Conferencia sobre la censura que la Inquisición ejercía sobre los materiales impresos. El veto se impuso incluso a la lectura de La Biblia hasta mediados del siglo XVIII.

Cualquier mexicano en la actualidad, podrá encontrar, sin muchos problemas, una copia de la película inglesa Las relaciones peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988), dirigida por el inglés Stephen Frears y las actuaciones estelares de John Malkovich, Glenn Close y de Michelle Pfeiffer. Con un poco más de interés, hallará una traducción al castellano de la novela homónima que le dio origen, Les Liaisons dangereuses, escrita en 1781 por el francés Pierre Ambroise François Choderlos de Laclos, un general brigadier del ejército napoleónico.
 
Lo que pocos entre estos consumidores culturales nacionales podrían imaginar, es que durante el Virreinato, cuando el territorio mexicano era administrado por la Corona Española, el acceso a esta lectura era muy difícil. Y no sólo porque los libros eran privilegio de ciertas clases sociales, pues eran caros y había muy pocos letrados, sino porque durante ese periodo, la novela, editada en Ámsterdam en 1783, fue prohibida por “obscena en sumo grado” por el temible Tribunal del Santo Oficio. Es decir, leerla y ser descubierto hubiera implicado enfrentar a la Santa Inquisición.
 
Aunque los delitos que perseguía el Tribunal del Santo Oficio eran muy variados, y su número ascendía a 120, los relacionados con los libros prohibidos eran tan abundantes que ocupaban el quinto lugar. Y la lista estaba encabezada por todas las publicaciones de Martín Lutero y sus partidarios, pues se consideraba que el vulgo no tenía por qué enterarse de las diferencias teológicas en la Iglesia.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII la institución prefería publicar edictos tres o cuatro veces al año con un promedio de 150 títulos, tanto con prohibiciones locales como con las enviadas por el Vaticano o por la Corona.
 
Tales fueron algunos de los datos ofrecidos en la conferencia Libros prohibidos, impartida por el doctor José Abel Ramos Soriano, investigador de tiempo completo de la Dirección de Asuntos Históricos del INAH, misma que inauguró, el pasado jueves 7 de junio, el ciclo de conferencias “Aspectos de la vida cotidiana del siglo XVIII novohispano” en el Museo Casa de Carranza.
 
El que desobedeciera el edicto se enfrentaba a la excomunión mayor, es decir, que era expulsado del cristianismo. Y esto, explicó el investigador, podía tener consecuencias más que espirituales, por ejemplo, si enfermaba, nadie de la comunidad católica podía asistirle.
 
Entre las prohibiciones existían tres categorías. Primero los prohibidos absolutamente “aún para los que tienen licencia para leer libros prohibidos”; después los prohibidos in totum (es decir, en total) y finalmente los mandados expurgar, es decir, aquellos de los que sólo se censuraban palabras o párrafos, ya sea mediante tachones o pegando hojas blancas encima de las páginas censuradas.
 
Contra lo que pudiera pensarse, aunque en teoría el poder de la Inquisición era rígido y temible, en la práctica, era un barco que hacía agua por todos lados, especialmente en el México del siglo XVIII.
 
De hecho, desde el siglo anterior ya no había quemas de libros, pues carecía de la fuerza necesaria para hacerlo. Es por eso que Ramos Soriano, ex subdirector del Museo Nacional del Virreinato, aventura que esa fue la razón por la que decidieron mejor publicar edictos prohibitorios.
 
El listado de libros prohibidos era muy amplio, pues no sólo refería a los objetos encuadernados, sino que incluía desde hojas y folletos hasta obras de varios volúmenes.
 
Esta lista tenía el nombre de Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum o Índice de libros prohibidos y fue creado en el año 1559 por la Sagrada Congregación de la Inquisición. Era tan voluminoso, que por ejemplo, el Nouus index librorum prohibitorum et expurgatorum editado en 1632 tenía 991 páginas.
 
En el edicto de 1786, con el que el especialista ejemplificó estas prácticas del México Virreinal, aparecía El sofá, cuento moral impreso en la India en 1778 y que aprovechaba la creencia oriental de la trasmigración de las almas, para que el autor narrara las aventuras eróticas que ocurrieron sobre él en una vida anterior, cuando era precisamente ese tipo de mueble.
 
La imprenta estaba en su apogeo durante la Francia del siglo XVIII, y la Revolución publicaba libros en español y los enviaba a España y sus territorios, acusándola de fanatismo, atacando al Santo Oficio y a la institución monárquica.
 
La novela era un medio para que sus líderes difundieran sus propias ideas. Por ello, la respuesta más común a la Inquisición cuando preguntaba los motivos de leer los libros prohibidos de Voltaire, Rousseau o Diderot, era simplemente que eran muy entretenidos.
 
El investigador, que actualmente prepara un libro sobre el control inquisitorial en los escritos y las prensas durante el Virreinato de la Nueva España finalizó informando que no sólo se prohibían los libros que atacaban a la Iglesia o contenían anatemas en contra de sus prédicas, sino incluso aquellos que reafirmaban sus dogmas.
 
 De forma paradójica, La Biblia es quizá el gran ejemplo. La lectura del libro sagrado católico fue prohibida en el siglo XVI bajo el argumento de que se prestaba a malas interpretaciones de su contenido y sólo fue permitida hasta mediados del sigo XVIII.
 
El ciclo de conferencias “Aspectos de la vida cotidiana del siglo XVIII novohispano” continuará todos los jueves de junio con las intervenciones de los investigadores Eduardo Flores Clair con el tema El imaginario y los monstruos en la época colonial (jueves 14) y de Jorge René González Marmolejo con las charlas Amor y desamor en las órdenes religiosas (jueves 21) y Sexo y confesión, la Iglesia y la penitencia en los siglos XVIII y XIX en la Nueva España (jueves 28).
 
Todas ellas se efectuarán a las 19:30 horas en el auditorio del Museo Casa de Carranza, sito en Río Lerma 35, colonia Cuauhtémoc, en la ciudad de México. Teléfono 5535-2920 y 5546-6494.

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Gabriel Ulises Leyva Rendon

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