Javier Hinojosa

 

Javier Hinojosa recibirá la Medalla al Mérito Fotográfico. Foto Melitón Tapia, INAH.

 

*** Por cerca de 50 años ha entrenado la amplitud de la mirada, para extender esos horizontes en el plano bidimensional de la fotografía

 

***Este expedicionario contemporáneo que guarda algo del espíritu de los fotógrafos viajeros del siglo XIX, será distinguido en el 19° Encuentro Nacional de Fototecas


    

 

En la vorágine de la selfie exótica, cuando la osadía humana intenta imponerse en primer plano sobre la naturaleza que de fondo se mantiene impertérrita, las imágenes de Javier Hinojosa (Ciudad de México, 1956) nos devuelven de nuestro absurdo por asir lo inabarcable. Sus imágenes pobladas de cumbres, témpanos, dunas, frondas proyectadas al infinito, cactus que alzan sus pencas en comunión con el cielo, garzas semejantes a un Ícaro amazónico, forman un decálogo que nos demuestra el mundo como principio y fin.

 

 

De vocación viajero —calcula haber recorrido alrededor de 500,000 km., documentando sobre todo Áreas Naturales Protegidas y Reservas de la Biósfera en América Latina—, Javier Hinojosa ha entrenado por más de 40 años la amplitud de la mirada, para extender esos horizontes en el plano bidimensional de la fotografía. Este expedicionario contemporáneo que guarda algo del espíritu de los fotógrafos viajeros del siglo XIX, recibirá la Medalla al Mérito Fotográfico este jueves 23 de agosto, en el 19° Encuentro Nacional de Fototecas, en Pachuca, Hidalgo.

 

Hinojosa no parece habituarse a la vista que tiene frente a su estudio ubicado en Coyoacán, Ciudad de México: altas torres que obstruyen el panorama. Comenta que su relación con la naturaleza surgió en su infancia, durante las largas vacaciones estivales que pasaba en Michoacán junto a su abuelo, en un entorno de vegetación exuberante casi edénico.

 

Desde sus inicios formales en la fotografía, a finales de los años 70 y principios de los 80, su obra ha sido reconocida. Una mención honorífica en la Primera Bienal de Fotografía, y el Premio de Adquisición que obtuvo al lado de Pedro Meyer y Pedro Valtierra, en la tercera edición, parecían marcar un camino alrededor de la experimentación de la imagen. Una senda que se detuvo hacia 1985.

 

“La experimentación mandó en mi trabajo en una primera etapa. Con Gerardo Suter y Lourdes Almeida formamos el Taller de la Luz para hurgar las posibilidades de la fotografía a través de la forma, interviniéndola de forma directa, la pintábamos, la rayábamos; pero también buscamos retomar procesos antiguos como la cianotipia y la goma bicromatada. Nuestra visión fue reconocida por un sector de la crítica que nos brindó oportunidades para exponer en espacios como el Museo de Arte Carrillo Gil.

 

 “El contenido de mis imágenes no estaba aún muy definido, pero sin saber el por qué en muchos momentos acudía a la naturaleza. Hasta mediados de la década del 80 experimenté mucho con la fotografía, y luego vino un periodo de búsqueda que dilató once años”, señala Javier Hinojosa quien por ese entonces impartía clases en la Escuela de Diseño del INBA y realizaba fotografías para libros de arte, un aspecto que ha retomado en su trayectoria para convertir a sus propias publicaciones en una suerte de cuadernos de bitácora.

 

Esa tregua terminó cuando en 1996 tomó un taller de platino-paladio con Julio Galindo y emprendió un proyecto de negativos digitales para procesos antiguos, que se tradujo en una exposición basada en la iconografía religiosa; después vino otra muestra, un “mano a mano” entre su fotografía y la escultura de Javier Marín, intitulada Sueños compartidos.

 

Su colaboración como fotógrafo de cabecera en el Proyecto La Pintura Mural Prehispánica en México, donde experimentó el trabajo en campo durante tres años; y después para la ONG Espacios Naturales y Desarrollo Sustentable que lidera Josef Warman, trazaron su sendero por la fotografía de la naturaleza, del que no se ha desviado en 20 años, en un andar por las Áreas Naturales Protegidas y Reservas de la Biósfera latinoamericanas.

