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Batalla de Churubusco
Después de su serie sobre balnearios, Cohen se dedicó exclusivamente al trabajo en estudio .Foto Melitón Tapia INAH.

 

 

*** La fotógrafa hace alquimia de sus emociones, crea imágenes en las que la composición formal revela simultáneamente estados de la materia y del alma

 

*** Su obra ha aportado a la reformulación de la fotografía como una forma de arte en sí

 


    

En su estudio fotográfico de interiorismo industrial, Laura Cohen (Ciudad de México, 1956) hace alquimia de sus emociones, crea imágenes en las que la composición formal revela simultáneamente estados de la materia y del alma, artificios para que converjan las formas naturales y las creadas por el ser humano, al igual que la geometría arquitectónica de escala monumental lo hace con objetos de precisión, o un ondulante cuerpo femenino lo hace en el confín de una pecera.

 

Inmersa en las líneas limpias y los colores neutros de su lugar de creación, la artista parece un elemento más de sus juegos compositivos. Ahí, con su aguda mirada azul, evoca momentos clave de su trayectoria por la que este jueves 23 de agosto fue reconocida con la Medalla al Mérito Fotográfico, en el 19° Encuentro Nacional de Fototecas, que se realiza en Pachuca, Hidalgo, Ciudad de Luz y Plata.

 

Su padre era amateur de la fotografía, con una Rolleiflex tomaba retratos familiares que luego revelaba en el cuarto oscuro, mientras ella, apenas una niña de ochos años, permanecía sentada en ese espacio que le parecía otro mundo, un mundo de cielo rojo y aire cargado de químicos: metol, sulfito de sodio, borax. Esa experiencia le creó una familiaridad con el oficio, pero fue en la adolescencia cuando descubrió que podía ser un medio de expresión para su alma artística.

 

Laura Cohen comenta que las lecciones escolares podían tornarse frustrantes para ella por su dislexia, sin embargo, tuvo la fortuna de tomar una clase en la que la poesía debía ser interpretada a través de una imagen fotográfica, “eso me encantó, y de ahí me agarré de la fotografía”. Pero los caminos de la vocación no son siempre en línea recta, como comprobó.

 

A mediados de los años 70 viajó a Estados Unidos para estudiar diseño industrial y fotografía en el Instituto de Diseño en Chicago, donde terminó padeciendo el dibujo técnico, pero valorando los fundamentos de la técnica fotográfica que le enseñaron. En su paso por la carrera de diseño gráfico en la Universidad Autónoma Metropolitana, también se sintió como un pez fuera del agua.

 

El lugar definitivo para su formación lo encontró en la Escuela de Diseño de Rhode Island, en Providence, Nueva York, donde tuvo entre otros maestros a los  ya fallecidos Paul Krot, un excéntrico inventor de productos químicos “que se pintaba el pelo color zanahoria con revelador” y creador de un sistema que en la actualidad suministra a más de 800 cuartos oscuros en escuelas y universidades estadunidenses con químicos y soporte técnico; así como a la renombrada fotógrafa y cineasta Wendy Snyder MacNeil, “con ella teníamos sesiones casi psicoanalíticas, tenía la habilidad de ver nuestras almas a través de nuestras fotografías.

 

“A mi modo de ver, la fotografía ya no es más fotografía, sino un medio de expresión. A partir de la revolución digital, todo el mundo puede tomar una imagen y todo es fotografiable. Eso me empujó a intentar traducir aspectos, elementos que me llaman la atención en la vida cotidiana, abstraerlos desde las emociones y sentimientos, a esa voz bidimensional que es la fotografía.

 

“Cosas que me afectan o son muy profundas, las traduzco desde el imaginario que me he inventado y les doy una imagen”, dice mientras coloca sobre la mesa una secuencia fotográfica: un vapor blanquecino que se escapa ligero, cuadro a cuadro. Para ella es una de alegoría de cómo debe ser el desprendimiento del alma, una idea que vino a su mente a la raíz de la muerte de su padre.

 

Luego de su proyecto dedicado a los balnearios, imágenes en las que el espectador puede recrearse en el diseño abstracto de líneas formado por las sombras de una silla o en las curvaturas de un piso que se confunden con las ondulantes formas de una bañista, Laura Cohen emigró al estudio para yuxtaponer esferas, insectos, instrumentos de dibujo, proyecciones, naturaleza muerta, a las formas culturales que se les semejan.

 

En sus proyectos, una especie de rompecabezas sobre la arquitectura de los seres vivos y objetos inanimados, las extremidades de un escarabajo rinoceronte recuerdan las líneas de un domo geodésico, una palomilla de noche a una bengala encendida, una grillo volador a las aspas de un ventilador, el brazo de un tronco a un as de bastos, un transportador a la silueta piramidal de la Torre Insignia o el curvígrafo a  las líneas paralelas que forman las Torres de Satélite.

 

“Creo en el preciosismo de la fotografía: enfocar, mediar la luz, también por eso sigo haciendo impresiones en papel plata/gelatina. En mi trabajo autoral todo es con película y a veces complemento con digital para perfeccionar la imagen. En la fotografía necesitas tener una idea muy clara de lo que estás buscando, de lo que quieres decir y es a lo que estábamos obligados con la cámara análoga, a escoger”.

 

“Pienso que para crear una técnica fotográfica personal es necesario tener conocimiento de la química perfecta, sólo así se obtiene en la imagen el resultado que quieres. Eso va unido al saber escuchar nuestro interior, con las herramientas necesarias esa voz puede salir y lograr un lenguaje propio”, expresa esta artista que desde su obra ha aportado a la reformulación de la fotografía como una forma de arte en sí.

 

 

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