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En la XXX FILAH, y en compañía de sus hijos Esteban y Adrián, se abordaron las diferentes facetas de quien siempre buscó capturar lo inusual de la vida. Foto: Mauricio Marat, INAH.

 

*** Los investigadores Marco Barrera, Teresa Márquez, Abraham Nahón y Antonio Saborit manifestaron que sus tomas eran la materialización de sus convicciones

 

*** En la XXX FILAH, y en compañía de sus hijos Esteban y Adrián, se abordaron las diferentes facetas de quien siempre buscó capturar lo inusual de la vida


 

 

A donde quiera que iba y permanecía más de la cuenta, Jorge Acevedo Mendoza (1949-2019) buscaba revolucionar el estado de las cosas, no solo, siempre en colectividad, sumando, con la reflexión y la amistad por delante, coincidieron los investigadores Marco Barrera, Teresa Márquez, Abraham Nahón y Antonio Saborit, quienes acompañaron al fotodocumentalista y luchador social en diversas etapas de su vida.

 

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) organizó un homenaje póstumo al activista con una charla bohemia, cargada de anécdotas sobre buenos tiempos, yendo desde sus inicios en la fotografía en la Dirección de Monumentos Coloniales, en 1972, y su desempeño como secretario general del Sindicato de los Trabajadores Administrativos, Técnicos y Manuales de la institución; hasta su “exilio oaxaqueño” tras ese telúrico año de 1985.

 

Entre todos, incluidos sus hijos Esteban y Adrián, fueron redescubriendo a Jorge Acevedo, sorprendiéndose de la congruencia que mantuvo hasta sus últimos días: creativo, libre, justo, idealista, sarcástico, excelente fotógrafo, pero también melómano, con la empatía propia de los mejores seres humanos. Ese fue el perfil que construyeron los participantes de este homenaje que se llevó a cabo en el marco de la XXX Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia (FILAH).

 

En el encuentro “Fotografiar la vida”, efectuado en el Museo Nacional de Antropología (MNA), Adrián Acevedo compartió lo sentimientos de gratitud que le embargaron durante la agonía de su padre, recuerdos “del gran fotógrafo, pero la mayoría del padre amoroso que la vida y la fortuna me dieron”.

 

Destacó de él su sazón, “su excelente gusto musical que lo acompañaba en solitarios conciertos nocturnos, su librero lleno de recomendaciones, los domingos de fútbol, su complicidad con mi insoportable adolescencia, la pasión por la imagen que sembró en mí, su caótico orden, la picardía y el sarcasmo de su humor —no siempre comprendido—, su incisiva honestidad —a veces no aceptada—, su tranquilidad y simpatía, su ternura y su existencia contemplativa de fotógrafo. La luz en sus fotografías, deja registro de la grandeza que ya no cabía en su cuerpo”.

 

Entre los convidados a este conversatorio-homenaje, el historiador Antonio Saborit, director del MNA, fue quien tuvo la suerte de toparse en 1976 con un “anciano de 28 años”, que llegó a inscribirse en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). Ese joven no tan joven, dijo, era Jorge Acevedo.

 

Recordó que Acevedo, alternaba su trabajo diurno en el entonces Departamento de Monumentos Coloniales, con sus clases nocturnas en el CUEC. “En esos tiempos, entre los amigos repetíamos una frase de Bienvenido, Bob, de Juan Carlos Onetti:  Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío? Ese mantra nos solía conducir a la calle Bajío, en la colonia Roma, donde Jorge compartía casa con otros dos locos”.

 

Saborit hizo hincapié en que Acevedo no solo era excelente fotógrafo y melómano maravilloso, sino un lector voraz. Inspirado en unos fragmentos del diario de Edward Weston, que aparecieron en la Revista de la Universidad, traducidos por Carlos Monsiváis, le nació la idea de hacer un documental sobre Tina Modotti. El historiador expresó que esa “aventura” emprendida entre los dos, fue la que definió su vida profesional, la amistad con Jorge Acevedo le marcó profundamente.

 

Teresa Márquez, directora del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, dijo que para entender a Jorge Acevedo es necesario hablar de toda una generación que creció escuchando a sus padres, muchos de ellos integrantes del movimiento estudiantil del 68, de manera que la política era un asiduo y apasionado tema de sobremesa. No es de extrañar entonces que esos niños se convirtieran en los jóvenes combativos de los 70 y los 80.

 

 La contienda sindical unió su destino al de Jorge Acevedo, ambos fueron delegados sindicales. Señaló que su compañero de lucha, como muchos otros, “anteponíamos la idea de que la democracia se construye todos los días y con la gente”. Sobre sus imágenes, dijo, eran siempre “provocadoras de muchas cosas, de coraje; podían ser de una empatía extraordinaria. Nunca apostó a hacer fotografías didácticas, pedagógicas, él quería mostrar cosas de la realidad, pero que retaran a la reflexión, al pensamiento”.

 

En eso coincidieron los historiadores Marco Barrera y Rebeca Monroy, quienes sostuvieron que, a pesar de no tener fuente editorial o periodística, Acevedo era un fotodocumentalista nato. Su conciencia histórica lo llevó a defender desde su trinchera fotográfica los derechos sociales, procuró la justicia y la equidad: “En su cámara, las mujeres, los niños, los obreros, los estudiantes y los campesinos tuvieron un lugar prioritario”, sostuvo la investigadora de la DEH.

 

Después del sismo de 1985, Acevedo se mudó a la ciudad de Oaxaca, donde seguiría atrapando imágenes de la vida cotidiana, de su gente, sus tradiciones y sus fiestas. De esa etapa conversó su amigo el poeta e investigador Abraham Nahón, quien señaló que su maestro se integró al Grupo Luz 96 —fotógrafos de Oaxaca—, al cual se sumaría el artista Francisco Toledo y daría lugar al Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, espacio donde se han formado nuevas generaciones.

           

“Su vida en Oaxaca constituye un punto de inflexión en su mirada, formada en sus muchos viajes al Istmo, a los Valles Centrales, a la Mixteca y a la Costa. Prefirió enfatizar los acontecimientos cotidianos, la dimensión humana frente al infortunio, el humor infiltrado en la cultura popular, así como el carácter perfomático de una sociedad de máscaras y rituales, proyectando su transfiguración”.

 

Nahón, quien labora en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, tuvo la oportunidad de trabajar con el archivo de Acevedo y concebir juntos —hace tres años— la muestra Al país de la ilusión, en el Museo de las Culturas de Oaxaca. “Gracias a Jorge Acevedo Mendoza tenemos un gran legado de imágenes y visiones en donde se trasluce el festejo, el abandono, la soledad, la lucha social, el juego, los ritos y la transformación de las identidades en una nación siempre vista con suspicacia, ironía, dolor, desconfianza, creatividad y enamoramiento”.

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