 

La naturaleza vista como un mecanismo de autodefensa

 

De alma inquieta que recuerda el espíritu aventurero de los artistas viajeros del siglo XIX, Javier Hinojosa reconoce que nada puede compararse con las vicisitudes que tuvieron que sortear personajes como Désiré Charnay, Timothy O’Sullivan, Hugo Brehme o Marc Ferrez, ni tampoco pretende dar a sus imágenes un aire bucólico o pictorialista; él concibe su tarea en dos vertientes: “la militancia por la conservación, porque cuidar la naturaleza conlleva nuestra sobrevivencia como humanidad; y el abordaje de la fotografía de la naturaleza desde distintas formas de expresión.

 

“Bien podría hacer fotografía de denuncia, mostrar manchones por tala clandestina o quemazones en bosques y en selvas, etcétera; pero prefiero plantear esta preocupación desde otra perspectiva: me gusta expresar lo hermoso de la naturaleza como un mecanismo de autodefensa”.

 

Como escribe la historiadora del arte Deborah Dorotinsky en el prólogo de un libro que recoge una mínima parte de las fotografías del proyecto Estaciones, “Hinojosa cavila sobre su entorno, no lo convierte en objeto. En el proceso de esa reflexión que parte del espacio, se imbrican emociones, las sensaciones y las representaciones en una forma estética de entender los que nos rodea: de mirar, sentir, pensar y representar”.

 

Los estertores de los volcanes de Fuego y Licancabur, las vaporosas exhalaciones de los géiseres de Sol de Mañana, los abrumadores relieves montañosos del Huayna Potosí, dunas ardientes que obnubilan la mirada en la Zona del Silencio, la fantasmal flora del trópico amazónico, contundentes perfiles de archipiélagos… flotan en planos donde se difuminan los límites del agua, la tierra y el cielo.

 

Incluso en sus fotografías de arquitectura precolombina que han dado lugar a exposiciones y al libro como Mayas: espacios de la memoria y Guardianes del México antiguo, Javier Hinojosa expone a esas montañas construidas que son las pirámides, en su inexpugnable entorno natural: “trato de abstraer detalles, atrapar momentos de luz y sombra que brinden tridimensionalidad a las formas arquitectónicas, con su mezcla de delicadeza y fuerza expresiva.

 

“A lo largo de estos más de 40 años, me ha tocado vivir y experimentar la madurez del lenguaje fotográfico, creo que uno mismo va formando parte en la creación de un nuevo alfabeto de las imágenes. Es un proceso de ida y vuelta. Dejé el laboratorio tradicional de plata gelatina, pero tengo mi laboratorio del siglo XIX con insoladoras y prensas de contacto. Tanto me gusta hacer impresiones digitales de buena calidad, como me fascina estar haciendo cianotipos o platinos. En el caso de la imagen análoga, el contacto con los materiales me produce placer: ver emerger las imágenes, producirlas, reproducirlas, experimentar con ellas”.

 

Como buen viajero, Javier Hinojosa ha ido aligerando el equipaje en sus travesías, que equivalen a siete vueltas a la circunferencia terrestre —hubo un tiempo que llevaba consigo una panorámica 6x17, una análoga 6x9 más una digital—, esos trayectos le han brindado invaluables regalos, como los vuelos de una pareja de cóndores en la cima de la montaña Chacaltaya, en Bolivia; de un quetzal y de una parvada de guacamayas en la selva centroamericana.

 

“La fotografía es una de mis grandes pasiones, no me imagino haciendo otra cosa, me dio la oportunidad de conocer a muchas personas a las que admiro: Jan Hendrix, Mario Luna, Rubén Pax, Manuel Álvarez Bravo, Graciela Iturbide, Carlos Jurado, Rodrigo Moya, Gabriel Figueroa..., y a través de ellas, muchas miradas y formas de interpretación, de profesionalismo y de posicionamiento ante la vida, más allá de lo fotográfico. Así que este reconocimiento es en parte a las vivencias que he acumulado dentro de este oficio, que es un camino de búsquedas”.

 

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