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Diego Prieto Hernández, director general del INAH, durante el Homenaje a la Dra. Beatriz Barba Ahuatzin. En el marco del año Internacional de las Lenguas Indígenas. Foto: Mauricio Marat, INAH.

 

*** Recibió un homenaje para reconocerla como fundadora de la Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas

 

*** El director general del INAH, Diego Prieto, le entregó una reproducción en plata de la cabeza de un Guerrero Águila


 

 

La primera mujer con título de arqueóloga en México, Beatriz Barba Ahuatzin recibió un sentido homenaje, a días de cumplir 91 años de edad, que sirvió como marco para festejarla, conmemorarla y verla.

 

Beatriz Barba, vestida con elegante abrigo negro que resaltaba la blancura de su cabello, bellamente trenzado, así como las facciones de su rostro fino y sus grandes y alegres ojos que en juventud enamoraron a Román Piña Chan, recibió de manos del antropólogo Diego Prieto, director general Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), una cabeza en plata de un Guerrero Águila, la cual se entrega a investigadores de la institución por su antigüedad y méritos. La presea también fue otorgada recientemente al arqueólogo Roberto Gallegos y a la Gendarmería de Carabineros de Italia, por la devolución de 594 ex votos mexicanos.

 

El reconocimiento fue organizado por la Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas (AMCA) —la cual fundó Barba, en 2003— y el INAH, en el marco del Año Internacional de las Lenguas Indígenas y el 80 aniversario de la institución.

 

Durante décadas, el INAH se ha nutrido del trabajo, sensibilidad, temperamento y creatividad de Beatriz Barba Ahuatzin, dijo el antropólogo Diego Prieto Hernández, director general del INAH, tras recordar la imaginación de la antropóloga en los albores de los años 60, para, junto con el entonces director del INAH, Eusebio Dávalos Hurtado, y Julio César Olivé Negrete, defender el inmueble de la calle de Moneda N° 13, pues al trasladarse el Museo Nacional de Antropología a Chapultepec, la Secretaría de Hacienda quería recuperar ese espacio aledaño a Palacio Nacional.

 

Gracias a sus oficios, dijo el antropólogo, la cuna de la antropología mexicana, el lugar donde surgió el Museo Nacional, el cual después fue el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, luego el Museo Nacional de Antropología, y ahora el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, hoy mantiene su vocación cultural.

 

“A Beatriz Barba debemos que esto no haya ocurrido con el espacio donde también surgió la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americana, fundada por Eduard Georg Seler y Franz Boas, donde además estudió y fue director Manuel Gamio, y fue la primera sede de la ENAH y del INAH.

 

“Beatriz ha acompañado décadas de investigación en el INAH, siempre articulando las ideas de una investigación antropológica integral, que incorpora a la arqueología, ligada a su vida familiar y conyugal, pero también a la etnología y la antropología, vista como el estudio integral de los grupos humanos”, destacó Diego Prieto.

 

En presencia de la coordinadora nacional de Antropología, Paloma Bonfil, el arqueólogo Raúl Arana, presidente de la AMCA, dijo que esta academia consideró importante y necesario hacer un reconocimiento en vida, a la trayectoria y aportaciones Beatriz Barba Ahuatzin, quien la creó, junto con la antropóloga Margarita Nolasco.

 

Recordó que “la AMCA se gestó un día significativo, cuando recién falleció el arqueólogo Román Piña Chan, quien junto con Beatriz creó una gran familia no sólo para la antropología, sino la de ese hogar que formó la gran pareja de antropólogos, queridos maestros en la vieja ENAH de la calle de Moneda 13.

 

“En el momento en que Román Piña Chan cerró su ciclo de vida, estando en el cementerio, el ex director del INAH, Sergio Raúl Arroyo, preguntó a Beatriz Barba en qué se le podía ayudar, y ella con cariño y esa actitud propositiva que la distingue, le pidió el apoyo del Instituto para integrar una academia para las ciencias antropológicas mexicanas. Lo que fue posible con el trabajo de Beatriz Barba y Margarita Nolasco”.

 

Arana recordó que la AMCA comenzó en un piso de la Torre Latinoamericana y, posteriormente, se trasladó a las actuales instalaciones de la Coordinación Nacional de Antropología (CNAN), en la colonia San Jerónimo.

