‘el más allá’; su carácter comunitario y su capacidad de crear y fortalecer lazos identitarios, “es el medio a través del cual se establece la ‘comunicación’ entre los vivos y los difuntos”.

 

Bandas de viento o tríos huastecos tocan sones de carnaval para que bailen los miembros de la cuadrilla, los enmascarados o viejada, personajes en los que reencarnan los ancestros durante los días de fiesta.

 

“La música y la danza están presentes en el espacio físico, sonoro y afectivo del carnaval; convoca mundos. Musicalmente, los sones son composiciones con carácter repetitivo que suelen tener dos o tres frases de ocho compases, y su naturaleza rítmica se ajusta a las necesidades de la danza”, detalló.

 

En el carnaval ambas manifestaciones artísticas son vehículo de conexión y cohesión social, el cual entrelaza presente y pasado; y son reflejo de la permanencia de memorias colectivas y herencias culturales, además de tener la capacidad de transmitir continuidad y transformación, aspectos fundamentales en el devenir de los grupos sociales.

Raquel Paraíso afirmó que a través de la música se construyen procesos simbólicos e identitarios fundamentales en la constitución de tales grupos;  mientras que la danza es parte esencial de la celebración, pues en ella cobran vida el cuerpo y el espacio como productos culturales y sociales, y tiene lugar la vivencia de valores y creencias, así como la socialización de los jóvenes.

 

“Como en otras formas culturales, a la vez que crean una experiencia nueva en el presente, los sones de carnaval son una forma de conectar presente y pasado. Tiempo y espacio son significativos ya que cada aspecto del baile recurre a sistemas de conocimiento y a significados culturales (conscientes o inconscientes, físicos y simbólicos) más profundos”, finalizó.

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