Museo de Guadalupe

Museo de Guadalupe, Zacatecas. Foto: Mauricio Marat, INAH.

 

*** La sociedad novohispana, en su inconsciente colectivo, reunía características de exaltación a la vida y la religión, quería representar y exhibir su fe

 

*** Fue una sociedad afectada por las epidemias, la enfermedad y las catástrofes; los mexicanos de hoy seguimos siendo muy barrocos en la fiesta y las tradiciones


 

 

El pasado barroco se encuentra en todas partes: nuestras calles… nuestra cocina… nuestra música… tradiciones y fiestas. El Claustro de San Francisco huele a incienso que se cuela, espeso, entre los gruesos barrotes de la antigua puerta conventual que conecta a la sacristía del templo. Del otro lado del museo palpita la vida de la comunidad católica de Guadalupe, en Zacatecas, que con un novenario, cohetes y lluvia de campanadas se prepara para la gran fiesta de Asís, el próximo 4 de octubre.

 

En tanto, de este lado, dentro del Museo de Guadalupe pero tres pisos más arriba, ascendiendo por las escaleras gemelas y otra más pequeña y casi escondida, se llega a la ex biblioteca que los franciscanos adaptaron en la parte elevada del edificio “para que el pensamiento estuviera cerca del cielo”. Ahí, la historiadora Lidia Medina Lozano ofrece la conferencia El barroco en Zacatecas, dentro del ciclo académico del 17 Festival Barroco de Guadalupe, celebrado del 25 al 30 de septiembre y coordinado por el historiador Evaristo Robles Escalera.

 

Rodeada de una espléndida colección pictórica de gran formato, plasmada por Juan de Ibarra en el siglo XVIII sobre temas religiosos, y ante un público no especializado pero enamorado de esta corriente del pensamiento, la historiadora explica que el barroco llegó a la Nueva España hacia la segunda mitad del siglo XVII, impulsado por el Papado y la Corona española; aquí fue promovido por los europeos y lo consolidó la población novohispana, en el XVIII.

 

Medina Lozano detalla que para el primer tercio del siglo XVIII ya existía un rico barroco mexicano pues se habían instalado escuelas para la formación de artistas; esto quiere decir que la sociedad novohispana tuvo sus propios escultores, arquitectos y pintores, formados por maestros españoles en escuelas y talleres agrupados en gremios.

 

Pero el barroco no es cosa del pasado, la cultura mexicana fue muy barroca en el siglo XIX y lo sigue siendo, dice la historiadora de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ); desde la alimentación con una gran combinación de sabores, texturas, sensaciones, herencia del mestizaje ―¡No hay nada más barroco para el paladar que un chile en nogada!, y en el sentido de la intensidad a la hora de los festejos que nos conducen a una “algarabía barroca” aún practicada en comunidades y barrios.

 

La sociedad novohispana, en su inconsciente colectivo reunía características de exaltación a la vida, a la religión, continúa la especialista y detalla que además de vivir la fe quería mostrarla, representarla y exhibirla como parte de su vida cotidiana porque siempre estaba afectada por las epidemias, la enfermedad y las catástrofes. Toma las características del barroco para aligerarse simbólicamente: la algarabía, la fiesta, el color.

 

Las fuertes campanadas del novenario irrumpen, de cuando en cuando, la charla. No podemos ignorar el barroco, prosigue la ponente, porque es parte de la construcción del ser nacional, del mexicano; de la construcción de nuestra identidad. No podemos dejar de lado que parte de la cultura mexicana viene de él, enfatiza Medina Lozano.

 

En seguida, la especialista explica que la región más importante del barroco novohispano estuvo en la Ciudad de México, Puebla, Oaxaca y algunos focos del centro-norte de México: San Luis Potosí, Zacatecas, Saltillo y Chihuahua, y advierte que el barroco novohispano debe entenderse no sólo a partir de sus diferentes expresiones plásticas, sino por su diversidad regional.

 

En tal contexto, dice, la ciudad de Puebla es la más importante porque en ella hubo mayor producción arquitectónica, pictórica y escultórica, así como gran cantidad de talleres. Ahí se instalaron las diferentes fábricas de cerámica mayólica (talavera de Puebla), elemento que se introdujo como ornamento en fachadas, cúpulas y columnas, dando al barroco mexicano un toque que lo distingue del europeo.

 

En Tlaxcala, en lugar de talavera se usó el estuco, otro elemento ornamental que podía ser blanco o de colores: una argamasa para pintar. En la Ciudad de México unieron estos dos elementos ornamentales junto con su propio material: la cantera.

 

Para el caso del norte de México, explica, la ornamentación es sobria pero importante por la monumentalidad de sus fachadas y frontispicios; hay que recordar que se trata de ciudades mineras, donde hubo una gran inversión económica para la construcción de templos, capillas, parroquias y conventos.

