La antropología ha nutrido los estudios sobre el patrimonio cultural. Foto Mauricio Marat INAH.

 

***La antropología “ha nutrido los estudios sobre el patrimonio cultural e incidido en políticas públicas que atañen a la diversa sociedad mexicana, principalmente a los pueblos indígenas y afromexicanos”: María Elisa Velázquez

 

*** En ocho décadas del INAH, las distintas disciplinas y metodologías de la antropología han sido trabajadas por casi 400 investigadores


 


Con antecedentes que se pueden rastrear desde el siglo XIX, la antropología y su razón de ser en este nuevo milenio es motivo de debate y reflexión en el marco del 80 aniversario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), organismo que ha sido el semillero de profesionales cuyas investigaciones han abierto múltiples perspectivas sobre la pluriculturalidad de México y las problemáticas que aquejan a sus sociedades.


Una veintena de investigadores adscritos a las distintas dependencias de la Coordinación Nacional de Antropología (CNAN) se abocaron durante dos días, el 31 de enero y el 1 de febrero, a discernir los aportes, realizar un balance y establecer algunos de los retos que ésta enfrenta al interior de la institución, y la pertinencia que tiene hoy más que nunca para una administración pública federal que busca priorizar y atender los rezagos socioeconómicos, políticos y culturales de la población mexicana menos favorecida.


Al presidir el Foro 80 años de antropología en el INAH: aportes, balance y retos, María Elisa Velázquez, titular de la CNAN, enfatizó que a lo largo de 80 años las distintas disciplinas y metodologías de la antropología en el INAH han sido trabajadas por casi 400 antropólogos. La antropología física, la etnohistoria, la antropología social, la etnografía y la lingüística “han nutrido los estudios sobre el patrimonio cultural y han tenido incidencia en diversas políticas públicas que atañen a la sociedad, principalmente a los pueblos indígenas y afromexicanos”.


Sobre esta última disciplina, la lingüística, la investigadora Susana Cuevas recordó que dicha sección se creó con sólo tres expertos: María Cristina Álvarez Lomelí, Roberto Escalante y Leonardo Manrique, cifra que se ha septuplicado en 50 años, hoy congrega a 22 profesionales. Por esta institución han pasado reconocidos lingüistas que trabajaron con muchas lenguas mexicanas, algunas ya extintas como la variante pame de Jiliapan, Hidalgo, y el chichimeco-jonaz, “de las que no tendríamos conocimiento sin ese registro acucioso”, dijo.


A 30 años del establecimiento de la Dirección de Lingüística, sus objetivos son claros: registrar, investigar, analizar y divulgar las lenguas nacionales, al mismo tiempo que promover e impulsar entre sus hablantes la adquisición de su escritura, continuar con los adelantos teóricos y metodológicos de las diferentes ramas de la lingüística para proponer nuevas alternativas de estudio, llevar a cabo estudios sobre el español y su relación con las lenguas nacionales, además de investigar el desarrollo de la disciplina en México y a nivel Latinoamérica.


Susana Cuevas apuntó que desde su origen la Dirección de Lingüística ha venido documentando alrededor de 40 lenguas indígenas —como el mixteco y el zapoteco, en sus diversas variantes—, así como español y latín. Sin embargo, este panorama representa “un grano de arena dentro de la cantidad de lenguas que tenemos en el país”, ya que de acuerdo con el catálogo del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas se cuenta con 14 familias lingüísticas y 364 variantes.


Los doctores Josefina Bautista y José Luis Vera revisaron las perspectivas de la antropología física, una disciplina que a decir de este último investigador tiene sus particularidades al “estar a caballo” entre las ciencias sociales y las “ciencias duras”, en concreto la biología, lo que en las últimas décadas ha significado una separación de la “antropología integral” que emergió en los inicios del INAH y bajo la cual se desarrolló.


Esta situación, apuntó Vera Cortés, ex director de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), se nota en la ausencia de categorías analíticas provenientes de la antropología en general, “consecuencia entre otras cosas en los mapas curriculares de lo que podríamos llamar las matrices disciplinares, la manera en que se forman los antropólogos físicos sin mayor interacción con otras metodologías”.


En opinión de Josefina Bautista, investigadora de la Dirección de Antropología Física, los estudios de la misma se han diversificado y ahora abarcan rubros como el comportamiento, la sexualidad, la paleoantropología, la genética de poblaciones, además de campos como la antropología médica, nutrición, primatología, influencia ambiental y el peritaje forense.


Por su parte, Jesús Jáuregui Jiménez advirtió que la llamada “antropología integral” no fue un invento de Franz Boas, quien ha sido considerado el padre de la misma. En realidad —adujo— la disciplina ya estaba consolidada en Alemania, a partir de la tradición legada por los hermanos Wilhem y Alexander von Humboldt desde finales del siglo XVIII e inicios del XIX.


Asimismo, el investigador de la Subdirección de Fonoteca del INAH consideró erróneo que se considere a la antropología llevada a cabo en el INAH como una “antropología de Estado”, la cual realizan “quienes manejan perspectivas teóricas de antropología de Estado (entre otras Mesoamérica) estén dentro o fuera de la institución”. En el INAH, señaló, “tenemos absoluta libertad para manejarnos desde la perspectiva que nos parezca la adecuada científicamente”.


De acuerdo con Jáuregui, el proyecto sobre el Gran Nayar, al que ha dedicado buena parte de su carrera, es paradigmático pues en él confluyen las diversas disciplinas y metodologías de la antropología física, la etnohistoria, la etnografía y la lingüística, lo que comprueba que la “antropología integral” es pertinente y “hay que intentar iniciativas que recuperen esta integración al interior del instituto”.


En el último día del foro académico “80 años de antropología en el INAH”, la etnohistoriadora Patricia Gallardo Arias reflexionó sobre los retos que enfrenta esta disciplina “que a veces parece es historia, y otras antropología”, en virtud de que descubre en los documentos escritos y en los códices pictográficos un pensamiento diferente, así como normas y formas de ser de otras sociedades y culturas.


La especialista de la Dirección de Etnohistoria del INAH enfatizó que el método etnohistórico atiende a una sensibilidad para buscar en archivos, legajos, textos en ocasiones incomprensibles y testimonios que sobrevivieron de épocas remotas, aspectos históricos, sociales, políticos, ideológicos y culturales de los grupos indígenas y también de grupos modernos marginales, en su relación con los demás sectores de la sociedad.


De acuerdo con Patricia Gallardo, entre los desafíos para la disciplina está el que no sea considere como un simple método o técnica de investigación, y sí un campo interdisciplinario que se plantea analizar los procesos de cambio de la sociedad. De ahí que los etnohistoriadores deben proponer conceptos y referentes teóricos sólidos a problemas historiográficos y epistemológicos, que aporten a la antropología en general y a

“Otro reto de la etnohistoria en el contexto actual, es atender y comprometernos con los problemas que enfrenta la sociedad mexicana. Estoy pensando en cuestiones como la migración, las relaciones interétnicas, no son temas del pasado solamente. La discusión de políticas públicas que atañen a las sociedades indígenas, el uso y las conceptualizaciones sobre el territorio, por ejemplo, la importancia de investigar los títulos primordiales de pueblos para evitar el despojo de tierras a los grupos indígenas, es una cuestión de total vigencia”, finalizó.

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  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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