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Museo de Guadalupe

En el Festival Barroco presentan dos talleres, con actividades matutinas y vespertinas, dirigidos a niños de diferentes niveles escolares. Foto INAH-Zacatecas.

 

*** Público desde los tres años de edad tiene acceso a esta corriente del pensamiento y de las artes, a través de la labor del Museo de Guadalupe

 

*** Todas las mañanas del festival hay teatro, música y divertidos talleres exclusivos para niños y adolescentes; serán más de 50 actividades


 

 

Frente al Patio de la Cocina, un angosto pasillo se cruza con otro más largo en cuyos muros están dispuestos grandes bastidores para colocar piezas de rompecabezas de gran formato, los visitantes arman las imágenes reproducidas de pinturas novohispanas que salas arriba exhibe el museo, para así completar otra exposición: la interactiva que dialoga con el público y permite “tocar” las piezas.

 

Por aquel pasillo se entra a los salones de ExpresArte, la Sala Lúdica del Museo de Guadalupe, ubicado en el municipio del mismo nombre, en Zacatecas, donde del 25 al 30 de septiembre se celebra el 17 Festival Barroco de Guadalupe, con más de 50 actividades para niños, adolescentes y sus familias.

 

Antes de las nueve de la mañana, el Departamento de Comunicación Educativa ya se encuentra preparando materiales didácticos para recibir a grupos escolares simultáneos. Es el área de todo el museo con más cantidad de personas trabajando. En el festival barroco presentan dos talleres, con actividades matutinas y vespertinas, dirigidos a niños de diferentes niveles escolares —desde maternal hasta secundaria— y en concordancia con el programa educativo de la Secretaría de Educación Pública.

 

Los de maternal (de tres a cinco años de edad) entran al teatro de sombras a escuchan las historias de Julia Robles, la única cuentacuentos en Zacatecas que atiende estas edades tan tempranas, lo que significa un gran reto, afirma la actriz de formación que actualmente dirige el grupo teatral Guía Nocturna.

 

“¿No importa qué se trate de cuentos de brujas?... ¿No importa que se trate de cuentos de monjes y fantasmas?” Pregunta Julia con un matiz de misterio que en seguida despierta el interés de los más pequeños, quienes con cara de asustados responden al reto con un ¡Noooo! y se preparan a escuchar.

 

Julia Robles dice directa que trabajar para los niños de maternal es muy difícil porque cuesta ganar su atención durante un tiempo prolongado. La acción debe ser sumamente lúdica, provocarlos para que sientan texturas y perciban olores, sonidos, formas; El espectáculo es muy sensorial y lleva más juego que el preparado para grupos de mayor edad.

 

En cambio, explica, el cuentacuentos es narrativo. Los niños de segundo y tercero de primaria permiten que el trabajo sea más literario porque su imaginación ya se está desarrollando; mientras los más pequeños quieren ver, tocar, buscan referencias de las cosas y las personas.

 

La actriz, quien lleva más de 16 años contando cuentos y ha participado en el festival barroco de manera ininterrumpida, comenta que por medio de la lectura y de contar historias, los niños resuelven cosas importantes para ellos y aprenden valores como la igualdad y a enfrentar un problema, que en los de edad maternal puede ser tan simple como comer o ir al baño. Los cuentos también fomentan la autoestima y la concentración para en el futuro desarrollar otras cosas.

 

Motivados por Julia Robles, los niños de preescolar se convierten en conejos y saltan y saltan; lloran como la flor que se seca porque la nube grosera no quiere darle agua, y revientan burbujas de jabón. También galopan con sus pies como aquel hombre que andaba y andaba a caballo, igual que los antiguos misioneros que colonizaron el norte. Así se pasaron 40 minutos de espectáculo sin que a los pequeños les molestara el tiempo.

 

Cerca de la puerta que conduce al Coro, niños más grandes, de tercero de primaria, observan atentos las tazas de cerámica amarilla del siglo XVIII y XIX, elaboradas en Aguascalientes y Puebla, en las que los habitantes del antiguo colegio franciscano tomaban chocolate y hoy forman parte de la colección de enceres del ajuar doméstico conventual.

 

El historiador Evaristo Robles Escalera, curador del Museo de Guadalupe comenta que la colección del recinto se compone por alrededor de 10 mil piezas. El tema del festival barroco siempre es el Museo de Guadalupe y sus acervos; los talleres se planean para que la gente se identifique con este patrimonio, explica.

 

“Las tazas chocolateras forman parte de la vida cotidiana de los religiosos: los tratadistas prohibían a la gente el consumo excesivo de chocolate, pero en el colegio, los misioneros lo bebían tres veces al día y tenían muchas formas de prepararlo: dulce, salado, espeso, ligero, perfumado con canela, pimienta... En el colegio siempre había un chocolatero de oficio que era el encargado de preparar la bebida, en un espacio específico: la chocolatería, ubicada donde hoy está la cafetería del museo”.