 

Medina Lozano también se refiere a la crítica del barroco novohispano que la considera menor respecto al europeo: italiano, francés y de los Países Bajos, advirtiéndolo como una reproducción fiel; sin embargo, dice, la riqueza del barroco mexicano estriba en que la formación de los artistas fue dentro de una sociedad criolla, con participación de mestizos, indígenas y mulatos que tenían su propio significado cultural que enriqueció su producción.

 

Un ejemplo es el gran colorido de la pintura novohispana: a pesar de que llegó de Flandes, aquí se trabajó con materiales naturales propios, como la cochinilla o baba de nopal, para el fresco de los conventos. Los artistas novohispanos experimentaron y crearon pigmentos, aglutinantes y argamasas.

 

La arquitectura, si bien retoma modelos europeos da sus propios matices, a partir de un diálogo entre el artista, el artesano y la copia europea, dice la historiadora. “Entonces sí va haber diferencias, no copias: por ejemplo, las columnas estípites revestidas de mayólica solo se ven aquí en México”.

 

En la escultura nace una riqueza simbólica derivada del comercio con Oriente. Los artistas tuvieron inspiración de ultramar y el comercio ultramarino prácticamente cruzó las rutas del interior de la Nueva España. Otro ejemplo son los cristos de pasta de caña, un material de la región, derivado de la tierra.

 

De nuevo en la planta baja del Museo de Guadalupe. La Sala de Exposiciones Temporales se ha convertido por seis días en la sala de conciertos del festival barroco: ya han pasado por aquí la voz privilegiada de la mezzosoprano de origen cubano, Solanye Caignet Lima, con sus Roles travestidos, en compañía del pianista Aarón Jaimez; la Camerata de la Ciudad de Zacatecas integrada por 15 jóvenes, que en cuatro años de trayectoria ha logrado posicionarse en el gusto del público, ya cautivo y fiel a sus presentaciones, y el ensamble de guitarras Kanari.

 

A pesar de que la música barroca es complicada para ejecutarse, también es uno de los géneros que más gusta y se disfruta. México, en especial, está muy ligado a ella por sus raíces virreinales, comenta el músico Daniel Escoto Villalobos, director de Kanari, quien advierte que la música mexicana tiene una gran influencia barroca. Como mejor ejemplo cita el mariachi.

 

Todos los ejecutantes de mariachi que en algún momento han ido a estudiar a Europa sorprenden porque pueden tocar muy bien la música barroca, dice el guitarrista; comenta que tampoco es raro que muchos de los grandes maestros de música antigua a nivel internacional sean mexicanos, como Javier Hinojosa, de raíces en Jerez, Zacatecas.

 

Javier Hinojosa es autoridad mundial de música antigua, agrega Escoto Villalobos, intérpretes de toda Europa lo han buscado para que les dé clases; otro personaje con gran reconocimiento es Horacio Franco, en la flauta de pico. “Porque el barroco está vivo en nuestra cultura, nos es natural”.

 

Y aún falta… una gran sorpresa del 17 Festival pondrá de fiesta a todos los sentidos: el Buffet Barroco que este fin de semana, sábado 29 y domingo 30, ofrecerá la Universidad de la Vera Cruz donde la carrera de gastronomía ha tenido resultados excepcionales, dice su rector, el ingeniero Carlos López Aranda.

 

El buffet dará oportunidad a los estudiantes de mostrar lo que han aprendido porque los alimentos serán preparados por ellos, bajo la supervisión de sus instructores, los chef Miguel Quezada, reconocido a nivel internacional, especialmente por la cadena culinaria de Francia; Francisco Mora y Gibrán Duarte, quienes participan con el prestigiado restaurante La Casa de Francia, dice su rector.

 

Para abrir el apetito por los sabores barrocos López Aranda adelantó algunos platillos de esta fiesta gastronómica que comenzará con ensalada de lentejas, arroz blanco con plátano frito, fideo seco acompañado con chile pasilla. Los platos fuertes: chile en nogada, de los mejores de México. Muslo de pollo agridulce, preparado con una salsa de frutos secos, tradicionales del virreinato; lomo de cerdo en salsa de cebolla y piñón; manitas de cerdo deshuesada rellenas de perejil y un toque secreto…

 

Los postres: tradicional torta de elote aderezada con salsa de chocolate especial, ¡cómo las que se servían en la época conventual!; tamales de arroz rellenos de pasas y frutos secos y volteado de piña. Y como maridaje y mortaja del cielo bajan: habrá vino tinto. También aguas frescas de sabores y el café de olla será encargado de cerrar este concierto al paladar.

 

El buffet se servirá en los jardines frente al museo, en una ambientación del siglo XVIII e invita a seguir disfrutando nuestra identidad barroca por dos días más.

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