brasero de estilo teotihuacano

Localizan un brasero de estilo teotihuacano, con representaciones de Tláloc, en la Ex Hacienda de Xico. Foto: Melitón Tapia, INAH.

 

*** La magnífica pieza, al igual que el registro de arquitectura vinculada a un grupo de élite venido de la gran metrópoli, refieren que Xico fue un centro urbano

 

*** Al brasero tipo teatro, que se calcula data de 650 d.C., estaban asociados un par de cráneos de infantes


 

 

Por décadas se sostuvo que Xico fue un asentamiento prehispánico tipo aldeano, pero en los últimos años diversos proyectos y salvamentos arqueológicos han removido esta hipótesis para plantear que la isla ubicada al centro del Lago de Texcoco, fue un centro urbano con un complejo sistema político-administrativo. La localización de un magnífico brasero estilo teotihuacano, en terrenos de la Ex Hacienda de Xico, en el Estado de México, es el último descubrimiento que parece confirmar dicha teoría.

 

El área de excavación frente a la casona decimonónica ha resultado particularmente rica en depósitos de carácter ritual vinculados al grupo de la élite teotihuacana que arribó a los cerros del Marqués y de Xico hacia 250-350 d.C., para extender el dominio de la metrópoli en los asentamientos lacustres. A partir de ese momento, en la llamada fase Tlamimilolpa, los teotihuacanos mantuvieron una fuerte presencia en el lugar.

 

Las tareas de salvamento arqueológico que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) realiza desde 2015 en el histórico predio del municipio mexiquense de Valle de Chalco Solidaridad, revelan que mientras los grupos locales tenían sus casas y talleres de trabajo en la ribera, los espacios de habitación y estructuras de orden religioso de la élite se encontraban en un promontorio sobre el que siglos más tarde se desplantó el casco de la hacienda de Iñigo Noriega.

 

El arqueólogo Gustavo Rangel Álvarez, responsable del proyecto de salvamento arqueológico insiste en que en el sector frente a la casona, “es donde hemos identificado la presencia de grupos de élite que controlaban a aquellos asentados al norte, en las inmediaciones del lago. Ahí se localiza un área habitacional de tipo doméstico donde grupos de un estrato menor enterraban a sus muertos de una forma sencilla al interior o exterior de las viviendas, y sostenían a esa minoría mediante la obtención de recursos lacustres que eran tanto para consumo interno como foráneo”.

 

Al frente de la excavación que da a la fachada de la ex hacienda, el arqueólogo Ulises Ortiz Hernández, señala que a lo largo de esta unidad se han registrado una serie de entierros-ofrenda de distintas temporalidades. La localización del incensario se inscribe en este rango de “entierros-ofrenda”.

 

Según explica el especialista, a este tipo de piezas se les denomina braseros tipo teatro y están integrados por la base bicónica, la campana, la chimenea, un personaje central (que podría ser el retrato del individuo fallecido) y un marco con representaciones que flanquean al mismo.

 

La pieza descubierta —que mide aproximadamente 50 cm de alto por 40 cm de ancho— presenta al personaje central custodiado por un par de representaciones de Tláloc, deidad de la lluvia, que luce sus características anteojeras y sostiene su cetro en forma de rayo. Esta escena está enmarcada por una serie de aplicaciones al pastillaje que componen una iconografía alusiva a la fertilidad, elementos que tras su restauración arrojarán datos importantes del contexto funerario al que estaría asociada.

 

El incensario fue depositado para clausurar de manera simbólica una estructura, posiblemente cuando una generación del grupo dirigente, vinculado a Teotihuacan, concluyó un ciclo. Esto, indica el arqueólogo, debió acaecer en la transición de las fases Metepec y Coyotlatelco, alrededor de 650 d.C., lapso en que justamente se dio la caída de la gran urbe del Altiplano.

 

“Es un espacio donde hemos detectado entierros que fueron depositados para emparentarse con sus antecesores, con la élite que llegó desde la fase Tlamimilolpa (hacia 250 d.C.) y sucesivamente con aquellos de los periodos Xolalpan Temprano y Tardío (350-550 d.C.), Metepec y Coyotlatelco. Hay una convivencia de estos tipos cerámicos que dan cuenta del parentesco entre estos grupos de élite.

 

“Mediante los entierros-ofrenda, los teotihuacanos intentan legitimar su poder, en todos los órdenes: religioso, administrativo, político y económico. Por esta razón los elementos cerámicos, entre lo que sobresalen los braseros tipo teatro por su complejidad y belleza, probablemente representan a personajes dirigentes”, señala Ortiz Hernández.

 

Al brasero tipo teatro estaban asociados un par de cráneos de infantes (de entre 1 y 2 años de edad al momento de morir), uno de ellos fue cremado al interior de los cajetes bicónicos, mientras que el otro fue depositado al exterior del incensario. Cabe mencionar que la vinculación de entierros de niños a la deidad de la lluvia ha sido reportada con amplitud tanto en contextos arqueológicos como en las fuentes documentales tempranas.

 

“En época prehispánica los infantes eran considerados puros, de modo que servían de intermediaros entre los seres humanos y las fuerzas creadoras como Tláloc. Otro aspecto interesante, es que el Cerro Xico tiene tránsito visual directo con el Monte Tláloc (ubicado al noreste del sitio), en cuya cima se localiza un adoratorio donde se practicaban rituales destinados a esa deidad prehispánica”, finalizó.

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