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Cestas elaboradas en fibras duras con una estructura de ramas sobre la cual se va tejiendo. Foto Mauricio Marat. INAH.

 

*** Se trata de textiles, cordelería y cestería elaboradas con fibras naturales hace dos mil años, así como la cabeza momificada de una guacamaya

 

*** Es la colección más antigua que ha llegado en los últimos años al Taller de Conservación de Materiales Arqueológicos de la ENCRyM


    


 

El colorido plumaje de una guacamaya bandera, momificada de manera natural en la cueva Avendaños, Chihuahua, será conservado por restauradores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) junto con su cráneo y la amplia variedad de artefactos, elaborados con fibras naturales, materiales vegetales y piel de animales, descubiertos en un contexto, posiblemente mortuorio, de dos mil años de antigüedad.


Los objetos hallados en 2016 por pobladores del ejido de Avendaños, en San Francisco de Borja, Chihuahua, fueron registrados in situ por los arqueólogos de la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México (EAHNM) y trasladados al laboratorio de arqueología de la misma casa de estudios.


Posteriormente, se enviaron a la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) del INAH, donde serán tratados por las manos expertas de Isabel Medina-González, del Taller-Seminario de Conservación de Materiales Arqueológicos, quien advierte que los retos de preservación son muchos, porque se trata de una de las colecciones más antiguas que han ingresado a esta institución educativa.


El primer desafío es lograr que los objetos se conserven otros dos mil años, tal como se encontraron en la cueva: en óptimo estado. Enseguida, la restauradora explica que es sorprendente la conservación del plumaje y la estructura ósea de la guacamaya momificada, cuya conservación sólo se comprende si uno ve los artefactos que la acompañan: una muestra bastante variada de objetos elaborados con materiales orgánicos de gran fragilidad, advierte la restauradora, y enumera:


Carrizo, posiblemente utilizado para la construcción de una estructura de bajareque (antigua arquitectura elaborada con varas entretejidas y unidas con una mezcla de tierra húmeda y carrizo); atados elaborados con pastos locales usados, quizá, como amarres para cargar cosas; cestas elaboradas en fibras duras con una estructura de ramas sobre la cual se va tejiendo, algunas similares a las piezas tradicionales de ciertos pueblos vigentes del norte de México y suroeste de Estados Unidos, lo que va a permitir el estudio de su manufactura.


Asimismo, piel de alguna especie animal aún con pelo, también en excelente estado de conservación y con la manufactura de un atado, ideado para conformar una bolsa o taparrabo; un fragmento de textil que pudo formar parte de la envoltura de los fardos, aún flexible y en el que están involucrados dos tipos de hilo de distinta coloración: uno café y otro claro, lo que da muestra del grado de conservación e invita al estudio de posibles tintes.


También, elementos que mezclan cordelería, fibras y lana animal, aún no identificados pero que posiblemente son atados de pelo, similares a los hallados en la cueva de La Candelaria, un sitio funerario muy antiguo e importante de Coahuila.


De acuerdo con Medina-González se trata de una colección interesante por la variedad de elementos que la componen, y porque existe un contexto que permite identificar diferentes técnicas de manufactura de distintos materiales y por su estado de conservación excepcional, a pesar de su antigüedad. La restauradora explica que en la cueva Avendaños hubo condiciones de conservación propicias para que esta variedad de elementos pudieran llegar hasta nosotros.


Las cuevas secas son sitios que hacen posible la preservación de elementos manufacturados con materiales sumamente frágiles al paso del tiempo, incluso la momificación natural. Sin embargo, no son contextos comunes, se han hallado en una región particular del país: el norte, donde la arqueología no ha sido tan intensiva como en el centro o el área maya, por lo que su estudio siempre es un privilegio, oportunidad única y reto para entender muchas dinámicas culturales y tecnológicas, advierte la especialista.


En colaboración con el proyecto de investigación arqueológica de cueva Avendaños, realizado por la EAHNM, bajo la dirección de Emiliano Gallaga Murrieta, el proceso de conservación se realiza desde que los materiales fueron recuperados por los arqueólogos. Medina-González explica que una vez hecho el rescate, se trasladó a Chihuahua para un primer dictamen del estado de conservación de los objetos:


“La mayoría de las alteraciones son del orden físico-mecánico, es decir, en relación con fuerzas de tensión, procesos de pérdida de humedad y desecación, que en el caso de la guacamaya permitió su momificación, pero en las cestas está generando fragilidad, principalmente pérdida de forma que en algunos casos no permite entender cómo era el artefacto originalmente.


“Asimismo, hay procesos de fragmentación, como en el textil, relacionados con sus dobleces, y hay elementos con ataques de sustancias orgánicas, aunque no así de insectos o roedores para quienes este tipo de materiales resultan muy atractivos”.


Isabel Medina-González explica que hasta el momento, el proceso de estabilización ha consistido en mantener sin alteraciones el estado de humedad y en preservar la forma de cada objeto, evitando más dobleces, para lo cual se elaboró un embalaje especial: cajas herméticas dentro de bolsas con silicagel, agujeradas y una cubierta con tylex, material sintético que no genera rayones y permite “respirar” a los objetos. En esas condiciones deberán permanecer todos los elementos por un tiempo hasta que se estabilicen ante alteraciones sufridas por el cambio de abrigo.


La colección ya se encuentra en la ENCRyM, donde el equipo de restauración iniciará la segunda etapa del proceso, que es la observación de cada elemento y su estudio tecnológico y de materiales para conocer cómo se hicieron; así como de qué tipo de flora y fauna se valieron las antiguas poblaciones para manufacturarlos, con el fin de proponer procesos de restauración.


En lo que se refiere a la técnica de elaboración de las cestas, Medina-González encuentra muchas similitudes con las que aún hacen pueblos indígenas del norte de México y suroeste de EU, por lo que plantea un estudio profundo de la técnica de manufactura que permitiría enlazar la supervivencia de técnicas, desde periodos muy tempranos, a través la arqueología y etnografía.


En tanto, el análisis de las fibras elaboradas con diferentes materiales permitiría hacer reconstrucción de paleoambientes: por la cantidad de fibras y restos vegetales se podría conocer la ecología y los recursos que aprovecharon los grupos humanos hace dos mil años.


Para el análisis y conocimiento de las piezas, Isabel Medina-González se ha propuesto conformar un equipo multi e interdisciplinario, integrado por biólogos, botánicos, arqueozoólogos, químicos y especialistas que estudian materialidad a nivel microscopia óptica y electrónica de barrido, que se sumarán a los restauradores y arqueólogos con amplia experiencia en el estudio de cuevas y en la arqueología del norte de México.


Ya establecido el método de restauración y conservación, el proceso continuará con la limpieza y tratamiento de restauración y conservación de cada elemento, así como la elaboración de los embalajes definitivos.

 

 

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