Ensayo que analiza las figuras del Niño Dios, del antiguo y del reciente culto
 

En México la costumbre de vestir a los Niños Dios brinda un especial colorido al Día de la Candelaria, pero no todas sus representaciones son motivo de la veneración colectiva, sólo algunas que de acuerdo con sus seguidores “han demostrado mediante milagros el poder de aliviar el sufrimiento de las personas”. Con motivo de la celebración de la Candelaria, cabe hacer un recorrido por el tiempo y la geografía nacional, para seguir los “pasos” de estas imágenes redentoras.
 
Los historiadores Mariano Monterrosa y Leticia Talavera, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), conocedores de las representaciones del Niño Jesús en el arte mexicano, explican que es evidente que su devoción llegó a la Nueva España desde el mismo siglo XVI, pues si fueron los franciscanos quienes introdujeron las fiestas de la Navidad y con ellas el nacimiento, es evidente que tendrían que reproducir la imagen del recién nacido.
 
“A ciencia cierta no se sabe cómo se elaboraban estos nacimientos, pero cabe la posibilidad de pensar que eran de bulto. Realizados en barro o madera, debieron ser, como lo son ahora, más ilustrativos para los indígenas recién evangelizados que las pinturas que contienen el mismo tema y que aún se encuentran en muchos templos y museos de nuestros país”.
 
Los especialistas adscritos a la Dirección de Estudios Históricos del INAH, refieren que El Niño Cautivo (del siglo XVI), es una de las esculturas del Niño Jesús más antiguas y actualmente en “desuso”. Se conserva en la Catedral Metropolitana en la capilla de San Pedro, y se dice que fue tallada por el escultor español Martínez Montañez, a quien le fue comprada por los habitantes de la capital mediante una colecta.
 
“El Niño Dios fue embarcado hacia el Puerto de Veracruz pero no pudo llegar, dado que unos piratas árabes atacaron la nave y la saquearon. Durante varios siglos los árabes fueron el terror del Mediterráneo y no sólo capturaban personas sino reliquias. Ello ocurrió con la escultura destinada a México: fue secuestrada y para redimirla hubo que pagar una verdadera fortuna”.
 
A diferencia del Niño Cautivo, El Niño Pa de Xochimilco --también procedente del siglo XVI-- preserva un gran fervor. Originalmente formaba parte de un grupo de representaciones con las que un cacique indígena apodado El Viejo había fundado una cofradía. El nombre cristiano del señor era Martín Cortés Alvarado, lo cual lo relaciona con los conquistadores Hernán Cortés y Pedro de Alvarado, “recordemos que era común que los indígenas bautizados tomaran el nombre de los padrinos en señal de aprecio”.
 
Niño Pa o Niñopan, es una palabra híbrida compuesta del español niño y del náhuatl pan, que equivale a lugar: “Niño del lugar”. Las imágenes de la cofradía de El Viejo no pertenecían al convento franciscano de San Bernardino de Siena, de ahí que ha permanecido como propiedad de la descendencia del cacique, no obstante pasa temporadas en las casas de los vecinos y las solicitudes para tenerlo van más allá del 2070.
 
“Se cuenta que la imagen acostumbra salir por las noches, cuando la población está entregada al sueño, para ver cómo van los cultivos. En las mañanas, los que se encargan de cuidarlo encuentran sus zapatitos manchados de lodo”, refieren los investigadores.
 
Otro caso --comentan los expertos-- es el del  Niño de las Suertes, que data del siglo XIX y “es hasta ahora que comienza a tener mayor devoción, pues se restringe actualmente a la región de Tacubaya en la ciudad de México. En realidad procede de Tlalpan donde, dicen, “fue encontrado por un par de evangelizadores, al levantarlo del suelo brotó un manantial, conocido como Ojo del niño.
 
“El arzobispo Francisco Lizana y Beaumont  dispuso el destino de la imagen, pero la noticia del descubrimiento se había propagado y eran varios los conventos de monjas que la solicitaban. Para ser equitativo decidió realizar un sorteo, resultando tres veces ganador el de San Bernardo, el cual era muy pobre”.
 
