Imprimir

Correspondencia amorosa entre religiosos novohispanos del siglo XVIII

“Querida, ¿dónde estás prenda, cielo de mis pensamientos? ¿A dónde que no persives (sic) mis suspiros y mis lamentos? Con esto me volví a mi antiguo penar y me quedé como los judíos esperando el Mesías…”, así comienza una carta que el fraile franciscano José Ignacio Troncoso dirigió a la monja clarisa María de Paula de la Santísima Trinidad. Fue escrita entre junio de 1797 y el 20 de marzo de 1798, fecha en la que el religioso se autodenunció ante el Tribunal del Santo Oficio.
 
Los detalles de esta relación amorosa ilícita fueron expuestos por Jorge René González Marmolejo, doctor en antropología e investigador adscrito a la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en su charla Amor y desamor en las órdenes religiosas con la que cerró el ciclo sobre “Aspectos de la vida cotidiana del siglo XVIII novohispano”.
 
Como parte de su más amplia investigación sobre la sexualidad del clero de la Nueva España, González Marmolejo resaltó lo extraordinario que resulta hallar entre los documentos legales de los procesos de la Santa Inquisición, cartas amorosas intercambiadas entre religiosos y religiosas.
 
Aunque había denuncias –que podían ser anónimas– ante el Santo Oficio por este tipo de relaciones ilícitas, de los 90 procesos del Arzobispado de México revisados por el especialista (cada uno con 150 fojas por ambos lados) a lo largo de más de una década, a penas encontró algunos casos que merecieron su atención.
 
Ante el hecho de que “todas las cartas que se conservan en los expedientes son las que los clérigos enviaron”, queda la duda de si las hijas espirituales no decidieron contestar en ningún caso, o si lo hicieron, ¿por qué no sobreviven ejemplos de las misivas escritas por ellas?
 
Una posible explicación es que los procesos eran todos seguidos contra los sacerdotes, pues ellas, según la mentalidad de la época no podían ser “solicitantes”. Y está claro que la instrucción de una monja profesa incluía saber leer y escribir.
          
El delito de solicitación, según recordaba un edicto del Tribunal del Santo Oficio promulgado el 14 de febrero de 1781, “consistía en que un confesor de cualquier grado, condición o preeminencia, durante el acto de la confesión, después del mismo o con motivo de éste, provocara con palabras o acciones a su hijo o hija espiritual para cometer actos torpes y deshonestos, con él o terceras personas”, reseña González Marmolejo en su libro Sexo y confesión.
 
Otras posibles causas de la ausencia de misivas eróticas de religiosas dirigidas a sus solicitantes, aventura el antropólogo, es que “si ellos tenían las respuestas de las mujeres no las iban a mostrar, pues era una forma de complicar más su situación.
 
Otra hipótesis es que los solicitantes no se hayan preocupado mucho por conservar las cartas.” Con todo, de la lectura de los mensajes que se conservan, se deduce que responden a otro que le antecede.
 
Este tipo de documentos son una ventana privilegiada a las formas en las que se daba el amor aún entre quienes era considerado no sólo un pecado sino un delito.
 
Es importante recordar que “en el siglo XVIII las personas no pudieron separar el sentimiento amoroso con la identificación sexual con la persona amada, de hecho, amor y sexo eran considerados como una manifestación semejante”, escribió González Marmolejo en su participación en el libro colectivo Amor y desamor, vivencias de parejas en la sociedad novohispana, investigación que sirvió de materia para su plática.
 
“Qué hay mi alma, me has tenido con mucho cuidado porque no tengo más consuelo que verte”, decía el papel que el agustino Ignacio de Escovar le envió a la religiosa Manuela de Theresa quien denunció esta correspondencia ante las autoridades del Santo Oficio el 27 de octubre de 1714. El delito de solicitación, objeto de estudio del investigador del INAH, era, junto con la bigamia y los libros prohibidos, uno de los 150 delitos más perseguidos por el Santo Oficio.
 
“Mi alma ¿cómo te sientes?, anoche estuve pensando en ti porque me desvelé, ¿tu no te acuerdas de mí?, ¿no me quieres?, porque yo te quiero mucho, y no quiero otra cosa más que a ti, y solo por ti vengo a confesar a este convento a ti te pueden agradecer el que venga, sino no viniera porque no tengo más consuelo que venirte a confesar”, le escribió en cierta ocasión a Manuela de Theresa el citado Ignacio de Escovar. Estas comunicaciones dejan clara la necesidad de los religiosos de los afectos y pasiones amorosas más allá de si su condición se los prohibía.
 
Por otra parte, como reza el subtítulo del libro De la santidad a la perversión, una de las publicaciones del Seminario de Historia de las Mentalidades –del que Jorge René González es fundador–, no se cumplía la ley de Dios en la sociedad novohispana. Los tres delitos antes citados representaron el 50 por ciento del total de los expedientes y procesos del Santo Oficio. Pero como sucede en cualquier relación humana, no todo era amor. También había expresiones de desamor que podían incluir amenazas.
 
Afectos a la retórica de la época, los religiosos que aventuraban epístolas galantes, solían usar fórmulas del tipo “hija de mi corazón”, “te quiero más que a mis ojos”, “señora de mis ojos” o “me has llenado el ojo”. Las peculiaridades culturales de la época también inspiraban versos de amor como los que compuso fray Troncoso a la clarisa María de Paula: “No seas ingrata conmigo/  mátame siempre mirando/ y si no puede ser/ mátame de quando en quando (sic)…”
 
Lo interesante de estos expedientes es que revelan muchos detalles concretos que en conjunto permiten reconstruir algunos aspectos de la vida cotidiana novohispana. Las cartas muestran los modos de expresión particulares en una gama de tonos que va del amor al desamor.
 
Entre otros aspectos los procesos descubren el profundo conocimiento que los eclesiásticos tenían de la sexualidad femenina y masculina, así como el modo en que ese conocimiento e instituciones como la confesión servían para ejercer un puntual control social; concluyó el investigador del INAH.