El noroeste de México, 20 años de etnografía del INAH abrió al público en el Museo Regional de Sonora. Foto: Centro-INAH, Sonora.

 

*** Con motivo de la exposición se llevó a cabo una mesa de análisis sobre esa región del país, en memoria de Raquel Padilla Ramos

 

*** La exhibición se presentó en marzo en la Media Luna del Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México


 

 

Hermosillo, Son.- Este viernes 13 de diciembre, el Museo Regional de la entidad llevó a cabo una mesa de análisis sobre el noroeste de México en honor a la historiadora Raquel Padilla Ramos, en el marco de la inauguración de la exhibición El noroeste de México, 20 años de etnografía del INAH, que la investigadora contribuyó a integrar con sus estudios.

           

La exhibición se presentó durante abril y mayo en la Media Luna del Museo Nacional de Antropología (MNA), en la Ciudad de México, organizada por el equipo de investigadores dedicados a esa zona, del Programa Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas de México, que cumplió dos décadas. Contó con la colaboración de la Subdirección de Etnografía del MNA; y la curaduría de Claudia Harriss Clare y Donaciano Gutiérrez Gutiérrez.

 

El montaje presenta el profundo universo mítico de los pueblos comca´ac (seri), mayo, yaqui, ralámuli y guarijó, a través de 182 piezas etnográficas por primera vez reunidas, para ofrecer un viaje de la costa de Sonora a la sierra de Chihuahua, dentro de las salas de temporales del Museo Regional de Sonora, Antigua Penitenciaría.

 

El recorrido parte en la costa de Sonora, donde habita el pueblo comca´ac (seri). Esta sección resalta la pesca y explica cómo en el pasado se capturaba tortuga marina, totoaba, mantarraya y tiburón, y el modo en que la modernización pesquera ha vulnerado las posibilidades de subsistencia de los indígenas.

 

Se aprecian figuras de flora y fauna del mar y el desierto, elaboradas en palo fierro (ziixacchacj) por los comca´ac de Punta Chueca y Desemboque; varios anzuelos (heen icahit) aún utilizados por algunos pescadores, y la reproducción de una balsa tradicional (haascam) hecha con carrizo y amarrada con raíces de mezquite, así como una red.

 

Enseguida, la muestra conduce a los valles de Sonora, donde habitan los yaquis (yoeme) y mayos (yoreme); y de Sinaloa, con los mayos (yoleme). Rituales, mitos y vida cotidiana permiten conocer los diferentes universos que marcan una forma de ver el mundo. De los yoeme destacan máscaras de pascolas y algunos de sus instrumentos musicales, sobre todo relacionados con tiempos precolombinos, como raspadores (jirúkias), la flauta de carrizo de dos piezas, las sonajas del danzante de venado y el senaso que percuten los pascolas en sus manos.

 

De los yoreme se explora, entre otros aspectos, la importancia de algunos elementos de juyya ánia (mundo del monte) dentro del aspecto religioso, ritual y cotidiano de la vida, como el uso de los capullos de mariposas, llamados ténabaris, que forman parte de su vestimenta ceremonial como instrumentos sonoros para la danza del pascola y venado, sujetados en las pantorrillas para los primeros, y en los tobillos para los segundos; hoy también elaborados con aluminio de botes de cerveza (botenabaris).

 

El tema central de los mayos de Sinaloa es el ritual de Semana Santa, debido a su riqueza cultural e importancia en la identidad de estos pueblos. Se aprecia una máscara miniatura de judío que solo se usa el Viernes de Cuaresma y durante la Semana Mayor; está elaborada en madera y tiene piel de chivo.

 

El recorrido continúa por la Sierra Madre Occidental, con un espacio dedicado a las mujeres ralámuli: explica su relevancia en la cosmovisión de este pueblo y cómo se relacionan con la deidad solar Rayenari. Aquí se representa una escena cotidiana: un comal de barro colocado sobre tres piedras y una canasta (tobeke) hecha de la planta de sotol, donde se van echando las tortillas para que estén calientes.

