Estudio antropológico

Plagados de simbolismos y etapas físicas que inducen a la superación de un estatus anterior, los llamados ritos de paso forman parte de una expresión inherente a las manifestaciones culturales de las sociedades, entre las que incluye la ceremonia de iniciación en la Masonería, donde se promueve la “muerte y transfiguración” de la vieja personalidad, protocolo que generalmente está rodeado de misterio y secreto.

Así lo señala Pedro Sánchez Nava, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en su estudio La iniciación masónica: ¿Un rito de paso?, en el que analiza desde el punto de vista antropológico algunas de las pautas de este rito que constituye una forma más para lograr el reconocimiento comunitario, en este caso de una logia.

Definida por los propios masones como una institución esencialmente filosófica, progresista y filosófica, y no como una religión, tiene por objetivo la búsqueda de la verdad, la ética y el trabajo por el mejoramiento moral de la humanidad. “Los orígenes de esta sociedad se remontan al Siglo X a.C, durante la construcción del Templo del Rey Salomón, sin embargo lo que se tiene documentado de manera fehaciente es que desciende de las asociaciones de constructores de las catedrales de la Edad Media”, explicó.

El Rito Escocés Antiguo, —abundó Sánchez Nava— es el más extendido en el mundo, ritual de carácter simbólico que regularmente tiene un componente de misterio y secreto, en él los candidatos no saben exactamente lo que va a suceder en el llamado Cuarto de Reflexión, cuya experiencia ha sido denominada por los propios masones como “drama evolutivo”.

“Relacionados con el paso del tiempo calendárico, los ritos de paso se presentan desde el nacimiento hasta la muerte, e indican la transición de los individuos de un estatus a otro durante la vida”, apuntó el investigador al aseverar que este tipo de ceremonias se centran en una etapa conocida como “liminar”, que significa umbral y se relaciona a la inseguridad ante los momentos de cambio.

En este sentido, dijo, para los candidatos la Iniciación Masónica se compone de un proceso gradual de cortar lazos y  desprenderse de ataduras que limitan la vida. Éste tiene lugar en el Cuarto de Reflexión, espacio al que accede el neófito con los ojos vendados para emprender un Viaje Iniciático sin saber qué experiencias habrá de vivir.

Durante su reciente participación en el III Coloquio de Arqueología y Antropología de las Religiones, organizado por el INAH; Sánchez Nava detalló algunas de las etapas del rito de ingreso a la masonería, donde la secrecía es una de sus principales características, misma que responde a razones alusivas a la interpretación de su simbología por el público en general, que suele ser siempre incompleta y errónea al desconocer sus connotaciones. De ahí que el ritual involucre un juramento de iniciado para guardar la debida discreción al respecto.

“La membresía está limitada a varones mayores de 21 años que pueden satisfacer los requerimientos de solvencia moral, aunque hay logias que admiten mujeres, pero son las menos”, abundó al referir que además el aspirante debe ser recomendado por dos maestros masones y luego pasar por una votación que debe ganar de manera unánime.

El rito de iniciación, —comentó el investigador—, suele ser como un ensayo de lo que el candidato habrá de vivir en la vida real en un futuro, mismo que arranca con el desprendimiento de las ataduras de la materia y que se simboliza con la entrega de “joyas y metales” que tenga y que se le devuelven al finalizar la ceremonia.

Posteriormente, se da paso a la entrada al templo por medio de tres golpes en la puerta, que significa que la triplicidad es el principio de todo lo que sigue. Asimismo, para poder entrar se tiene que pasar inevitablemente por entre dos columnas situadas en los lados opuestos de su portal. ”Se dice que cada masón lleva en sí dos columnas que constituyen las dos piernas que lo sostienen y camina hacia su objetivo”, mencionó Sánchez Nava.

La puerta del templo se halla al oeste, símbolo de la obscuridad y se intuye que en el lado opuesto se encuentra la luz, en el oriente, rumbo fundamental para la masonería. El viaje es de tipo circular porque parte y concluye en el par de columnas mencionadas, situación que no es apreciada en su momento por el aspirante al llevar los ojos vendados. Este trayecto indica el punto de síntesis al que es indispensable llegar en cada ciclo evolutivo.

“La iniciación se da a través de tres viajes simbólicos (por aire, por agua y por fuego), en relación con igual número de grados definidos tradicionalmente en la masonería: aprendiz, compañero y maestro”. El primer trayecto implica el aliento de vida necesario para iniciar el camino y la nueva vida, fase en la que integra la personalidad.

El segundo viaje, simboliza la naturaleza emocional, etapa que se caracteriza por la lucha para dominar y controlar las emociones propias del ser humano. El tercer trayecto representa la naturaleza mental, donde el peregrino tras “consumirse” en un fuego sagrado resucita en una nueva vida, espiritualizado y liberado de sus limitaciones.

“Así culmina el viaje del iniciado, tras alcanzar simbólicamente su objetivo, se le retira la venda y éste se da cuenta que los trayectos que le parecieron interminables y llenos de obstáculos, se realizaron en un espacio reducido, lo que significa que los caminos a recorrer están en el espacio contenido por su propio ser y dentro de él la luz que tanto buscó. Su cuerpo en sí es una logia”, acotó Sánchez Nava.

Finalmente, Sánchez Nava añadió que al término del rito, el iniciado se percata que realizó sus recorridos sobre un piso que parecido a un tablero de ajedrez, en el que los cuadros blancos y negros simbolizan los pares opuestos, el bien y el mal, condición que deberá mantener bajo control y en armonía en todo momento.

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