 

Los libros de cuentas de los religiosos nos han permitido abrir un guión curatorial para contarle a la gente estas historias, explica Evaristo Robles, y agrega que sólo con el chocolate, los misioneros de Guadalupe resistían los fuertes fríos invernales de Zacatecas y se cargaban de energía para emprender sus largas caminatas para evangelizar el norte.

 

El otro tema planeado para los talleres del festival fue el de las marcas de fuego en los encuadernados. El Colegio de Propaganda Fide, hoy Museo de Guadalupe, contaba con varias bibliotecas: la Librería Guadalupana, grande o común; la del noviciado y la de cada fraile. En total llegaron a reunir más de 30 mil volúmenes. Actualmente, el recinto museológico exhibe más de nueve mil 500 ejemplares que en su mayoría fueron adquiridos por los franciscanos en el siglo XIX, en el periodo que siguió al enclaustramiento, comenta Robles Escalera.

 

La colección hoy está resguardada tras sendos cristales que la protegen. El taller inicia con un recorrido por tal biblioteca en el que el curador refiere que se ha descubierto que los intelectuales del colegio elaboraron libros: “Era un trabajo manual: desde escribir cada página con tinta china en papel de algodón, empastar, hacer los nervios, cocerlos; cortar el cuero y curtirlo para las pastas. Al final les ponían sus marcas de fuego. Este taller quiere rescatar esa labor artesanal”.

 

Ya en el área de ExpresArte escapa un olor a pintura fresca. En los muros están colgados retratos de personajes virreinales con indumentaria de la época pero en lugar de rostro tienen un espejo: los visitantes juegan con sus reflejos, luego reciben los materiales de manos de talleristas, unos para elaborar sus propios sellos de fuego, y otros, réplicas en barro de tazas chocolateras para que las decoren.

 

En el auditorio del museo, la compañía de teatro La Corte de Los Milagros divierte a un grupo numeroso de adolescentes de secundaria con un espectáculo basado en los Entremeses de Lope de Rueda, en el que tres cómicos reciben a los estudiantes a manera de corral de comedias.  Karla Ríos, su directora comenta que escogieron dos entremeses: La tierra de Jauja y La carátula, basándose en la simpleza de la situación, por sus personajes bien definidos y porque se prestan para la comedia, la picardía, y eso divierte al público joven al tiempo que le deja una crítica al contexto social respecto al robo, el engaño, la burla, el hecho de timar a otros.

 

Estela Fonseca Rodríguez, gestor cultural del Museo de Guadalupe, imparte otro taller dirigido a adolescentes. Se trata de una actividad creada en la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), cuyo objetivo es inculcarles el interés por la conservación de los monumentos históricos.

 

Fonseca Rodríguez atiende públicos de sexto de primaria a tercero de secundaria. A través de juegos como memoramas y serpiente y escaleras, en el taller se identifican las partes arquitectónicas de los edificios históricos, así como los elementos que los dañan; da a conocer las medidas que existen para su conservación, lo que se puede hacer cuando uno se encuentre con un monumento dañado. También explica el trabajo que realiza el INAH y les informa que es ésta la institución a la que deben avisar si ven algo mal en un edificio antiguo.

 

La música va con quien la quiera y con quien la toque, y contrario a lo que sucede con los cuentos, la “culta” llega más fácil a los niños, Daniel Escoto Villalobos, director del ensamble de guitarras Kanari, así lo explica: “Es más fácil interesar al público infantil que a los adultos, todo radica en encontrar su punto de interés, porque los mayores tienen paradigmas intocables”.

 

Kanari presentó en el segundo día del 17 Festival Barroco de Guadalupe, un concierto interactivo, es decir, en el que la gente participa con los músicos, detalla Escoto Villalobos y explica que este tipo de conciertos tienen una dinámica para despertar el interés del público por la música que escucha durante el mismo, así como mecanismos para que el músico se acerque al auditorio.

 

“A veces me sorprende cómo reaccionan los niños —dice el guitarrista—, al final se acercan, me dicen que estaban muy emocionados y que les gustó mucho. Eso para mí vale oro”. Kanari ha preparado programas para contrarrestar la violencia y para públicos con poca accesibilidad al arte, que ha presentado en todos los municipios de Zacatecas. Su director explica que el repertorio se elige según las edades, porque no para todos los públicos es igual toda la música. Con estos conciertos el ensamble difunde también la investigación que hacen los guitarristas y músicos para formar nuevos públicos.

 

Al final del concierto, los niños de entre 8 y 9 años de edad se le acercan para conseguir uno de los discos que está regalando, los últimos se tienen que conformar con la fotografía del grupo, pero todos reciben la atención del director que les contesta sus inquietudes.

 

Así son todas las mañanas del Festival Barroco en el Museo de Guadalupe, en Zacatecas, donde la consigna es sembrar la semilla del barroco y sí, formar nuevas generaciones de público, y por qué no, de historiadores o intérpretes: actores, músicos o quizá poetas.

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