 

La mujer es como el sol porque da calor y sostiene el mundo, y el fogón que la mujer atiza es el centro de la familia ralámuli. Todos los elementos de la cocina tienen su contexto simbólico: la explicación del origen del mundo está asociada con la elaboración de la tortilla; en tanto, el fogón es el sol, preserva el fuego vital que mantiene unidos a los tres planos del mundo: inframundo, terrestre y celeste, los cuales son representados por las tres piedras que sostienen el comal.

 

El recorrido museográfico termina con el apartado sobre el patrimonio biocultural de los guarijó, en el que se resalta la importancia del uso de la palma como parte de las principales expresiones de dicho pueblo. Los objetos confeccionados en palma mantienen un uso práctico, cotidiano y religioso; la palma es considerada un regalo de Dios que los protege durante los chubascos, en la milpa o cuando duermen. El petate de palma —usado para dormir— también sirve para envolver a sus muertos, y portar el sombrero de este material es un símbolo de su identidad.

 

En la muestra destacan objetos en miniatura; son expresiones de las diferentes identidades culturales del noroeste: mientras para los seris representan la pesca y el medio ambiente, las máscaras de pascolas de yaquis y mayos se asocian al chivo, a la serpiente y al “viejo de la fiesta”, pero sus máscaras chapayecas —de tamaño real— se consideran poderosas, de modo que existen prohibiciones para su comercialización, en tanto, las miniaturas no tienen la misma potencia y pueden estar a la venta.

 

Las actividades de la mesa de análisis iniciaron con un minuto de silencio en memoria de Raquel Padilla Ramos. La primera mesa abordó la cosmovisión yaqui y mayo, la etnografía yoleme y la importancia de las mujeres para los ralámuli, a cargo de antropólogos que han dedicado gran parte de su vida al estudio de estas etnias: José Luis Moctezuma Zamarrón, Hugo López Aceves y Ana Paula Pintado Cortina, respectivamente.

 

En la mesa dos, la antropóloga Claudia Harris reflexionó sobre la etnografía entre los guarijó de Chihuahua; Donaciano Gutiérrez habló de la curaduría de la exposición; cerró la actividad, Anabela Carlón Flores, defensora del territorio yaqui.

 

El antropólogo José Luis Perea González, director del Centro INAH Sonora, recordó que, en 1998, el INAH inició el proyecto nacional con la meta de actualizar las etnografías de los pueblos indígenas de México, y con la finalidad de comprender esta riqueza del patrimonio cultural del país; convocó expertos en áreas de etnología, antropología social y lingüística, y se integraron 21 equipos regionales en todo el país.

 

Durante sus 20 años de existencia, el programa ha producido cientos de obras académicas, de divulgación, monografías, cursos, seminarios, reuniones nacionales e internacionales, así como la formación de nuevas generaciones de jóvenes investigadores con sus respectivas tesis.

 

En la región noroeste, el equipo —encabezado por José Luis Moctezuma— ha desarrollado diversas líneas de investigación en temas como estructura social, territorios indígenas, identidades, relaciones identitarias, sistemas normativos, ritualidad, cosmovisión, chamanismos, patrimonio biocultural, entre otros. Se ha producido una gran obra de antropología: el Atlas Etnográfico del Noroeste de México, y se ha contribuido en la producción de una importante cantidad de videos, peritajes antropológicos, conferencias y talleres.

 

El programa ha construido conocimiento para el público en general, que ahora da lugar a esta exhibición dedicada a los pueblos originarios del noroeste; motivo y tema en el que la historiadora Padilla Ramos contribuyó grandemente con su labor de investigación hasta el día de su asesinato. Con estas actividades, el INAH se solidariza con la lucha de las mujeres y hace un sencillo homenaje a su vida y trayectoria académica.

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