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Acervo del Musée du quai Branly, de París.
 

Como parte de sus estudios en torno al coleccionismo arqueológico novohispano, el doctor Leonardo López Luján, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), reconstruyó la historia que se esconde tras el acervo que de las culturas del México prehispánico resguarda el recién creado Musée du quai Branly, en París, Francia.
 
Dicha reconstrucción implicó la investigación en distintos fondos reservados, archivos y bodegas de museos de México, Estados Unidos, Inglaterra y, por supuesto, Francia. Cabe mencionar que el especialista fue el encargado de llevar a cabo la curaduría de la colección de esculturas aztecas —90 aproximadamente— del citado museo.
 
El especialista dio a conocer que en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX— el pasado precolombino comenzó a ser revaluado en la Nueva España, sobre todo durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Este último gobernante ordenó la organización de la Real Expedición Anticuaria, germen de la citada colección.
 
López Luján, director del Proyecto Templo Mayor del INAH, explicó que Carlos IV contrató a Guillermo Dupaix (capitán de dragones flamenco que arribó a Nueva España en 1791) para dirigir la Real Expedición Anticuaria, cuyo fin era documentar en texto e imagen las antigüedades dispersas en el vasto virreinato. De esta empresa se encargó Dupaix entre 1805 y 1809.
 
En las tres expediciones que pudo realizar, Dupaix se hizo acompañar de un dibujante de la Real Academia de San Carlos, Luciano Castañeda; así como de un escribano y dos soldados. El recorrido incluyó el centro y sur de la Nueva España, hasta llegar a las ruinas mayas de Palenque, donde por causas políticas —derivadas de la imposición de José Bonaparte en España— concluyó la ambiciosa tarea.
 
Asimismo, la muerte de Dupaix en 1817 provocó que el proyecto quedara en manos del entonces director del Tribunal Real de Minas, Fausto Elhuyar. A orden expresa del virrey, Elhuyar llevó a cabo en 1819 una selección de las piezas registradas por  Dupaix que fueran susceptibles de ser trasladadas hacia la capital de la Nueva España. El número total fue de 72 objetos.
 
“La orden se ejecutó tal y como se tenía planeado, salvo en el caso de Ciudad Real, donde se informó que una de las piezas solicitadas había sido robada, y el de Huauhquechula, donde fue imposible mover un gran monolito con todas sus caras cubiertas de relieves”, detalló Leonardo López Luján.
 
No obstante, al sobrevenir el movimiento independentista, Elhuyar —al ser súbdito de la corona española— tuvo que regresar a su patria, ocasión que aprovechó Luciano Castañeda (el dibujante de la expedición) para apropiarse de los objetos arqueológicos, mismos que malbarató en una subasta pública en 1824.
 
“El mejor postor fue un ciudadano americano de nombre Latour Allard. Este nativo de Nueva Orleans compró la colección, así como 120 dibujos de la expedición y un códice colonial. Dado que la primera ley de protección del patrimonio arqueológico data de 1827, Latour Allard pudo sacar del país estos objetos con destino a Francia”.
 
Ya en territorio galo —continúo el arqueólogo—, Allard se encargó de publicitar la colección para su venta, sin embargo, la carta de recomendación que Alejandro Von Humboldt hizo el favor de escribirle más bien resultó un impedimento para sus fines. En ella anotaba que las piezas arqueológicas eran obra de un pueblo semibárbaro y que su único valor era de carácter histórico.
 
Estos intentos de venta “llegaron a oídos del gobierno mexicano, a través de su única embajada europea, ubicada en Londres". Por lo que enviaron a Thomas Murphy para obtener mayor información sobre la colección e indagar la manera en que ésta salió de México.
 
Pese a los intentos del gobierno mexicano por adquirir la colección mediante “una oferta moderada”, ésta nunca prosperó. Incluso, de haberse interpuesto una demanda judicial, se corría el riesgo de que el gobierno español reclamara el acervo para sí, ya que había sido reunido bajo su patrocinio.
 
López Luján explicó que los infructuosos intentos de Allard por vender las piezas al rey de Francia —propuestas que fueron de los 200 mil a los 60 mil francos—, ocasionaron su desesperación, de tal manera que las despilfarró por 6 mil con un vecino suyo de apellido Melnotte. Cosa curiosa, años después Melnotte sí logró convencer al monarca del valor de las esculturas.
 
“Fue así como las piezas de la Real Expedición Anticuaria llegaron a exhibirse en el Louvre en 1850. Luego pasaron, sucesivamente, por el Musée d’Ethnographie y el Musée de l’Homme, hasta llegar, hace un año, al recién creado Musée du quai Branly”, concluyó el investigador del INAH.