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El Programa Nacional de Etnografía, último bastión de la investigación sobre pueblos originarios. Foto Héctor Montaño, INAH.

 

*** En los años setenta del siglo pasado se hicieron las primeras etnografías mexicanas, pero daban una visión homogénea de los pueblos indígenas del país

 

*** El Programa Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas de México del INAH ha permitido verlas en función de sus diferencias y atributos


 

En el marco del Coloquio XX Años de Etnografía Colectiva en el INAH: Reflexiones y Debates, el doctor Saúl Millán, profesor de posgrado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, afirmó que el Programa Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas de México es uno de los últimos bastiones que quedan de la investigación dedicada a los pueblos indígenas de México, ya que es un tema que ha sido abandonado por las nuevas generaciones.

 

El investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ofreció  la conferencia “El porvenir de una ilusión antropología simétrica y estudios etnográficos”, en el Auditorio Jaime Torres Bodet, del Museo Nacional de Antropología, en el marco de la conmemoración de los 20 años del programa que concluyó este viernes.  

 

Saúl Millán, uno de los fundadores de dicha iniciativa, recordó que en los años setenta del siglo pasado se hicieron las primeras etnografías mexicanas, las cuales se habían esforzado en ofrecer una visión sintética del país, sin embargo los estudios monográficos resultaban extremadamente semejantes. 

 

“Las monografías publicadas por el Instituto Nacional Indigenista y que en años recientes reeditó la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas en el rubro de organización social, señalan que entre los amuzgos la base social se encuentra en la familia nuclear y extensa, característica que según los autores comparten con los mixtecos y los chontales, de tal forma que dan una homogeneidad a los distintos grupos étnicos”.

 

Explicó que esas monografías parecían ignorar el análisis antropológico, consistente en distinguir la variación y no en descubrir la uniformidad de las prácticas  culturales, por tanto, ofrecían un panorama empobrecido donde las culturas radicalmente distintas habían sido descritas como similares.

 

La situación cambió en los años noventa, cuando Gloria Artís, hoy directora del Museo Nacional de las Culturas del Mundo, impulsó el Proyecto Nacional de Etnografía de las Regiones Indígenas de México en el Nuevo Milenio, que se transformó en programa.

 

“Varios investigadores pensamos que la antropología nacional podría saldar una deuda con los pueblos indígenas de México, cuya figura había sido desplazada en los estudios realizados en las épocas anteriores. Si esos trabajos habían terminado con definir a estas poblaciones en función de sus carencias y de sus similitudes, el proyecto abría la posibilidad de empezar a concebirla en función de su diferencia y atributos”.

 

La etnografía —prosiguió Saúl Millán— debía ser, como lo habían  señalado Alicia Barabas y Miguel Bartolomé, una estrategia reflexiva que permitiera acercarse a las realidades locales y comprender sus singularidades.

 

Resaltó que el proyecto nació como un programa extenso que intentaba cubrir el mayor número de grupos etnolingüísticos a lo largo del país, su estrategia inicial fue realizar una etnografía intensiva que pusiera al descubierto variaciones significativas, donde otras investigaciones habían señalado planos homogéneos. En síntesis, se trataba de promover una etnografía técnicamente orientada a hacer evidente la diversidad del país y no la unidad cultural que mostraban las investigaciones anteriores.

 

Finalmente, Saúl Millán comentó que el proyecto examinó problemáticas comunes en regiones acotadas y  las líneas de investigación aseguraban un terreno compartido entre los mismos investigadores del proyecto, los resultados consistieron en numerosos estudios regionales que registraban divergencias y similitudes entre grupos históricamente emparentados y unidos en un territorio común, pero también separados por sus propias tradiciones lingüísticas y culturales.

 

Otro de los ponentes en el coloquio fue el doctor Andrés Medina, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien dictó la ponencia La etnografía de las ciudades mexicanas.

 

Expuso que en los últimos cuarenta años las grandes ciudades del país, como Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Ciudad Juárez y la Ciudad de México, han recibido a un gran número de migrantes de los pueblos indígenas, por lo que es fundamental hacer una etnografía que hable de éstos, pero que no sólo sea descriptiva sino que asuma la defensa de sus territorios y tradiciones.

 

Explicó que en el caso de la Ciudad de México se han empezado a elaborar monografías de los pueblos originarios como Milpa Alta, comunidad que rechaza el término indígena porque considera que es discriminatorio, sin embargo, sí se asume como pueblo originario.

 

Andrés Medina añadió que el hecho que las comunidades que conforman las alcaldías de Tláhuac, Xochimilco, Tlalpan y Milpa Alta se asuman como pueblos originarios abre la puerta a un proceso de sensibilización y de recuperación de la memoria histórica, en el que reconocen que sus antecedentes tienen que ver con los asentamientos prehispánicos que ya existían antes de la llegada de los españoles.

 

Finalmente, Luis Miguel Morayta, investigador del Centro INAH Morelos, ofreció la conferencia Aportes del PNERIM a los pueblos originarios de Morelos, en la que sostuvo que el programa logró consolidar la presencia del INAH al interior de la República Mexicana.

 

Antes de los años noventa del siglo pasado, recordó, en Morelos se decía que no había indígenas, ya que los profesores de primaria y secundaria e incluso el gobierno estatal señalaban que en esa zona sólo hubo toltecas, teotihuacanos, tlahuicas y tenochcas, pero esa visión era equivocada, porque se basó en un estudio cerámico de Florencia Müller, en el que hablaba de los tipos cerámicos, mas no de las comunidades existentes.

 

Sin embargo, con el programa se logró enriquecer la mirada que se tenía de los pueblos, y logro aflorar una propuesta de municipios indígenas con territorios discontinuos. “En Morelos no hay una región indígena, lo que tiene es una tradición indígena con grupos asentados en los cuatro puntos cardinales”, concluyó.

 

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