Experto considera haberlo ubicado

 A mediados de 1732, la disputa entre el pueblo de indios de San José y la cofradía de españoles de la Santa Veracruz por la posesión del Cristo de Rajapeñas, que entonces gozaba de mucha popularidad, estuvo a punto de desatar una rebelión indígena sin precedentes en la ciudad de Zacatecas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la figura venerada se extravió de la memoria colectiva.

 
El investigador Limonar Soto Salazar, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en ese estado, considera haber ubicado la legendaria imagen en el templo de Santo Domingo de la capital zacatecana. Se trata de un cristo de tamaño natural, calvo, policromado, de color azulado que denota una apariencia mortecina y expresiones realistas.
 
Aunque una versión extendida refiere que el Cristo de Rajapeñas fue a parar — después de un sinnúmero de vicisitudes— a la iglesia del poblado de Santa María de los Ángeles, en Jalisco, el historiador descarta que se trate del original. Esto se deduce por un documento de la época que informa que el cristo tenía cabello natural, mientras que el que se encuentra en Santa María de los Ángeles, es tallado en madera.
 
“Yo pienso que la cofradía de la Santa Veracruz logró imponerse ante el pueblo de indios de San José, y obviamente llevaron al Cristo de Rajapeñas de vuelta al viejo Santo Domingo. En este último, sólo se halla un cristo de esa época con cabellera”, sostuvo Soto Salazar.
          
La restauradora Eugenia Berthier, del Centro INAH-Zacatecas ha podido examinar la pieza y concluyó que además de corresponder a la época, el cristo presenta desgaste en sus pies por tocamiento, lo que demuestra que fue muy venerado. A su vez, se observan quemaduras por cercanía de velas en la parte inferior de la talla en madera.
 
Inclusive, en documentos fechados en 1732 se lee que el cristo presentaba polilla. Actualmente la pieza presenta daños en su estructura, sobre todo en la parte que corresponde a los tobillos, de ahí se deduce que estuvo en constante movimiento.
 
Como parte de su proyecto de investigación titulado El patrimonio cultural mueble suntuario en el estado de Zacatecas, siglos XVI al XIX, Soto Salazar espera que la historia de esta imagen se de a conocer mediante una versión doméstica —auspiciada por el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias—, principalmente dirigida a la feligresía de San José.
 
La historia
 
Al trascender el pleito por el Cristo de Rajapeñas, las autoridades civiles y religiosas de Zacatecas tomaron el caso en sus manos e instaron a los indígenas del pueblo cercano de San José a regresar la imagen a la cofradía de españoles de la Santa Veracruz. No obstante lo acordado, los tarascos nunca se presentaron a la cita, desafiando a los cofrades hispanos.
 
A partir de ese momento, la oficialidad consideró que la pieza debía mantenerse en el pueblo de indios de San José, pues de no hacerlo podría ocurrir una rebelión en los pueblos vecinos de Tlacuitlapan, Mexicapan, Del Dulce Nombre del Niño Jesús y Chipinque, habitados por tlaxcaltecas, mexicanos, texcocanos y por indígenas de Tonalá, Jalisco.
 
El Obispado de Guadalajara, en la capital de la Nueva Galicia, inició una investigación con el objetivo de encontrar el origen del conflicto. Esta información, fue localizada por el maestro Limonar Soto en inventarios de los archivos parroquiales de Zacatecas y de la Arquidiócesis de Guadalajara.
 
“Toda esta situación se remonta hacia el último tercio del siglo XVII, y efectivamente el cristo pertenecía a la cofradía de los españoles de la Santa Veracruz, sin embargo, los dominicos notaron su descuido y se la entregaron a un indígena de San José, cuyo apodo era Rajapeñas, de ahí el origen de la advocación.
 
“Al caer en deudas, el indígena cede el cristo a la capilla de indios de San José. En un inventario de 1728, aparece la imagen acompañada de diversos ex votos en forma de piernas, corazones, dientes, cabezas, brazos. Es decir, era un cristo milagrero, lo que no se señala en un inventario hecho 50 años antes en el Convento de Santo Domingo, en el que se le refiere sólo como un cristo grande y viejo”.
 
La hipótesis, de acuerdo con el historiador, es que los indígenas tarascos de San José perdieron el cristo después de todo, pues éste no aparece en inventarios posteriores de la capilla y, en general, no existen registros del Cristo de Rajapeñas. Al parecer, la devoción simplemente se perdió.
 
Una última noticia sobre la imagen cuenta que la gente del poblado de San José salió huyendo de una procesión de Semana Santa con el cristo a cuestas. Los indígenas consideraron que ellos debían presidir el rito —y no los españoles— porque era para ellos una imagen muy importante. Según los informes, tan molestos y presurosos iban los de San José, que la corona del cristo cayó pendiendo de sus cabellos.

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Gabriel Ulises Leyva Rendón

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