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Los ritmos y los bailes de los sones mexicanos muestran una clara influencia negra

Cualquier mexicano conoce las dos raíces del mestizaje que conformó la nación: Las culturas prehispánicas, originarias de la región conocida como Mesoamérica, y la actual España, cuyos aventureros lograron conquistar este territorio. Tal es, al menos, la versión general que conoce la mayoría de los mexicanos desde la educación básica.

 

Sin embargo difícilmente podrá hablar o al menos imaginar lo que Gonzalo Aguirre Beltrán bautizó como la tercera raíz, es decir, la influencia de la raza negra que, pese a no resultarnos tan visible en la actualidad, está presente como parte integral de la cultura mexicana.

 

Localidades que hasta la actualidad poseen nombres africanos como Mandinga, Yanga o Mocambo en Veracruz. Sones jarochos como el Toro Zacamandú, La Bamba o Chuchumbé. Ritmos y músicas que bailamos y disfrutamos, como el tango, el cha cha chá, el danzón, el merengue, la rumba o los diversos sones mexicanos. Los zapateados en tarima sobre ritmos del occidente africano. Todos ellos son muestras irrefutables de la influencia negra en la cultura mexicana.

 

Y en Argentina ocurrió un fenómeno similar. Aunque durante el siglo XIX se insistió en que la población negra había descendido misteriosamente y que la población argentina provenía mayoritariamente de europeos y de algunos indios, la verdad es otra e incluso su música nacional, el tango, tiene su origen en una palabra africana.

 

Estos temas formaron parte del III Coloquio Africanías. Africanos y afrodescendientes en la historia de Argentina y Latinoamérica que se efectuó el viernes 7 de septiembre en el auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología e Historia como parte de la XIX Feria del Libro de Antropología e Historia.

 

La presencia de la raza negra en México no es tan visible como en otros países del Caribe y América Latina, como Cuba, Venezuela, Panamá, Belice o Brasil, donde su fuerte presencia resulta evidente y clara. La menor presencia de esclavos negros en México, que se mezclaron con las otras razas que poblaban el país, sin embargo, muestra su influencia directa en la música y en la danza, planteó Yolanda Juárez, investigadora de la Universidad Veracruzana.

 

Los bailes sobre plataformas de madera, por ejemplo, son una característica de ciertas regiones de África que se puede hallar en México, desde el Golfo, donde se realiza el son de tarima, hasta la costa del Pacífico; pero especialmente en esta última región se baila sobre troncos de madera de una sola pieza llamados artesa, lo que es común en un área que va desde Baja California hasta Chile, donde se baila sobre estos instrumentos músico-coreográficos que sólo en la región guerrerense tienen forma animal, planteó el investigador Carlos Ruiz, de la Fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia

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La instrumentación de este género, prosiguió el etnomusicólogo, con violín, guitarra o jarana y cajón con membrana de cuero tocado con una baqueta y la mano desnuda, recuerda la dotación usual en la región de Senegambia, que se compone de un laúd frotado, de un laúd rasgado y media calabaza percutida con un palito y la mano desnuda.

 

Otro ejemplo es la kora, ese instrumento de varias cuerdas de uso general en el occidente de África, que mantiene una gran correspondencia, en principios de ejecución y tímbrica con el arpa novohispana, que justamente fue la que sería adoptada por la mayoría de los géneros del son mexicano, desde el jarocho hasta el mariachi. Se preserva en el son de Arpa Grande y otros, el cacheteo, es decir, palmotear rítmicamente el arpa, lo cual también es influencia del continente negro.

 

Empero, no ha habido todavía un recuento de los estudios dedicados a estudiar la influencia negra en la música mexicana, ni existe un balance de lo realizado hasta a la fecha, alertó el investigador, para quien, curiosamente, Veracruz, que tuvo más contacto con España, preserva más los ritmos africanos que la Costa Chica , pese a que se mantuvo más aislada.

 

La construcción del concepto de nación en Argentina, alrededor de 1880, blanqueó su origen borrando la existencia de los negros. Para esas fechas, en que se supone que aún había una gran población negra, existían una veintena de periódicos de negros que fueron los primeros en abordar el tema comunista en el país y en ellos se encuentra una gran cantidad de información despreciada sobre el tango, centenas de letras de tangos, habaneras y milongas.

 

Incluso la palabra tango es de matriz sociocultural asociada a la población negra, planteó, por su parte, Norberto Pablo Cirio, investigador del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega de la nación austral.

 

La resistencia cultural del pueblo negro, desembocó en las denuncias y persecución emprendida por eclesiásticos y autoridades gubernamentales que señalaron los bailes de negros, como los areitos, que se realizaban los días de fiesta y tras la prohibición, en barrios extramuros como La Huaca, la Merced o el Coco, que concentraban a la población mulata y negra, dijo Yolanda Juárez, doctora en estudios literarios por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

 

La prueba de la importancia musical negra, prosiguió, es que varias crónicas de la época relatan que en la plaza del mercado de Veracruz se incluía de manera importante la venta de instrumentos musicales que adquirían los vaqueros para acompañarse en las largas travesías o en las labores del campo. Sones como el Toro viejo y el Toro nuevo, fueron denunciados ante la Inquisición como bailes profanos y libertinos, así como los versos del Chuchumbé, que se preservaron en los archivos de esa institución gracias a su prohibición.

 

Uno de los problemas es que existían tres conceptos diferentes de la esclavitud en Mesoamérica, en Europa y en África. A cambio, en la Nueva España se comenzó a transformar adaptado a las nuevas circunstancias, por ejemplo, no se permitía tan fácil que un esclavo obtuviera la libertad al casarse con una mujer libre, explico Juan Manuel de la Serna del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM.

 

Además, en la Nueva España había una gran diferencia para obtener la libertad de un esclavo entre el ámbito urbano y el rural. En las ciudades, añade el doctor en historia, eran prácticas comunes las herencias, los juicios y la compra de la libertad personal o de los seres queridos llamada dádiva graciosa, mientras que en el campo, aunque se conocía la legislación que permitía dichas prácticas, les resultaban inaccesibles.

 

“En el siglo XVI y XVII, el precio de un esclavo normal era de entre 250 y 300 pesos, lo mismo que costaba una casa en un pueblo importante, cuando ellos podían ganar alrededor de ocho pesos mensuales, por lo que requerían de una estrategia de acumulación de muchos años para conseguir la manumisión de uno de ellos”.

El caso de uno de los más afamados pintores novohispanos, Juan Correa es emblemático. Siendo un mulato libre y maestro de pintura en el Sagrario Metropolitano, era incluso dueño de una esclava, y con su obra logró juntar dinero para comprar la libertad de su cuñada y su hijo, lo cual habla de lo complejo del fenómeno, propuso por su parte María Elisa Vázquez, estudiosa de la afromexicanidad y moderadora.

 

La décimo novena versión de la Feria del Libro de Antropología e Historia, que tiene en Argentina a su país invitado, continuará hasta el 16 de septiembre de 2007 en el Museo Nacional de Antropología e Historia, sito en Paseo de la Reforma sin número esquina Gandhi en la ciudad de México.