Diversas culturas prehispánicas vinculaban al cocodrilo con la fertilidad, la lluvia y el rayo. Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

*** Las pieles de este animal semiacuático fueron utilizadas como tapetes, cubiertas de trono o vestimentas de dioses, gobernantes, guerreros y sacerdotes

 

*** Diversas culturas prehispánicas vinculaban al cocodrilo con la fertilidad, la lluvia y el rayo


 

 

Para los antiguos pueblos mesoamericanos, el cocodrilo formó parte de sus creencias, símbolos y rituales. Los nahuas lo llamaban acuetzpalin y lo vinculaban con la fertilidad, la lluvia, el rayo y el agua. Su cuerpo cubierto de protuberancias era una analogía de la superficie terrestre, mientras que su hocico representaba una cueva que asociaban con el umbral al inframundo. 

 

En numerosas representaciones prehispánicas se observan personajes con  vestimentas de cocodrilo: trajes completos, capas, máscaras, yelmos y tocados. Las deidades que presentaban elementos alusivos al cocodrilo como parte de su indumentaria eran relacionadas con el simbolismo acuático, la fertilidad, la tierra, la creación y la muerte. El más representativo fue Tláloc, quien portaba un yelmo y con frecuencia estaba ataviado con piel de reptil, pero no sólo los antiguos dioses eran cubiertos con esta dermis, también fue utilizada por dignatarios, jugadores de pelota y danzantes.

 

“La importancia de este animal semiacuático fue de tal trascendencia para el pueblo tenochca que incluso fue dispuesto en los depósitos rituales del Recinto Sagrado del Templo Mayor, donde los sacerdotes tuvieron el cuidado de acomodarlos con una posición determinada, junto con felinos, serpientes y caparazones de tortuga, en clara referencia al nivel terrestre del cosmos mexica”, detalló la arqueóloga Erika Robles Cortés, integrante del Proyecto Templo Mayor.

 

En su investigación sobre las pieles de cocodrilo encontradas en las ofrendas del Templo Mayor, la experta del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) detalla que el recinto sagrado no es el único sitio donde se han identificado restos de lo que alguna vez fueron pieles de este tipo de reptiles, toda vez que se han registrado en diversos lugares, como el Valle de Oaxaca, donde el arqueólogo norteamericano, Kent Flannery, recuperó una mandíbula y propuso que probablemente fue usada como disfraz.

 

Otro objeto similar se localizó en el Altar de los Sacrificios, Guatemala. Se trata de un fragmento de una mandíbula perforada con una ranura que fue interpretada por Stanley Olsen como parte de un traje.

 

Sobre las ofrendas excavadas en el Templo Mayor a finales de los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado, Erika Robles dijo que después de analizar los restos se lograron cuantificar 20 individuos y ocho dientes de reptil distribuidos en 11 depósitos rituales y un entierro. “Una ofrenda corresponde al gobierno de Moctezuma (1440- 1469), y las demás al de Axayácatl (1469 -1481)”.

 

Abundó que dos cocodrilos estaban completos y los 18 restantes fueron sometidos a complejos tratamientos para conservar su piel.

 

Asimismo, de las 13 especies que habitan en la República Mexicana, sólo dos fueron encontradas en las ofrendas tenochcas. “Hasta el momento se han identificado seis cocodrilos moreletii, también conocidos como de pantano, y cuatro acutus o de río; once eran adultos, seis subadultos y tres juveniles. El más pequeño media aproximadamente 70 cm y el más grande casi dos metros de longitud”.

 

La arqueóloga precisó que los cocodrilos, como la mayoría de los animales depositados en las ofrendas del recinto sagrado, no eran autóctonos, “probablemente llegaron a Tenochtitlan desde regiones del Pacífico y del Atlántico, posiblemente lo que hoy son los estados de Veracruz, Tabasco, Campeche, Chiapas, Oaxaca o Guerrero”.

 

Explicó que para su traslado a Tenochtitlan, los antiguos pobladores debieron recorrer largas distancias a pie a través de territorios accidentados desde las remotas zonas tropicales hasta el centro de México, por lo que es factible pensar que los más grandes fueron sacrificados en su lugar de origen y sólo trasladaron las pieles.

 

“Los de menor tamaño seguramente llegaron vivos a la capital azteca, donde fueron confinados al vivario de la ciudad, conocido comúnmente como el zoológico de Moctezuma, donde eran resguardados hasta que hacían uso de ellos”, apuntó.

 

Antes de depositar los restos de los cocodrilos en las ofrendas les realizaban modificaciones, por ejemplo, los dientes eran perforados para integrar un sartal.

 

“El hallazgo de algunos huesos con huellas de corte fueron clave para entender la forma en la que se trabajaron las pieles. Los animales debieron ser desollados y descarnados, y posiblemente se aplicaron sustancias para su conservación. Se identificaron cuatro tipos de manufactura: la piel curtida extendida, fragmentos de piel con cráneo y falanges, fracciones de piel y una posible preparación taxidérmica”.

 

De los ejemplares curtidos extendidos se identificaron 12 ejemplares, que conservaban el cráneo, mandíbula, placas dérmicas y falanges, los cuales tenían la apariencia de tapetes. De otro cocodrilo se encontró el cráneo, la mandíbula, placas dérmicas del cuello y parte de una extremidad anterior, cuyo aspecto sería la de una “cabeza trofeo”, cómo los que hoy día decoran las paredes, y que seguramente sirvió como atavío o tocado en las ceremonias rituales.

 

De cuatro ejemplares más se registraron fragmentos de piel, representadas por placas dérmicas. Por último, destaca un posible montaje taxidérmico. A diferencia del resto de los individuos del corpus, esta preparación conserva el atlas y las vértebras caudales, además del cráneo, mandíbulas y falanges.

 

“Sobre las pieles, es posible suponer que antes de ser depositadas en las ofrendas fueron usadas como tapetes, cubiertas de trono o vestimentas de dioses, gobernantes, guerreros o sacerdotes. 

 

Los depósitos rituales que tienen pieles de cocodrilo pueden dividirse en dos tipos: de consagración y funerarias. Quince pieles estaban en nueve depósitos que se consumaron con motivo de la consagración de la Etapa IVb del Templo Mayor de Tenochtitlan, localizadas en las esquinas y ejes principales del edificio, de acuerdo con el arqueólogo Leonardo López Luján.

 

Otros saurios fueron inhumados en una sepultura que correspondía, seguramente, a un personaje importante y fue encontrada en el área sur de dicha edificación mexica, correspondiente al adoratorio dedicado al dios Huizilopochtli, donde se han excavado muchos de los depósitos funerarios, “En estos contextos los cocodrilos posiblemente formaban parte de los atavíos del difunto o representaban el árbol cósmico por el cual transitaban los muertos”, señaló la arqueóloga.

 

La variedad de manufacturas encontradas en los depósitos rituales del Templo Mayor da luz para conocer más del uso, aprovechamiento e importancia ritual de estos animales en la época prehispánica. Cabe destacar el uso ceremonial de los cocodrilos que aún pervive en comunidades de Guerrero, donde es empleado como atavío en celebraciones vinculadas con la fertilidad de la tierra.

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Atención a medios de comunicación

 

  Arturo Méndez

 

Suli Kairos Huerta Figueroa
Directora de Medios de Comunicación

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