Los entierros en covachas más antiguos han sido fechados entre 3000 y 2000 años. Cortesía arqueólogo Moisés Valadez, INAH.

 

 

Localizados en el interior de covachas

 

*** Contrario a los pueblos agricultores que edificaron grandes monumentos para honrar a sus muertos, los nómadas de este lugar los ocultaron para que continuara el ciclo de la vida

*** Dentro de estos pequeños abrigos ha encontrado fosas cavadas por dichos grupos, a las que luego colocaban lajas y sobre éstas, los restos humanos

 

Al contrario de las culturas agrícolas que construyeron grandes monumentos donde se hacía patente el culto a la muerte, los grupos cazadores-recolectores ocultaban sus sitios funerarios con el fin de no interrumpir el ciclo de vida. Así lo ha identificado el arqueólogo Moisés Valadez Moreno, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), al descubrir más de media docena de inhumaciones en el interior de covachas dentro del área de petrograbados en Boca de Potrerillos, Nuevo León.

Se trata de estrechas oquedades, de techo muy bajo, donde cuesta trabajo entrar de pie pero es fácil ocultar los rastros de entierros. El arqueólogo explica que dentro de estos pequeños abrigos ha encontrado fosas cavadas por dichos grupos, a las que luego colocaban lajas y sobre éstas, los restos humanos en posición flexionada y, en apariencia, previamente envueltos en fardos mortuorios hechos con  fibras vegetales. Después cubrían los bultos con tierra y se reinstalaban las rocas del cerro, de tal forma que el enterramiento no se notara.

Para el investigador, en esta práctica es evidente la intención de ocultar la muerte; de manera que costó mucho trabajo descubrir los sitios de sepultura porque no se ven. Fue hasta después de hallar varios entierros que el arqueólogo comenzó a identificar el patrón funerario.

En Europa, dijo, ocurre algo similar porque los grupos humanos anteriores a la agricultura también ocultaron a sus muertos, pero en cuanto los pueblos se volvieron agrícolas comenzaron a levantar dólmenes para los fallecidos, mientras otros hicieron grandes monumentos.

Los nómadas ocultan la muerte para que continúe el ciclo de vida y los agricultores hacían ritos con el mismo fin. Este cambio cultural es trascendental, dice Moisés Valadez, pues la transformación no sólo es económica, también ocurre en el ámbito de las creencias religiosas.

Los entierros en covachas más antiguos han sido fechados entre 3,000 y 2,000 años y corresponden al periodo Arcaico. Se han localizado en los abrigos más altos de las elevaciones naturales donde yacen los más de mil petrograbados de Boca de Potrerillos.

Las investigaciones arqueológicas en el sitio comenzaron en la década de los 90, en el siglo XX, desde entonces y aún en el presente milenio, la mayoría de los estudios sobre manifestaciones rupestres en nuestro país se concentran en el arte. Si uno revisa la bibliografía parece no haber señales de los autores.

Buscando rastros, mediante excavaciones y análisis en laboratorio, la arqueología ha recuperado paulatinamente la identidad de los grupos humanos que dejaron plasmada su memoria colectiva en las floraciones rocosas del desierto. El descubrimiento de los entierros se suma a otros que el arqueólogo Moisés Valadez ha registrado durante dos décadas de trabajo en las inmediaciones de Boca de Potrerillos, entre los que destacan fósiles usados para cincelar los grabados.

En el Terciario, cuando aún no se formaban los continentes como los conocemos, el territorio que hoy es Nuevo León se encontraba sumergido en el mar: en Boca de Potrerillos abundan los fósiles marinos. El especialista del INAH y sus colaboradores han descubierto que dada su dureza fueron las herramientas ideales para cincelar la suave superficie oxidada de las rocas areniscas.

Especialmente ha encontrado fósiles de forma cónica asociados a los petrograbados, cuya consistencia permitía percutir la piedra. El examen detallado de la superficie de dichos restos ha permitido detectar desgaste en las partes con punta, posiblemente ocasionado al tallar la roca.

En recorridos de superficie, también se han encontrado fogones (semejantes a un pozo para hacer barbacoa) que se usaron para cocinar carne de animal, como el venado, y corazones de agave para obtener bebidas. La recolección controlada de material carbonizado y muestras de polen que analizó Valadez junto con los arqueólogos estadounidenses Solveig A. Turpin y Herbert Eling Jr. y el apoyo de la Universidad de Texas, durante los primeros años de estudio del sitio, arrojó la identificación de elementos botánicos y fechamientos con antigüedades de hasta 8,000 años.

A partir de las investigaciones, el arqueólogo propone que los primeros hombres llegaron a Boca de Potrerillos hace unos 10,000 años, cuando eran bandas de paleoindios procedentes de las grandes planicies del actual territorio de Estados Unidos, las cuales cambiaron sus áreas de explotación de recursos naturales hacia el sur. En Nuevo León establecieron campamentos estacionales y empezaron a desarrollar su propia cultura, ahora llamada “potrerillos” por Valadez, debido al nombre del lugar donde la localizó.

Cabe destacar que el sitio se llama Boca de Potrerillos desde finales del periodo virreinal, debido a los vestigios de pequeños potreros donde se criaba ganado caballar, y porque la población rural de aquellas épocas llamaba “bocas” a las conjunciones de dos cerros que dan acceso a cañadas y cañones.

Moisés Valadez explica que los petrograbados son la forma ―a través de la gráfica― que los grupos nómadas de Nuevo León encontraron para perpetuar su memoria cultural, así como el conocimiento de sus mitos y ritos, con la finalidad de que sus contemporáneos y las siguientes generaciones lo repitieran; por eso hay representaciones que fueron regrabadas en épocas siguientes.

El sitio sirvió para efectuar ciertas ceremonias: ritos de iniciación, cambios de jefatura y también intercambio de bienes, como un tipo de caracoles procedente del Golfo de México, que se han encontrado en recorridos de superficie. No advierte un comercio como tal, pero sí sugiere una red de intercambio de productos de la sierra hacia la costa y viceversa. 

 

 

Archivos adjuntos:
Descargar este archivo (20170123_boletin_017.pdf)Boletín 17[Descarga]657 kB