Dibujante, grabador, escultor, pintor y muralista. Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

*** Entrada triunfal de Benito Juárez al Palacio Nacional es una de las obras más emblemáticas que el artista chihuahuense pintó en la sede del Museo Nacional de Historia

 

*** En 2017, González Orozco recibió un reconocimiento de la institución por los 50 años de su célebre mural


 

 

“Una pintura, una obra de arte debe ser, ante todo, eso, más que analizarla de una manera intelectual. Para mí no es tan importante, como simplemente el me gusta o no me gusta; nunca he buscado el reconocimiento ni nada eso, pero les agradezco muchísimo”, manifestó en vida el dibujante, grabador, escultor, pintor y muralista Antonio González Orozco (1933-2020), cuyo pincel ha dejado de trazar líneas con su partida, a la edad de 87 años.

 

La Secretaría de Cultura, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), lamenta la sensible pérdida del artista plástico cuya herencia visual habla del respeto, la dignidad y el amor a la patria y a los héroes que la forjaron.

 

Precisamente, una obra alusiva, Entrada triunfal de Benito Juárez al Palacio Nacional, fue pintada por González Orozco en la Sala de Carruajes del Museo Nacional de Historia (MNH), Castillo de Chapultepec, en la cual plasmó esos valores patrios latentes en sus piezas muralísticas.

 

Sobre este imponente mural que celebra aquel episodio del 15 de julio de 1867, el cual significó la victoria definitiva del pensamiento liberal y del proyecto de una República, el artista plástico recordó, en una entrevista a propósito de los 50 años de dicha obra, que el proyecto le fue encomendado en 1967, por el historiador Antonio Arriaga Ochoa, quien, en esos momentos, fungía como director del recinto, como parte de las actividades para conmemorar el centenario del Triunfo de la República.

 

Quien fuera alumno de Diego Rivera en la Antigua Academia de San Carlos, mencionó que para la creación del mural se inspiró en una serie de documentos históricos y litografías, procurando ceñirse a lo relatado en libros como Juárez y su México, de Ralph Roeder; además de contar con la asesoría de historiadores, como Manuel Arellano y el mismo maestro Arriaga, quien le dio la instrucción de que el mural debía ser como una lección de historia, porque la verían los niños de las escuelas, así como el público nacional y extranjero. “Todos van a ver esta lección y debe ser lo más concisa posible”, recordó en ese momento el artista.

 

La obra, de 6 por 4.5 metros, consigna la presencia de Juárez frente a Palacio Nacional, quien desciende de una carroza, acompañado de José María Iglesias y Sebastián Lerdo de Tejada; se observa también a los generales Mariano Escobedo e Ignacio Mejía, entre otros; en la parte superior izquierda, se aprecia a Porfirio Díaz.

 

Para Antonio González Orozco, el mayor reto fue el dar vida al rostro de Benito Juárez, pues al verlo desde la parte baja, no le convencía como cuando lo veía desde arriba, “sentía que se le desdibujaba por completo. Fue una verdadera lucha plasmar su expresión facial. Subía, bajaba y así estuve hasta que me convenció la imagen”.

 

En alguna ocasión recordó que el miedo de decepcionar con su obra lo llegó a paralizar,  pues trabajaba al lado muralistas como David Alfaro Siqueiros, quien pintaba Del Porfirismo a la Revolución; Juan O´Gorman, quien acaba de realizar el Retablo de la Independencia, y Jorge González Camarena, que trabajaba en el mural La Constitución de 1917. En una ocasión, rememoró, el grabador Leopoldo Méndez le preguntó por qué no empezaba a trabajar si ya tenía todo listo y él le respondió que le daba miedo.

 

Sobre su estancia en el Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, para crear el emblemático mural y su relación con los otros muralistas, González Orozco mencionó que de ellos tuvo un aliciente enorme, aunque había un cierto celo profesional entre ellos. Nunca coincidían, a pesar de estar en el mismo edificio; no se veían ni se hablaban, pero lo trataron muy bien, lo impulsaban, con su simpatía y conversación era suficiente para entusiasmarlo.

 

El 3 de julio de 2017, en el marco de la conmemoración del 150 aniversario de la entrada triunfal del Benemérito de las Américas a la Ciudad de México, realizada en el MNH, Diego Prieto, director general del INAH, entregó al pintor un reconocimiento —un diploma y una réplica en plata del chapulín de carneolita, símbolo de Chapultepec—, por los 50 años de su mural Entrada triunfal de Benito Juárez al Palacio Nacional.

 

En dicho evento, el antropólogo reconoció la labor de Antonio González Orozco como un artista difusor de los emblemas de la nación, así como por su desempeño como restaurador en el INAH y miembro de su comunidad.

 

González Orozco nació en Chihuahua, donde a la edad de 20 años inició su carrera en las artes plásticas con el muralista Leandro Carreón. Posteriormente, se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Antigua Academia de San Carlos, donde tuvo como maestro a Diego Rivera.

 

Entre el legado artístico que deja heredado a México y al mundo están las obras: Entrada de Juárez a la ciudad de México (1967) y Juárez, símbolo de la República frente a la Intervención Francesa (1972); Madero: la Revolución de 1910 (1976), que se encuentra en Coahuila, en la que fuera casa de Francisco I. Madero; e Historia de la medicina en México, con sede en el Hospital de Jesús de la Ciudad de México.

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