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La Michoacana surgió en los años 40

Preferidas de mango en el norte y de mamey, zapote y plátano en el sur, las nieves y paletas de La Michoacana, presentes en todos los estados del país desde los años 40, se han convertido en toda una tradición gastronómica y en un icono de la identidad nacional.
 
Al caminar por cualquier punto de la ciudad de México o de cualquier otra entidad, es seguro que nos topemos con algunas y, aunque cada una de ellas puede variar en el nombre, siempre hacen referencia al estado de las corundas y las morelianas.
 
La historia de esas paleterías ha sido objeto de estudio por parte de investigadores del Colegio de Michoacán, luego de una iniciativa derivada del éxito que tienen tanto en  el país como en el extranjero.
 
Dicha investigación titulada La Michoacana. Historia de los paleteros de Tocumbo, de Martín González de la Vara, recibió el premio en la categoría de Divulgación a Trabajo Publicado de los galardones que otorga el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). EL texto fue editado en 2007 por el Colegio de Michoacán y el gobierno del estado.
 
Es un fenómeno digno de estudio por sus diferentes aristas que lo caracterizan, desde la organización empírica hasta las redes de cooperación que los propietarios han tejido, se puede hablar de una empresa de éxito inigualable en nuestro país, mencionó en entrevista De la Vara.
 
Esta historia inicia en los años 40 cuando Rafael Malfavón, conocido en su pueblo como “Garrapatillo”, abrió la primera paletería en Tocumbo,  Michoacán. Ofreció empleo a conocidos del lugar, quienes en un cajón de madera, vendían las paletas en las rancherías de los alrededores.
 
Ignacio Alcázar, empleado del negocio, emigró un día a Guadalajara en busca de mejor suerte y tiempo después llegó al Distrito Federal, donde inauguró su primera paletería. Muy pronto, las golosinas fueron del gusto de niños jóvenes y adultos, con lo que el negocio basado en el sentido común y el esfuerzo diario, surgió como historia de éxito.
 
Como referencias para establecer el negocio, y generar altas ventas, Ignacio tomó lugares de alta concentración como escuelas, iglesias y parques. Para sorpresa del nuevo comerciante, el establecimiento comenzó a reportar ganancias y, obligado por el exceso de trabajo, llamó a su hermano Luis y a su amigo Agustín Andrade, para que le ayudaran a expandir el negocio.
 
Fue Luis Alcázar quien comenzó, de manera formal, la ampliación de sucursales e invitó a familiares y paisanos para que se integraran a la empresa, primero como empleados a los que, después, se les vendían las neverías a precios accesibles, en pagos sin intereses y contratos de palabra.
 
Así comenzó en los años sesenta el auge de estos expendios con la primera generación de trabajadores y propietarios, hasta llegar a la década de los setenta en que se consolidan como la cadena más grande del país en su giro, al ocupar territorio de Monterrey, Guadalajara y Puebla, entre otros.
 
Después de años de triunfo llegaron los tiempos difíciles al enfrentar la crisis de los ochenta. Ante este desplome, los propietarios se vieron en la necesidad de redoblar esfuerzos y, al contrario de lo que muchos pensarían, abrieron más sucursales.
 
En ese proceso, por cada paletería que tenían los dueños, abrieron cuatro más para obtener las mismas ganancias que antes, lo cual derivó en un expansionismo sin precedentes, suceso que generó empleos y la necesidad de contratar trabajadores de diferentes estados y no solamente originarios de Tocumbo.
 
Los préstamos de capital para abrir sucursales a conocidos, amigos y familiares, fue una práctica que terminó cuando Luis Alcázar fue asesinado en su casa, al parecer, por un deudor.
 
En la segunda generación de propietarios, se perdieron en gran medida los lazos de cooperación entre los tocumbeños, cuestión que a la fecha se intenta recuperar, indicó el especialista.
 
Es también dicha generación la que se preocupa más por la imagen de sus productos y establecimientos, por lo que acuñan la muñequita de color rosa como el símbolo distintivo. Sus envases impresos, la renovación y adecuación de locales, así como la mayor variedad de sabores son algunas evoluciones que ha tenido la marca.
 
La diversificación de sus nieves depende de los lugares donde se venden, por ejemplo, al norte del país sobresale la de mango por su alta demanda mientras que en la parte sur, las preferencias son por el mamey, zapote y plátano. De igual manera, los precios varían en cada zona, si en estados como Monterrey y Guadalajara la bola de nieve cuesta diez pesos, en lugares como Chiapas y Oaxaca vale ocho.
 
Pero sus alcances no se limitan al territorio mexicano, la presencia de los sabores congelados de La Michoacana tienen más de 20 años de derretir los paladares de los norteamericanos; en Estados Unidos, las entidades con más concentración de mexicanos cuentan en la actualidad con estos negocios.
 
Naciones como Guatemala, Costa Rica y Panamá disfrutan también de estos productos y se tienen planes para que en un futuro próximo lleguen a países del viejo continente.
 
Para De la Vara, las paleterías La Michoacana se han convertido en icono de la identidad nacional; el autor cuenta la anécdota sobre un grupo de personas que aterrizó, luego de un vuelo de helicóptero, en los límites de la frontera entre México y Guatemala, sin saber en territorio de que nación estaban por lo que gracias a una paletería de la marca corroboraron que se encontraban en suelo de nuestro país.