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Leonardo López y Eduardo Matos, durante la Presentación Editorial en el Auditorio Tláloc. Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

*** La obra nació de las conversaciones sostenidas por el investigador emérito del INAH, con sus amigos y colegas Leonardo López Luján y David Carrasco 

 

*** Editado por la ENAH, como parte de una colección dedicada a los 80 años del INAH, entrevera su trayectoria académica con su pensamiento y experiencia de vida

 


Como arqueólogos que excavan capa a capa las ocupaciones de un sitio, Leonardo López Luján y David Carrasco fueron explorando a través de entrevistas, una vida fascinante, la del profesor Eduardo Matos Moctezuma. Esas conversaciones donde se revela a un hombre absolutamente libre, se reúnen ahora bajo el título Arqueología de un arqueólogo, el cual fue presentado en la XXX Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia (FILAH).


La obra fue presentada en voz del personaje y de uno de los entrevistadores, Leonardo López Luján. Editado originalmente en inglés por la Universidad de Nuevo México, y posteriormente en español como Los rompimientos del centauro, esta nueva edición es publicada por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), como parte de una colección dedicado al 80 aniversario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).


Arqueología de un arqueólogo, recordó Matos, investigador emérito del INAH, nació hace algún tiempo a partir de una charla con su colega y amigo, David Carrasco, erudito del mundo mesoamericano, con el fin de entreverar su trayectoria académica con su pensamiento y experiencia de vida. A estas confesiones francas se sumaría después su discípulo Leonardo López Luján, quien en 2007 le relevó al frente del Proyecto Templo Mayor.


La primera “capa estratigráfica” en que ahonda este libro, aborda la relación de Eduardo Matos con la religión, la cual finiquitó a los 15 años cuando —tras leer El lobo estepario, de Hermann Hesse—, tuvo una revelación existencial. El autor de Muerte a filo de obsidiana y Arqueología del México antiguo, declaró nunca haber experimentado libertad semejante, como aquel día en que se supo dueño total de sus actos.


En ese sentido —continuó—, tiempo después hubo de romper otro valor prescrito: el de la familia, no obstante que ya contaba con una, y asumir los inconvenientes de unos afectos que se trastocan por el cambio de rutina.


La tercera capa de tiempo tiene que ver con su meteórica carrera en el INAH, institución a la que ha estado ligado desde los 19 años, cuando ingresó a la ENAH. Desde entonces se observaba una erudición y una personalidad que le llevaría a ocupar prácticamente todos los altos cargos de la institución, entre ellos la dirección del Museo Nacional Antropología y la presidencia del Consejo de Arqueología.


Mientras se desempañaba en este último, fue cuando tuvo la oportunidad de volver a su verdadera pasión que es la investigación. Este lapso está marcado por el hallazgo del monolito de la diosa Coyolxauhqui, en el corazón de la Ciudad de México. Ese febrero de 1978 recibió la invitación del director del INAH, Gastón García Cantú, para elaborar un proyecto de investigación que permitiera descubrir los vestigios del antiguo recinto sagrado de los mexicas.


En los siguientes cinco años a esa fecha, comentó por su parte el doctor Leonardo López Luján, Eduardo Matos se convirtió en el líder de un proyecto único por su interdisciplinariedad y el cual permitió —mediante la excavación en un espacio de 13 mil m²—, sacar a la luz las 13 ampliaciones parciales y totales que tuvo el Templo Mayor, así como 14 estructuras más.


El recién integrante de El Colegio Nacional, hizo hincapié en la formulación teórica de Matos Moctezuma quien, partiendo de los principios del materialismo histórico, indicó que el Templo Mayor era la representación ideológica del pueblo mexica. En los adoratorios que lo remataban, uno dedicado a Huitzilopochtli y el otro a Tláloc, se expresaban sus medios de subsistencia y trascendencia: la guerra y el tributo de pueblos producto de la misma, y la agricultura y cosecha de granos.


“Podríamos decir que de 1978 a 1982, el Templo Mayor se mantuvo en trending topic, y Matos se convirtió en influencer. Las excavaciones del Templo Mayor fueron visitadas por mandatarios y ‘mandamaces’, como José López Portillo y ‘El negro’ Durazo; los franceses François Mitterrand y Jacques Chirac; el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger; los reyes de España don Juan Carlos y doña Sofía. Artistas, gente del espectáculo y de la ciencia, como Jane Fonda y Olga Breeskin, Carlos Saura y Franco Zeffirelli; Rufino Tamayo y José Luis Cuevas; premios Nobel como García Márquez y Octavio Paz; Jacques Cousteau y su hijo Philippe, y un largo, largo etcétera”.


Leonardo López Luján, tras definir a su maestro como “un hombre jovial, particularmente inquieto y siempre lleno de proyectos”, también destacó “la profunda curiosidad por lo que pasa a su alrededor y una inigualable determinación, al tiempo que lo guía un sentido a ultranza de la ética profesional, la responsabilidad y un gusto enfermizo por la puntualidad”.


Eduardo Matos concluyó que la cuarta y quinta capas de su vida están vinculadas. Desde hace un tiempo ha luchado por deshacerse de lo superfluo, con miras a lo que le llegará irremediablemente como a todos: la muerte. Como expresa en un pensamiento dedicado a sus hijos: “Cuando ya sea yo ceniza, heredarás mi cuerpo. Nada más puedo dejarte, puesto que nada más tengo. Heredaras mis tardes, heredaras el viento, heredaras mi carne, heredaras mi aliento. Te dejaré mi poseía con un pedazo de tiempo…”

 

 

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