Constituyeron un camino al catolicismo y a la identidad de Hispanoamérica.

A lo largo de más de 500 años el villancico se ha transformado y adecuado a los distintos usos de los que ha sido objeto; sin embargo, su origen se encuentra en las tradiciones populares de los habitantes de las villas durante la Edad Media cuyos cantos se referían al amor, a gestas heroicas y labores del campo.

A través de una amplia investigación sobre los villancicos, el musicólogo peruano Aurelio Tello ha hurgado en las características que adquirieron con la construcción del mundo de la Nueva España y cuya utilidad se hizo evidente no sólo como mecanismo de evangelización, sino también en la formación de una identidad colectiva.

En entrevista, el especialista afirmó que los villancicos continuaban con una tradición ceremonial de carácter litúrgico que se desarrolló en Europa durante el Medioevo, pero que en Hispanoamérica se implantó en todas las grandes catedrales, ya que la Iglesia se enfrentaba a la tarea de transformar al catolicismo a todo un continente, por lo que, abundó, usó diferentes recursos para crear un sentido de identidad y pertenencia.



"La misa, el oficio divino, los salmos, los responsorios eran cantos que se hacían en latín, por lo que la iglesia incorpora la tradición de los villancicos para celebrar diferentes festividades en lenguas vernáculas como el gallego, el castellano, o el vizcaíno".
 
Durante el siglo de oro del villancico, el XVII, colecciones enormes de estos cantos ocuparon la atención no sólo de las fiestas del Corpus Christi y la Navidad, ceremonias en las que además de tener un lugar central, también se entonaban durante todo el apostolario, las fiestas marianas, y las celebradas en honor de santos y vírgenes.
 
Se componían villancicos para cada fiesta, y la iglesia tenía todo un aparato profesional de músicos y compositores de las obras, detalló el musicólogo; las letras, por su parte, se imprimían y se repartían entre los feligreses, constituyendo una correa de transmisión del saber popular, de la doctrina católica y del conocimiento de la época, ya que grandes eruditos como Sor Juana Inés de la Cruz eran también consumados villanciqueros.
 
Y es que, asegura Tello, el villancico adquirió la estructura y contenido del Barroco, constituyéndose en el aporte más genuino de la comunidad iberoamericana al mundo durante este periodo.
 
"El villancico es la manifestación de todo un mundo cultural, de sus tradiciones; es un arte que conjunta la música, la poesía, la presentación y la representación, el villancico fue para el mundo iberoamericano lo que la ópera para Italia."
 
De tal manera que para el período Barroco, a través de los villancicos se logró arraigar una tradición en la que lo europeo, lo americano y lo africano habían aportado sus rasgos y, fundamentalmente, encontraban un espacio de reconocimiento mutuo y de pertenencia a una comunidad.
 
El villancico adquirió tal notoriedad, afirma el musicólogo, que el volumen de producción de nuevos cantos fue excesivo. Tan sólo el cancionero de Gaspar Fernández reúne cerca de 300 composiciones entre 1609 y 1616, y esto en razón a que en esa época era sumamente prolífico el calendario de festividades de manera que en cada fiesta se estrenaba un villancico.
 
Material que hoy ha casi desaparecido, afirmó el especialista, en un proceso que comenzó a finales del siglo XVIII, y que paulatinamente dejó de presentarse en las catedrales, junto con sus músicos y sus compositores.
 
Pero la tradición no se esfumó completamente, sino que se trasladó a los pueblos, a las comunidades a través de la tradición popular, lugar en el que sobrevivió el villancico a grado tal que hoy es imposible no identificarlos como elementos inseparables de la noche buena (24 de diciembre) y navidad (25).
 
Y es así, finalizó, que nos encontramos a principios del siglo XXI con una tradición que si bien no ha podido sustraerse de los procesos de comercialización, y que de pronto pareciera que ya no es un expresión genuina de la gente, los cantos navideños, entre ellos los villancicos, se mantendrán aún después de medio milenio de existencia.

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Gabriel Ulises Leyva Rendón

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