 

Originaria de Jalisco, Beatriz Barba, una mujer que siendo profesora normalista decidió desafiar las reglas sociales de la década de 1950 y las normas conservadoras de su familia, para ponerse pantalones, salir a campo acompañada de hombres y convertirse en la primera mujer en conseguir un título de arqueóloga. Como no había pantalones para dama, ella misma arreglaba las tallas de niño, y los ajustaba para que le quedaran.

 

En el homenaje también participaron sus colegas, Ana Rita Valero Gutiérrez y Eduardo Merlo Juárez. La primera recordó un homenaje realizado hace exactamente 25 años en el Museo Nacional de Antropología, el cual contó aún con la presencia de Román Piña Chan.

 

Ana Rita Valero recordó que aquél fue un magno homenaje de tres días en los que hubo danzantes, música y 60 ponencias, las cuales fueron publicadas en una antología, en la que escribieron arqueólogos, etnólogos, museógrafos antropólogos físicos, una amplía arca de conocimiento generado a raíz de la fiesta en honor a Beatriz Barba, investigadora emérita del INAH, y no podía ser de otra manera.

 

El libro abre con un ensayo de Piña Chan, escrito con la objetividad de un científico como era, pero también con la emoción de escribir sobre su compañera de vida; cuenta cómo conoció a Beatriz, joven profesora salida de la escuela de maestros que empezó en la Escuela Emiliano Zapata, donde tuvo experiencias que la encaminaron a la antropología. Hizo una investigación, la cual, para Juan Comas, fue uno de los estudios más interesantes de antropología aplicada, de ahí hizo su tesis de la Escuela Nacional de Maestros, en 1952.

 

Posteriormente, entró a estudiar en la ENAH, y fue la primera mujer mexicana en obtener Licenciatura en Arqueología. Se interesó por los problemas laborales y defendió los derechos de los antropólogos. “Tiene un sentido social idealista, una personalidad heterogénea e intensa. Se metió a estudiar etnología, sin estorbar su vena de sindicalista”, dijo Valero Gutiérrez.

 

Beatriz Barba trabajó en los años 60, en la conformación del Museo Nacional de Antropología (MNA), donde diseñó la museografía de la primera sala dedicada a la Introducción de la Antropología; en ese momento, la National Gallery declaró públicamente que el MNA de México rebasaba por 40 años a la museografía norteamericana y por 100 a la inglesa.

 

Luego reseñó la historia de la defensa del edificio de Moneda 13 y la creación del Museo Nacional de las Culturas, en la que encabezó una verdadera batalla, y después se preocupó por concebir un recinto dedicado a las culturas del mundo.

 

Eduardo Merlo, quien se trasladó desde temprano de Puebla a la Ciudad de México para hablar de su maestra, dijo que Beatriz es el mejor ejemplo de lo que es un antropólogo. Destacó que todos los maestros de aquella época de Moneda 13, eran antropólogos antes que nada, y hacían una ciencia integral. “En el MNA se ve su mano, ese museo es sin duda el mejor ejemplo de los estudios profundos y con mucha conciencia de aquellas generaciones”.

 

Asimismo, hizo referencia a la palabra ahuatzin, que alude a su segundo apellido, con la cual se nombra a un pájaro pescador de las lagunas de Tlaxcala, donde todavía la gente dice “ya vi volar a un ahuatzin”.

 

Al final del homenaje Beatriz Barba Ahuatzin, sumamente emocionada y con la elegancia que la caracteriza, regaló a sus colegas unas palabras, en un esfuerzo descomunal para dejar impresas sus ideas en la voz; habló de su vieja escuela de Moneda 13 que formó antropólogos con madurez, de sus maestros, todos eruditos, y recordó en especial al arqueólogo Pablo Martínez del Río y al antropólogo Pedro Bosch Gimpera, este último llegado a México tras el exilio español.

 

Luego de un rato acotó que terminaría su discurso, pues no quería abusar del tiempo de los presentes. En la sala, por el contrario, la realidad era que ninguno quería que se apagara la voz de Beatriz Barba Ahuatzin de Piña Chan.

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