Torre con rostro antropomorfo, Nocuchich, Hopelchén, Campeche, México, 1889, Cortesía del Instituto de Cultura de Yucatan. Foto INAH.

 

*** A propósito del centenario luctuoso de este personaje, el INAH y la Universidad de Valencia organizaron una muestra fotográfica y un encuentro académico

 

*** En el Museo Nacional de Antropología diversos especialistas destacaron que Maler fue mucho más que un “artista viajero”, devino en arqueólogo y defensor de los vestigios de la civilización maya


 

 

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Universidad de Valencia decidieron rendir un homenaje a la obra de Teoberto Maler, a propósito del centenario luctuoso de este personaje al que le queda chico el epíteto de “artista viajero”. Debido a sus minuciosas investigaciones, Maler es considerado uno de los pioneros del trabajo arqueológico, amén de haber sido un tenaz promotor de la preservación de los vestigios de la civilización maya, en los primeros años del siglo XX, cuando se consumaba el expolio de los tesoros del Cenote Sagrado de Chichén Itzá.


Desde que arribara al puerto de Veracruz a bordo de La Boliviana, el 30 de diciembre de 1864, el periplo de Teoberto Maler en tierras mexicanas  (salvo un lapso de siete años que regresó a Europa y anduvo por otras parte del mundo) duró hasta su muerte, en 1917. En los 53 años que permaneció aquí, pasó de ser un militar al servicio de la causa invasora —fue parte de las compañías austro-belgas que apoyaban a Maximiliano de Habsburgo—, a un fotógrafo especializado en las “ruinas” y la gente de este país.


Aunque su apasionamiento por las ciudades prehispánicas comenzó al conocer El Tajín, en Veracruz, son más conocidos sus registros fotográficos del área maya. El INAH y la Universidad de Valencia, con la colaboración del Instituto de Cultura de Yucatán, lograron que una treintena de esas imágenes que Maler tomara en sitios de Campeche, Yucatán y el Petén guatemalteco, se alojen temporalmente en el Museo Nacional de Antropología.


Durante poco más de un mes, la exposición titulada Teoberto Maler en tierras mayas. Lente y brújula permanecerá en el pasillo del primer piso del museo. Se trata de un montaje pensado a manera de “contrapunto”, pues el visitante podrá iniciar su recorrido por las antiguas ciudades de las Tierras Bajas del norte o por las de las Tierras Bajas del sur, dependiendo del extremo del pasaje en que se encuentre.  


La curadora de la muestra, la doctora María Luisa Vázquez de Ágredos Pascual, de la Universidad de Valencia, manifestó que ésta “remite a paisajes arquitectónicos y entornos naturales, a la figura del indígena, todo aquello que Maler consideró importante retratar. Aunque Teoberto Maler aprendió el oficio fotográfico en México, en sus composiciones son claras las reminiscencias a la pintura, cuyos principios conocía muy bien”.


El visitante contemplará las impresionantes perspectivas que este sabio aventurero obtuvo de los templos piramidales de Tikal, mediante el uso de contrapicados, o el modo en que captó la amplitud de las grandes plazas mayas, por ejemplo en Hochob, Campeche. “Es en estas imágenes donde se nos revela la formación de Maler como arquitecto, con un conocimiento profundo en temas artísticos. Un hombre, podría decirse renacentista, que quedó cautivado por México, su geografía, su naturaleza”, refirió la historiadora del arte.


En vistas fechadas entre finales del siglo XIX y la primera década del XX, aparecen también las Cuevas de Loltún, el monstruo de la tierra en un edificio de Hochob; los pilares del Templo de los Guerreros, edificios del Grupo de las Monjas y el Templo del Dios Recostado, todos ellos en Chichén Itzá; jerarcas mayas tallados en estelas de Xcoralché, Yucatán; o imponentes elementos arquitectónicos como la Torre de Nocuchich, en Holpechén, Campeche.


A espaldas de estos vestigios o meditabundos sobre alguna pilastra, aparecen con rostro adusto y vestidos de manta algunos mayas que acompañaban a Maler en su camino a las ruinas.


Las múltiples facetas de Teoberto Maler y sus andanzas por prácticamente todo el territorio mexicano fueron evocadas este lunes 4 de diciembre por diversos especialistas del INAH, y de las universidades de Yucatán y de Valencia, entre ellos, César Moheno, Roberto Velasco, Lilia Fernanda Souza, Gaspar Muñoz Cosme y Cristina Vidal Lorenzo.


Juan Carlos Valdez Marín, director de la Fototeca Nacional del INAH, comentó que si bien las dos más grandes colecciones que hay en el mundo a propósito de los materiales fotográficos de Maler, son la del Museo Peabody, y la del Instituto Iberoamericano de Berlín; la Fototeca Nacional del INAH cuenta con 75 piezas originales de época, entre los que se cuentan negativos de vidrio con emulsión de colodión, emulsión de plata y bromo en gelatina, negativos de nitrato, piezas positivadas sobre papel albuminado y aristotipias.


El grueso de los materiales (35) de Maler que hoy se custodia en dicha fototeca es parte de una de las colecciones de origen particular más interesantes que hay en México; la que formó el bibliófilo y coleccionista Felipe Teixidor; el resto se distribuye en los fondos Coloniales, Étnicos y Prehispánicos.


En la jornada dedicada a evocar a Teoberto Maler, las expertas Patricia Horcajada, Nuria Feliu y Andrea Peiró disertaron sobre su obra como fuente para el estudio del arte maya; en tanto, María Luis Vázquez de Ágredos habló de la obra fotográfica de Maler, a medio camino “entre la innovación técnica y la inspiración pictórica”.


Por su parte, el director del Museo Nacional de Antropología, Antonio Saborit, reiteró que Teoberto Maler —como él se autodenominaba al firmar sus fotografías y series—, fue un hombre que en la historia de México ha pasado como pilar del desarrollo de la arqueología. Su nombre es muy citado en el ámbito de los estudios del área maya, pero su mención es simplemente la evocación de un ser casi legendario.


Maler —dijo— fue en principio de cuentas un fotógrafo de retratos y vistas, empeñado en trabajar en sitios poco frecuentados y su labor lo llevó a entablar una relación empática con sus clientes (indígenas y campesinos mestizos, en su mayoría) a tal grado que, en sus primeros escritos, se manifestó abiertamente solidario con este sector. Finalmente, en cuanto al registro arqueológico, su trabajo se convirtió para los extranjeros, consciente o inconscientemente, en una imagen sobre lo que, se pretendía, era México, en el marco de un mundo exótico.

 

 

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