Extracción ADN en campana de flujo laminar. Foto: Juan Alberto Román, INAH.

 

*** Especialistas del INAH analizaron el ADN de 46 individuos, en su mayoría de infantes, hallados en contextos arqueológicos de Tlatelolco y Tenochtitlan

 

*** El estudio del gen de la amelogenina y la identificación del sexo masculino en casi todos los individuos concluyó que éstos eran representaciones de los tlaloque


    

 

Para los antiguos mexicas, mantener un estrecho diálogo con sus dioses era crucial para dotar de estabilidad al mundo, por ello, agradecerles a través de ofrendas cuando se mostraban pródigos o si notaban su ira o indiferencia, era una práctica indispensable. Así lo atestiguan 46 osamentas, en su mayoría de infantes, cuyo ADN fue estudiado por expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), de un conjunto de 88 individuos sacrificados hace más de 500 años, hallados en Tlatelolco y en el Recinto Sagrado de México-Tenochtitlan.


Si bien tales vestigios fueron descubiertos entre las décadas de 1980 y 1990, no fue sino hasta recientes estudios de ADN practicados a este grupo, como parte de un proyecto coordinado por Juan Alberto Román Berrelleza, antropólogo físico adscrito al Museo del Templo Mayor (MTM), que se estableció pertenecían mayormente a individuos masculinos y, en consecuencia, fungieron como representaciones de los míticos tlaloque.


Los avances de esta investigación fueron dados a conocer recientemente en un ciclo de conferencias que se realizó como parte de la exposición Revolución y estabilidad —que se exhibe en el MTM y finalizará el próximo 31 de julio—, donde precisó que los tlaloque eran pequeños númenes masculinos de la cosmovisión mexica, encargados de asistir a Tláloc durante los eventos pluviales y que eran personificados ritualmente por niños de entre 2 y 9 años de edad al momento de morir.


Aclaró que las osamentas analizadas pertenecen a tres contextos distintos: la Ofrenda 48 del Templo Mayor, donde se hallaron 42 individuos dentro de una caja de piedra al noroeste del Recinto Sagrado de Tenochtitlan; la escalinata del primer templo de Ehécatl-Quetzalcóatl de Tlatelolco, donde se recuperaron 43 infantes; y tres cuerpos más que yacían 7.5 metros debajo de la Catedral Metropolitana y que fueron excavados durante los trabajos de recimentación del templo novohispano.


Un rasgo compartido por las tres ofrendas fue su asociación a elementos acuáticos, como jarras Tláloc en la Ofrenda 48, o bien comales, restos de aves y una cista recubierta con pigmento azul en el caso de la catedral. En tanto, los huesos tlatelolcas destacaron no solo por su localización frente al Templo de Ehécatl (dios del viento y ayudante de Tláloc, cuya labor era barrer los campos en anuncio de la lluvia), sino también por su colocación dentro de grandes ollas individuales.


Los primeros exámenes de antropología física no pudieron determinar el sexo de las osamentas analizadas pues, acotó Román Berrelleza, los huesos del ser humano son distintos en cantidad, tamaño, forma y composición durante la adultez y la infancia.


Por lo mismo era importante saber si pertenecían a niños o niñas, pues de ello dependía su asociación a un ritual, un templo o una deidad masculina o femenina de la cosmovisión tenochca.


El especialista detalló que con técnicas de laboratorio descubiertas en años posteriores a los referidos trabajos de excavación arqueológica, como la denominada PCR (acrónimo inglés de Reacción en Cadena de Polimerasa), fue posible acceder al ADN de los infantes y duplicarlo mediante enzimas de polimerasa hasta el punto en que, en cada caso, pudo reconocerse el sexo masculino dada la identificación de los cromosomas XY.


Dentro de los ejemplares analizados solo existió uno en el que no fue posible identificar el cromosoma Y, “lo cual tampoco quiere decir que éste fuera necesariamente X, tal vez, dada la antigüedad de la muestra y el hecho de que ninguna tecnología es infalible, simplemente no pudo identificarse cromosoma alguno”.


El antropólogo físico indicó que el gen seleccionado para estos experimentos fue el de la amelogenina; mismo que se codifica en el cuerpo humano para dotar de esmalte a los dientes y que incluso a edades tempranas contiene las diferencias necesarias para identificar el sexo de los individuos.


Abundó que entre los principales retos de indagar en el ADN antiguo está el evitar al máximo la contaminación de éste, toda vez que factores como el sudor o incluso el aire que exhalan los arqueólogos al hablar frente a un contexto es un contaminante.


“El ADN es una molécula muy sensible a la degradación. Tan solo una hora después de la muerte comienza a deteriorarse por falta de oxigenación. Encontrar por ello muestras antiguas es una verdadera lotería”.


Juan Alberto Román Berrelleza concluyó que esta investigación, aún en desarrollo, comprueba la trascendencia que tiene la multidisciplina dentro del trabajo arqueológico; mismo que, señaló, requiere continuamente apoyarse en disciplinas como la historia, la antropología física y, en este caso, la genética.


Asimismo, concluyó que otras aplicaciones para el análisis de restos óseos antiguos, se relacionan con el conocimiento de las variables biológicas (edad, estatura), patologías (huellas de enfermedades), probables causas de muerte, tratamientos post mortem, dietas o patrones de residencia de los antiguos habitantes del territorio mesoamericano.

 

 

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