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FOTO: INAH/PrensaMéxico, país multiétnico y multicultural


 

Siete décadas atrás cualquiera resultaría sorprendido al escuchar un mariachi. Los cantantes no intentaban echar mano ni de imitar las técnicas del canto operístico para conseguir un volumen muy alto de voz. Y la razón era sencilla, no se incluían las estruendosas trompetas. Posiblemente tampoco vestirían como lo hacen ahora, con costosos trajes de charro.

Uno se encontraría simplemente con un par de violines, una vihuela, una guitarra de golpe y un arpa. Listo. No se necesitaba más para constituir uno, justo como el Mariachi Anguiano, de Tuxpan, Jalisco, que grabó para el investigador Thomas Stanford una versión del antiguo son El Huizache, sustituyendo el arpa por un guitarrón.

Este es uno de los hallazgos que se encuentran en la serie de testimonios musicales recopilados por el doctor Arturo Warman, la maestra Irene Vázquez Valle y Stanford, agrupados en un disco con el título Testimonio musical de México, que fue producido en 1964, durante un curso de Introducción al Folclor en la Escuela de Antropología y que se incluía lo que denominaron música indígena y música mestiza.

Ahí también descubrimos una canción, Comitán de las flores interpretada con guitarra séptima –de 14 cuerdas– y mandolina, instrumentos de uso común en Chiapas en la primera mitad del siglo XX. Pero lo curioso es que pese a ser una canción moderna y popular, mantiene la estructura de la chacona, una danza que fue muy popular en el pasado, y que llegó a niveles muy refinados en la música barroca durante el siglo XVII.

O, por ejemplo, que a pesar de que la música indígena sea más comunitaria que de carácter personal, entre los huicholes prolifera un gran repertorio de canciones de intención romántica. La Canción de amor grabada en San Pedro, Nayarit, acompañada por un violín y una guitarra diminuta, que indistintamente se turnaban entre los presentes, al igual que la voz.

El disco, que resulta importante como compilación, contiene muestras por la parte indígena de manifestaciones sonoras tzotziles, tenek, mayos, mixtecos, nahuas, huicholes y tzeltales, con música mestiza como chilenas de Guerrero, corridos y sones jalisciences, huastecos y calentanos.

Pero además su importancia radica en que fue el disco, reeditado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en 1967, fue el punto de arranque a una de las más importantes colecciones de música tradicional mexicana, llamada Testimonio Musical de México, precisamente en honor a esta grabación y que este año alcanzará los 50 títulos.

Y en torno a este proyecto se creó una oficina que a la postre se convirtió en la actual Fonoteca del INAH.

La propia maestra Irene Vázquez Valle –fallecida en el año 2001–, una de las impulsoras de la colección, escribe en el texto de presentación del disco sus posturas, que definen lo que persiguen estos fonogramas del INAH, como un testimonio cultural vigente de México, “un país que siempre ha sido multiétnico y multicultural pero posee raíces comunes”.

También, dice, representa un esfuerzo serio y continuado por “rescatar el patrimonio musical popular de nuestro país, tanto el actual como el que se cantó y tocó en periodos importantes para la historia de México. Este esfuerzo tiene la intención, a mediano plazo, de mostrar un panorama consistente de la música creada y recreada por el pueblo mexicano, es decir, la producida por las distintas culturas étnicas y regionales, rurales o urbanas”.

A diferencia de otro tipo de música, prosigue, la tradicional mexicana no busca vender discos ni conciertos, entretener a un público o presentarse sobre los escenarios de mayor reconocimiento social.

Al contrario, sus propósitos son comunitarios, colectivos, y le hacen ser parte indisociable, por ejemplo, de las fiestas patronales y otras ceremonias religiosas, de los rituales propiciatorios para tener buena cosecha o para dar serenatas a los jóvenes solteros.

Pero también tienen otros propósitos menos evidentes, como, por ejemplo, para manifestar conocimiento y apego a las costumbres antiguas y tradicionales, se participa en una danza, como músico o bailarín, y al hacerlo, se puede ganar prestigio social, respeto o renombre, dentro de la propia comunidad.

El arte musical del pueblo mexicano, plantea, es resultado del mestizaje cultural. Y se sustenta en tradiciones formadas a lo largo de muchos siglos, por lo que pueden localizarse en su estructura y formas, influencias y elementos originales de las culturas precolombinas americanas, al lado de las que llegaron como consecuencia de la conquista y de la colonización europea. Claro que esta música no es estática, y por lo tanto, también posee influencias recientes de todo tipo, resultado de una sociedad en movimiento, que recibe información de los cambios actuales.

Cada una de las muestras sonoras, añade, ha sido grabada en su lugar de origen con interpretaciones de músicos integrantes de la comunidad presentada. O bien, en los volúmenes de tipo histórico, corresponden al carácter e intención de la época de estudio.

Los discos de la serie Testimonio Musical de México, son distribuidos por Discos Pentagrama, por lo que pueden hallarse en las tiendas de música a las que esta disquera distribuye y en las tiendas del Museo del INAH en todo el país.

Para distribución y ventas de éste y otros volúmenes, pueden solicitarse informes a la Coordinación Nacional de Control y Promoción de Bienes y Servicios del INAH, al teléfono 5550-9714 o visitar las páginas electrónicas www.tiendadelmuseo.com.mx y www.inah.gob.mx.