A causa de las dificultades que la Iglesia católica padeció en México con diversos gobiernos, la imagen del Niño fue a dar a Tacubaya, pues las monjas se lo llevaron en una de tantas exclaustraciones.
 
En un altar lateral de la parroquia de San Francisco de Asís en Tepeaca, Puebla, se venera al Santo Niño Doctor de los Enfermos, una devoción reciente a pesar de ser una representación antigua. Pertenecía a la religiosa Carmen Barrios, quien trabajaba en el Hospital Concepción Béistegui de la capital, donde la había adquirido mediante una rifa realizada por una hermana josefina.
 
De este niño se dice que “cuando la religiosa se trasladó a Tepeaca llevó al Niño consigo y comenzó a ser visitado por los enfermos en una pequeña habitación. Por un tiempo se trasladó la imagen a Tehuacán, pero los tepeaquenses la reclamaron y lograron su regreso. El 30 de abril de 1961 se estableció la fiesta titular en la parroquia que se conoce como ‘Día del Niño’”.
 
Mariano Monterrosa y Leticia Talavera, quienes publicaron un ensayo sobre el tema en el libro Los niños: su imagen en la historia (editado por el INAH recientemente), destacan también al Niño Jesús de la Salud. Su culto inició en una casa particular de Morelia, Michoacán, al mejorar la salud primero de los propietarios, y después de amigos y de todo aquel que solicitara sus favores, de acuerdo con las versiones recabadas por los investigadores.
 
“La fama llegó a los oídos del arzobispo Luis M. Altamirano y Bulnes, quien acudió a conocerla y a partir de ese momento pidió que fuera trasladada al templo del antiguo convento de Nuestra Señora del Carmen, donde se venera desde el 15 de diciembre de 1954”.  
 
Una historia extraña es la que rodea al Niño Milagroso de Tlaxcala, “pues cuentan que en esa ciudad una anciana vendió a la familia Anzures una pequeña imagen (no muy bonita) que había sido labrada por su marido. En la navidad de 1913 al ser colocado en el nacimiento empezaron ha ocurrir hechos inexplicables, y el 2 de febrero, Día de la Candelaria, cuando lo levantó Conchita –la hija de la familia- ésta sintió que se movía.
 
“La imagen se ha ‘renovado’ por sí misma, ya que no presenta las huellas propias de una artesanía mal realizada y hoy es una hermosa escultura a la que se viste con una túnica talar y se cubre con un gorrito de bebé”.
 
Una de las representaciones más dramáticas del Niño Jesús es la que recibe el nombre del Niño Cieguito, la que se sabe ya existía en el siglo XVIII. Al anochecer del 10 de agosto de 1744 –Fiesta de San Lorenzo-, “un hombre nada piadoso se introdujo en el convento de la Merced, en la ciudad de Morelia, y arrebató la imagen de los brazos de la virgen.
 
“Enloquecido, el sujeto le arrancó las manos y los pies, y como empezó a llorar, con una varilla le despojó también de sus ojos. Tiempo después, un mercedario lo entregó a una hermana capuchina de Puebla para que lo resguardara en su convento. Evidentemente los favores que le solicitan son los relacionados con las enfermedades de los ojos”.
 
Sin duda una de las figuras más veneradas en México es la del Santo Niño de Atocha, ubicada en el santuario de Plateros, en Fresnillo, Zacatecas; sin embargo, “nadie sabe cómo llegó a este lugar. Su historia cuenta que al igual que su símil en Madrid, España, también salía, pero para ayudar a las personas que le solicitaban favores, que al realizarlos se convertían en milagros.
 
“Ambos niños aparentan alrededor de 10 años y sus trajes son de peregrinos compostelanos. El santuario de Plateros está lleno de exvotos que le agradecen todos los favores que ha realizado, pero es evidente que en sus orígenes fue sobre todo protector de los mineros”.
 
Los historiadores concluyeron que “las devociones cristianas son vivas y cambiantes, pero la devoción por el Niño Jesús no. Si bien es cierto que sus representaciones son diferentes, siempre será una figura atractiva, dulce, limpia, como todos los niños”.

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Gabriel Ulises Leyva Rendón

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